Los fantasmas del Cine Teatro Casa España .

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Tras doblar por la Sagrado Corazón de Jesús y cortar en diagonal la plaza principal, miré la hora en mi "casio" de plástico negro. Eran las veinte y cuarto de un lunes de verano del año setenta y nueve. En las palmeras que adornaban el sitio público un puñado de loros, a coro con un par de urracas, armaban una bataola infernal, aunque a mí en ese crepúsculo todo me sonaba a melodía. Bella resultaba la tardecita aquella cuando caminaba con la escases de prisa que solo puede acarrear un adolescente de quince junios, en un pequeño poblado del interior provincial. El olor de rosas y geranios endulzaba la tibia brisa y todo se barnizaba con un naranja oscuro, con esa paz poética que es capaz de disfrutar un espíritu libre y feliz.

Presioné el timbre dos veces y me hice un paso al costado, esperando con ansiedad que alguien abriese la puerta. Rogaba que mi amigo estuviese presente. La intención era invitarlo al cine teatro Casa España. Hoy había función a tarifa rebajada y la primera película me involucraba directamente. Gustavo fue por años el compañero de butaca inseparable. Amantes fanáticos del cine, al grado de asistir, semana tras semana, a los “estrenos” de las dos salas de la ciudad. Razón vital para que si o si me acompañara esa noche especial.
 
—¡Cabezón del alma, que gustazo! ¿Cómo te va? Tantos años sin vernos. —Todavía por Miami? —me dijo invitándome a pasar mientras callaba a un perro que ladraba en el fondo sin parar.

Lo observé emocionado. Mi viejo y apreciado Gustavo Nedic, con su pálida cara salpicada de pecas, su pelo color sol y sus ojos claros, casi cristalinos. Transcurrieron tres décadas y allí estaba, igualito, vestido con sus desfachatados dieciséis años.
 
—¡Qué lindo verte otra vez che! —exclamó regalándome un fuerte abrazo. —Me enteré que sos ahora un afamado escritor

—Ni tanto, escribo garabatos que algún pobre desprevenido lee de vez en cuando, —agregué honestamente. ¿Y vos? Además de buen abogado, un corredor de autos de la puta madre. Me enteré que te distes unos tumbos el otro día.

—Nada grave, por suerte solo unos rasguños. Hago lo que me gusta y sobrevivo bastante bien, pero entrá y sentate, me cambio en un segundo y salimos. ¿A qué hora es la película?

—Hoy pasan una sola y empieza a las veintiuna y quince, —contesté sorprendido porque conocía la razón que me acercaba a su puerta.— ¿Sabías que vendría? —inquirí balbuceando.

Se sonrió y puso cara de por supuesto, a la vez que abandonaba el living dejándome herido de intriga. La casa en su interior no había cambiado nada, hasta las figuras magnéticas pegadas en la heladera eran las que yo conocía.

—¿Querés un vaso de jugo de naranja Walter? —me dijo la mamá de Gustavo saludándome desde lejos, como si fuera ayer mismo que me hubiese visto por última vez.
.................
 
Las sombras se habían estirado hasta volverse noche cuando pisamos la calle. Agarramos la avenida Alvear Oeste y al pasar frente al cine Alvear miré la cartelera, pasaban una nueva y una vieja.

—A esa la vimos, está re buena, ¿te acordás? —le dije señalándole el afiche de Psicosis, con la tenebrosa casa y el perfil único de Anthony Perkins.

Más allá me detuve en la esquina y observando con detenimiento acoté: —La ciudad es la misma de siempre, no han cambiado ni un ladrillo, —agregué extrañado mientras miraba la entrada lateral del Hotel Alvear con el café al fondo.

—¡Perdón mocha!¿Me estás cargando? —me dijo en tono irónico. —Esto es un sueño, es tu sueño. No me vengas con huevadas, todo está así porque así es como lo recordás, —me recriminó el más grande de los cuatro Nedic.

Cerré los ojos y apreté los dientes. Por unos instantes me había confundido, perdiendo la dimensión onírica de esta aventura. Debía apurarme, no fuese a ser que un gallo trasnochado o un perro vagabundo me volvieran a mi presente en las tierras del norte, tan, pero tan lejos del añorado pueblo que pisaba en mi sueño. Alcé la vista y me encontré con el monumento al Libertador, arriba una luna blanca e inmensa se derramaba por las alas del cóndor. Tomé conciencia del motivo por el cual estaba allí, e insté a Gustavo a que apurara su paso.
 
 
A medida que nos aproximamos a la sala de proyección, mis invitados aparecen por todos lados.

Desde el fondo de la avenida, un carro dorado tirado por cuatro caballos blancos es conducido por un tipo medio en cueros, quien se acerca pegando gritos al cielo.

—¿Charlton Heston? —pregunta Gustavo emocionado.

—Sí señor, el mismísimo Ben Hur, —contesto mientras saludo al príncipe judío abanicando mi mano.

Al cruzar por Kuka, escuchamos una acalorada discusión en una de las mesas de la confitería de abajo. Cuatro hombres jugando al póker parecen estar a punto de irse a los puños. Exijo moderación a los gritos y les recuerdo a Newman y a Redford que van a llegar tarde al cine. Los trúhanes me hacen seña de que ya están saliendo. Del otro lado de la avenida, un par de manzanas después, Woody Allen se prueba unas gafas y regatea el precio con el gordo Mathez. Pasamos rápido, mirando para el otro lado. Lo que menos deseo es quedar atrapado en una de sus fascinantes exposiciones filosóficas.

Es raro por la hora, pero Galver aún está abierto. Reconozco al taxi de Robert de Niro estacionado afuera. Tras las vidrieras distingo a Travis, el veterano de Vietnam probándose una camperita marrón oscuro.

Atravesamos la rotonda y veo con alegría la gran columna de público formada al costado del cine. Gustavo me pega un tirón del brazo derecho y me pide que preste atención. Tres motociclistas acaban de pasar a milímetros de mi humanidad.

—Son Peter, Dennis y Jack, no aprenderán jamás, —acoto y sigo con la mirada a los inadaptados que me hacen burla riendo a carcajadas.

Ya en la entrada, veo a Belmondo acompañado por la Welch. El animal intenta explicarle algo, pero ella mira el piso y mueve la cabeza enfurecida. Lino Ventura, de bermudas y camisa colorinches, los observa aburrido desde atrás.

Esquivamos la cola y nos dirigimos a la boletería, todos me reconocen y nos dejan pasar sin problemas. Náthan Pinzón nos estudia con desconfianza, enfocándonos con un ojo a cada uno y con voz tenebrosa nos dice:

—Ustedes son menores de edad, lo siento mucho pero no van a poder ingresar.

Gustavo protesta desilusionado, no puede entender mi falta de previsión. Estoy desorientado. ¿Será que acá se acabó todo? Una voz me saca de mis dudas.

—Déjalos pasar. ¿Acaso no los conoces? Son Walter y Gustavo, —dice un barbado individuo vestido con ropas antiguas que está sentado en la esquina y nos había pasado desapercibido hasta entonces.

—¿Y este quien lo juna? dice mi amigo, moviendo su mano izquierda con los cinco dedos juntos.

—¡No seas irrespetuoso che! Es el maestro Narciso Ibáñez Menta, —contesto y me inclino en señal de reverencia.
 
Cuando comenzamos a entrar al edificio, escucho a alguien protestándole a Náthan. Se trata del único, del auténtico agente 007. Pinzón tampoco lo identifica. Sean, el escocés, lo mira ofendido mientras le dice: —Soy Bond…James Bond… —

Más atrás Tiburón Delfín y Mojarrita lo censuran impacientes.

Una vez adentro, un tumulto nos atrae al centro del hall. Nos cuesta traspasar la ronda, en el medio dos luchadores disputan un encarnizado enfrentamiento. Son Martín Karadagian y la Momia Blanca. Entre los espectadores, el Che Marrone aplaude a rabiar, imitado por Gabi, Fofó y Miliki.

—¿Y ahora qué? ¿Me podes explicar esto? Pensé que habías invitado solamente a gente de cine, —me recrimina Gustavo.

—Es mi sueño y hago lo que se me ocurra, ¿no? Así me dijiste vos en tu casa, —le digo un poco fastidiado con tantas preguntas. Aunque este hecho no lo tenía en carpeta, mis queridos personajes de la tele se han colado al avant premier. Para corroborarlo, el Chavo zapatea enfrente de un Quico que se hace el desentendido y entonces, el sin casa, le arranca el chupetín de un tirón diciéndole: —¡Ahora es mío!

En la puerta de la sala, siento una sedosa mano que acaricia mi nuca, un perfume embriagador me envuelve lentamente.

—Or…Ornella, —exclamo paralizado al tiempo que la Mutti me estampa un jugoso beso en la boca.

—Nos vemos adentro mi osito, —susurra y me revuelve el cabello con dulzura.

—De reojo observo la expresión de celos de la francesita Isabelle Adjani (mi otro gran amor). Francois Truffaut la agarra del brazo, impidiéndole que me arme una escena.

—¡Te pasaste cabezón! —dice mi rubio amigo.— Pensá en alguna para mí también. No seas egoísta.

Ingresamos a la sala de proyección acompañados por un acomodador vestido con galera y bastón. Nos indica con el bigote las butacas en la primera fila donde debemos sentarnos.

—¡Gracias Charlie! —le agradezco y le suelto un billete de un peso.
 
En el asiento de atrás, el señor Spock se golpea el codo en la palma y me mira desaprobándome. Gustavo lanza una carcajada, pero es mandado a callar inmediatamente por un loco con cara de Jack Nicholson que lo censura amenazante.

Me levanto impulsado por las risotadas y la jarana que tienen los hermanos Charles en la tercera fila. Por suerte Trinity y Bud están cerca y les ruego que los controlen. Al volver me cruzo con Peter Seller, persigue a la pantera rosa quien se esconde bajo el asiento del joven Frankenstein.

No cabe un alma, el cine está repleto, hasta mi familia y mis mejores amigos están aquí. Lo veo a Néstor Prieto charlando con Clark Kent. El gordo Julio Fonzalida le tira los perros a la Loren, Marcello Mastroianni está a segundos de agarrarlo a trompadas. Ivan y Tito Barón contemplan fascinados a Sorba mientras este les narra historias griegas. Estan todos, Kirk, Henry, Burt, el petiso Rafael Rodriguez, Humphrey, El narigón Marcelo Nuñez, la Taylor con Richard, Carlitos Martini…todos.

Gustavo me señala el reloj indicándome que ya es hora, busco arriba la salita de proyección y levanto la mano. Philippe Noiret sonríe y me muestra el pulgar levantado.

Se apagan las luces y sube el telón…El guionista de Dios…¿o del Diablo? está a instantes de comenzar.
Soñar no cuesta nada…¿no
 
Un cariñoso abrazo sur mendocino, en siete días hablamos de nuevo. Amanecerá y veremos
Opiniones (1)
26 de septiembre de 2017 | 05:24
2
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26 de septiembre de 2017 | 05:24
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  1. ¡¡ Maravillosa nostalgia!!
    1
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