El cupido telequinético

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Al fondo, el perezoso astro, acolchado por nubes, se zambullía en el lecho cordillerano. Abajo, un choco flaco y sarnoso franqueaba sin prisa la avenida Alvear Oeste a la altura de Ika Renault. Al aire tañían inútilmente las campanas invitando a misa, pues los friolentos feligreses nunca abandonarían el calor de sus hogares.

La verdulería, la cerealera y la concesionaria habían cerrado temprano este día. En la pequeña ciudad sureña el único movimiento humano percibido, parecía estar en la terminal de ómnibus (había arribado el directo de Mendoza), y en las puertas de la ENET 1, donde los enmamelucados estudiantes salían del turno de taller.
A las seis y media de la tarde, el locutor de LV23, a través de un destartalado aparato de radio ubicado en una repisa sobre las bananitas Dolca, en el kiosco enfrente del colegio, anunciaba los dos grados bajo cero. Efrain Lezik miró aburrido el plomizo cielo y cerró hasta el mentón la camperita de lana que llevaba debajo del mameluco azul. Por suerte, pensó, llevaba puestas dos camisetas y los calzoncillos largos y había traído el impermeable relleno con plumas de ganso.
—Si no nieva está noche, le pasa raspando, —acotó el Kiosquero mientras acomodaba un Tony y dos Fantasías.
—Aha, —dijo el joven con desgano a la vez que, disimuladamente, buscaba con la vista a la hija del dueño del local. Aunque no le había dirigido palabra alguna, se hallaba ridículamente enamorada de ella.
—Ni el Nippur, ni El Gráfico han llegado todavía —dijo Don López sin presentir la verdadera razón de su visita.
Se demoró cuatro o cinco minutos ojeando una Mecánica Popular. Chequeaba cada tanto la puerta y la ventana que daban a la casa familiar con el corazón estrujado.
—Vuelvo mañana entonces —se despidió parcamente, sin intentar disimular la tristeza que lo embargaba.
Con la nariz goteando y las orejas doloridas por el frio, Efraín enfiló lentamente hacia su casa. Había comenzado a caer aguanieve cuando traspasó la esquina del correo. Se detuvo unos segundos y cerró los parpados con fuerza, tratando de cincelar en su mente los rasgos de la criatura que lo desquiciaba. Estático al medio de la vereda, con los músculos crispados, el joven dejo escapar dos tibios lagrimones que inauguraron el sendero para un llanto irracional.
        —Estoy mal…putamente obsesionado —se dijo entrecortadamente, al tiempo que se sentaba en un cantero de la oficina postal— Quizá ya sea tiempo de solucionar este martirio —agregó con los ojos nublados y la garganta áspera…


 
En sus diecisiete años, Efraín nunca disfrutó de un amigo, de una novia o, aunque más no fuera, de algún grupo que lo contuviese. No porque no le interesara, sino porque poseía una hermética timidez. Sus padres lo educaron con opresiva protección, una conducta lógica si tenemos en cuenta que, cuando tenía solo tres años, su hermano mayor había fallecido electrocutado al meter una aguja de tejer en un enchufe. Su introversión y su cero autoestima se apoyaban también en unos lentes culo de botella, un físico enclenque y una tartamudez que se intensificaba con los nervios.

Amanda, por el contrario, con sus quince julios recién cumplidos, desbordaba alegría, era de más charlatana y sobresalía en todo deporte que practicaba. Cursaba el tercer año del Instituto San Antonio.
La sufrió por vez primera un año atrás en el kiosco del padre. Ella leía sentada en las escaleras de la entrada, con una turbadora inocencia, una Intervalo. Quedó definitivamente prendado cuando, días más tarde, el azar lo ubicó detrás de ella y una amiga en el cine Alvear, en una húmeda noche de enero. Un cross de dulzura, un upercup de belleza y un directo de hiriente inteligencia lo noquearon al instante.


Volvamos al gélido atardecer aquel, donde el joven Lezik lloraba partido en dos por la angustia. Cansado de volverse invisible, de esquivar la risa, harto de no ser, decidió entonces echar mano al último recurso. Algo que, desde que conoció su increíble existencia, había evadido continuamente.
La cristalina voz lo hizo incorporarse de un brinco. Busco nervioso la procedencia del sonido y quedo petrificado al ver venir a Amanda y tres compañeras. Estaban a solo un puñado de pasos y las bulliciosas niñas aún no se percataban de su presencia. Se limpió con un pañuelo los empañados lentes y secó sus ojos, para luego enfocar el divino rostro.
—Si me mira no bajaré la vista —repitió tres veces para sus adentros apretando los dientes con ganas.— ¡Aquí estoy mi vida! —gritó en silencio cuando la espigada jovencita se encontraba a metro y medio y ni lo había mirado.
De repente Amanda tropezó y hubiera aterrizado en un espinoso rosal sino fuese por la oportuna intervención de Efraín, quien la recibió suavemente con los brazos abiertos. La hija del Kiosquero zafó inmediatamente del exagerado abrazo y esbozó un sofocado gracias, observando por un instante a su salvador con más repulsión que agradecimiento. Se alejó rodeada por las risas y las cargadas de sus amigas sin volver el rostro ni en una sola ocasión.
El muchacho elevó su vista al firmamento y sin cerrar los ojos, abrió la boca recibiendo gotas de agua nieve que le supieron deliciosas. Largó una estridente carcajada que rebotó y se expandió retumbando por toda la puerta del sur mendocino. Acababa de consumir los diez segundos más felices y aunque para ella aún era un don nadie, por lo menos había podido extraviarse en sus pupilas, ahogándose en su deliciosa fragancia mientras sostenía su cuerpo.
Respiró aliviado y dando saltos finalizados en lo más alto con un aplauso, corrió las cuatro cuadras que lo separaban de su casa. Había utilizado su don y no sentía aflicción, temor o arrepentimiento.
—Es solo el comienzo mi amor, muy pronto serás mía —musitó emocionado y giró el picaporte de la puerta principal sin sacar las manos de los bolsillos.


Un día de marzo, como año y medio atrás, Efraín terminó de asumir su condición de distinto. Existía algo más aparte de lo físico y emocional, algo que lo hacía traumáticamente diferente. Cualidad descubierta en un examen final de taller.

Resulta ser que desde el primer año de secundaria, Julio y Armando, dos compañeros altos, rubios y obesos, lo habían agarrado de punto. Periódicamente lo humillaban, transformándolo en el hazmerreír de la clase. Aquella inolvidable tarde se hallaban los tres rindiendo fundición con el maestro Barroso. Los energúmenos acababan de terminar dos moldes casi perfectos de morsa, mucho mejores que el suyo, y se disponían a verter la fundición ante la atenta vista del docente. Efraín los observaba sacudido por sentimientos de rabia y envidia, deseando fervientemente que se rompieran. Sus ojos clavados en la torneada arena, los puños cerrados, las uñas lastimando las palmas. Entonces sucedió lo extraordinario, al principio pensó en la casualidad y se alegró, agradeciendo a la suerte el derrumbe de la arena. Unos minutos después la sensación fue de miedo y desconcierto, pues en el momento que los gordos enchufaron sus tableros eléctricos, ambos entraron en cortocircuito prendiéndose fuego. Segundos antes ese había sido su ardiente ruego. El joven Lesik acababa de descubrir sus poderes telequinéticos.

El pavor que le produjo la idea de quedar estigmatizado para siempre, lo indujo a no practicar por meses, ni siquiera a escondidas, su detestado don. Solo el amor, enlazado a la torturante necesidad de ser aceptado por alguien diferente a sus padres, lo convencieron para utilizar su poder mefistofélico en el tropezón de Amanda. Ahora su próxima movida consistiría en destacarse en algún deporte para lograr acaparar la atención de la joven. Estaba en el sexto año de la ENET y solo le quedaban cuatro meses para lograr su objetivo, pues luego sus padres lo mandarían a estudiar a San Luís, donde vivían sus tíos junto a tres primos. La misión seductora lucia por demás descabellada.


 —¡Buenas tardes profesor Hernández! —saludó el enclenque alumno vestido con un conjunto de jogging al cual le sobraba plush por todos lados. Remataba su cabeza un gorro de lana negra metido hasta las orejas.
—Dígame Lesik —dijo el educador sin desviar la mirada del grupo que practicaba básquet en la cancha enclavada en el centro de la vieja edificación.
—Me gustaría que me diese una oportunidad para integrar la selección de la escuela, estuve practicando bastante en los pasados días —mintió el muchacho— Se vienen las olimpiadas de la Agricultura y los provinciales y desearía competir. ¡Por favor profe!
El cabezón Hernández viró la cabeza y mientras fruncía el ceño lo miró por arriba de los lentes. —¡Pobre infeliz! — pensó. Conocía bien a Efraín a través de las clases de educación física. Era el único estudiante, por lo menos del que tuviera memoria, en haberse llevado previa su materia.
—¿Me estas cargando, no? —exclamó conteniendo la risa por respeto al alumno. Luego al ver la seriedad del joven, agregó: —Tenes que ganarte una chance en clase, además el equipo ya está completo por este año —le dijo y cortando aquella ridícula conversación de cuajo, dio media vuelta y comenzó a darles indicaciones a sus dirigidos.

Había una destartalada jirafa sobre el cemento, al costado del embaldosado cerca de los baños. Allí se ubicó Efraín con una flamante pelota comprada el día anterior.. No lograba picarla cuatro veces sin que se le escapara, pero al momento de lanzarla hacia el aro la embocaba indefectiblemente. . La podía tirar de la forma menos ortodoxa, de espalda, de costado, agachado, con una o dos manos y entraba sin siquiera tocar el encordado. El pelado Casanova, eterno celador de la escuela, lo observaba atónito, con la escoba petrificada. Tras un par de minutos reaccionó y le hizo ampulosas señas a Hernández para que le prestara atención.

—¡Che Lezik, vení a entrenar el viernes a la seis de la tarde! —le gritó el professor al verlo retirarse cabizbajo hacia el negro enrejado de la entrada.
Fue la sensación de ambos campeonatos. La escuela técnica ganó invicta los dos prestigiosos torneos, convirtiéndose Efraín en el máximo anotador y jugador más valioso.
En el tinglado de la E.A, en Alvear Oeste, la distinguió una templada noche entre los cientos que atiborraban las tribunas. Se jugaba la final contra el C.U.C y tras cada punto, el joven miraba a su adorada quien festejaba sin disimulo todas sus conversiones. Al terminar el partido supo que había llegado el momento preciso, no tendría otra chance. Ahora o nunca se dijo y enfiló su nerviosa humanidad hacia la tribuna. La chica lo seguía con la vista, con una mezcla de admiración y curiosidad y descendió dos escalones al verlo dirigirse hacia ella. Al acercarse y apreciar esos punzantes ojos color miel estudiándolo de pies a cabeza, Efraín entró en pánico y presintió el tartamudeo enredando su garganta. Bajó la cabeza avergonzado y pasó corriendo por su lado. Siguió escapando hasta que la alameda que limita la cancha de fútbol cortó su huida, allí quedó (por minutos) apoyado inerme sobre el alambre mirando la blanca luna, hasta que el dolor que le infringían las púas lo devolvieron a la cobarde realidad.


 
Una madrugada asumió que jamás podría enfrentarla, entonces se propuso alcanzar el olvido. Lo estaba logrando, aunque en una forma lenta y dolorosa. Segundo a segundo, concentraba sus pensamientos (o por lo menos lo intentaba) en el futuro inmediato. Se había pre inscripto en la facultad de bioquímica en la capital puntana y hasta viajó dos veces para conocer las instalaciones de la facultad. La obsesión parecía ir menguando, favorecida por el hecho de no haberse cruzado con Amanda en los pasados cuarenta y cinco días.
El veintisiete de enero, a dos semanas de marcharse a San Luis, se acercó al Kiosco frente a la técnica para retirar los dos fascículos finales de su colección Salvat de cine. Al salir del negocio divisó a la chica atravesando la calle en su dirección, le dio la espalda y comenzó a caminar con rapidez sintiendo un desacompasado tamborileo en el pecho.

—Efraín…Efraín… —gritó Amanda parada sobre las escaleras del kiosquito. Llevaba en sus manos una invitación para su próximo cumpleaños.

Al tiempo de escuchar su nombre pronunciado por tan angelical voz, creyó que se le astillaba el alma. Reinaba un calor húmedo, gomoso, Lesik sintió como si todos los océanos del planeta se vertieran sobre él. No se detuvo ni miró para atrás, solo disminuyó el paso a causa del entumecimiento que el inminente encuentro le producía. No quería ver su cara, ni aspirar su aroma. Su sola presencia lo desquiciaba de una manera irracional. No tenía idea porque lo buscaba, ni poseía el valor para averiguarlo. Los ladrillos del cerco que intentó construir caían uno a uno dejándolo sin defensas, imbécilmente expuesto,…tal cual era. No ese jugador de básquet ganador, de tiro infalible, aquel que arrancaba elogios y ovaciones de la tribuna, sino un acomplejado individuo, gago y plagado de tics, aterrorizado por un amor imposible.

Cuando la frágil mano golpeó con suavidad su hombro, Efraín cerró sus ojos, mordiéndose con impotencia la lengua hasta hacerla sangrar. El rostro evitado comenzó a aparecérsele por todos lados. Ansió con desesperación estar enterrado a mil metros bajo tierra, o volverse invisible, o salir volando, o aunque más no fuese que el corazón se detuviera para evitar la humillación de mostrarse así,…tal cual era.

—¿Efraín? —repitió Amanda sin llegar a tocarlo nuevamente.

El joven Lezik cayó de rodillas mientras se oprimía el pecho con ambas manos. Un gesto de incredulidad y pavor disfrazaban su rostro. Ni siquiera después de golpear su frente contra el suelo giró la cabeza. Su última visión fue la de dos hormigas culonas arrastrando una fea oruga por la junta de las baldosas.
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