La tumba maldita de Tutankhamon

Segunda parte de un viaje por el milenario Egipto. Hoy el recorrido nos lleva hasta el Valle de los Faraones, Luxor, la tumba de Ramsés II y la del Faraón niño: Tutankhamon. La pluma de Federico Chaine y sus fotografías nos enseñan el camino

Después de recorrer El Cairo y las pirámides de Giza tomé un tren en la estación Ramsés rumbo al norte. El destino: Alejandría, la segunda ciudad de Egipto.

Tras dos horas de viaje por el fértil delta del Nilo llegué a su desembocadura en el mar Mediterráneo. Alejandro Magno fundó allí, en el año 331 AC, la ciudad que lleva su nombre.

(vista del templo Luxor desde el Nilo)

 (Nueva Biblioteca Alejandrina)

 Cuando el dominio de los faraones decayó Alejandría surgió como centro de poder. Su puerto era un nexo comercial entre Oriente y Occidente y cuna de la cultura del mundo antiguo. Eruditos de todo el mundo peregrinaban hasta su biblioteca, la más grande de la época, que fue destruida por un incendio en la guerra de Julio César contra los egipcios. Como amante de las letras fue el primer lugar que visité. En 2002 se inauguró la Nueva Biblioteca Alejandrina en el mismo lugar donde estaba la original 1900 años antes.  La forma del edificio semeja el sol saliendo del mar que está justo enfrente. Los egipcios adoraban al magno astro y lo llamaban “Ra”. Está preparada para albergar 8 millones de libros. Me sentía como niño con chiche nuevo rodeado de tantos libros. Su sala de lectura es la más grande del mundo con 20 000 metros cuadrados. El escrito más antiguo que atesora tiene “apenas” mil años ya que los 700 000 papiros que guardaba se quemaron en el incendio. Cuenta además con un museo de ciencias, planetario, un colegio y sala de conciertos.

(placa de la Biblioteca Alejandrina)


Salí de la biblioteca y crucé la calle hasta la playa desde donde se aprecia todo el edificio circular de distintos niveles rematado por una piscina gigante en su base.  Negocié un paseo en calesa con su dueño para ir hasta el fuerte de Qaitbay. Claro que antes soporté un desvío que se le ocurrió al cochero para llevarme a una tienda de antigüedades. Salió su dueño a atenderme y no me moví del asiento. Le puse mi peor cara y entendió el mensaje. El cochero lamentó la comisión no cobrada  y golpeó las riendas del caballo para por fin dirigirse a destino. Me hizo perder  40 minutos pero en países árabes no es nada. Están acostumbrados a que las cosas lleven su tiempo.

(frente al ingreso de Luxor, caminando como un egipcio)

Llegué hasta el fuerte construido en 1479 por el Sultán Qaitbay. En ese lugar se erigía otra de las siete maravillas de la antigüedad: el Faro de Alejandría.  Lo construyó  Sostratus  a pedido de Ptolomeo II. Medía 125 metros de alto y contaba con 300 habitaciones. Un sistema de espejos guiaba a los navegantes hasta sus costas. Fue destruido por los terremotos de los siglos XI y XIV. El Sultán aprovechó sus piedras y algunas paredes del fuerte están hechas con restos del legendario Faro.

La vista del azul Mediterráneo y la ciudad desde allí es bellísima. Regresé a pie por la bahía hasta el centro y me senté en un bar costero a descansar tomando una Coca Cola árabe mirando las aguas y la fachada de balcones del Hotel Cecil que sirvió como cuartel del General británico Montgomery durante la Segunda Guerra Mundial mientras preparaba la batalla de El-Alamein a solo 80 kilómetros de distancia. Fue en 1942 y en ella venció al “Zorro del Desierto” el General nazi Erwin Rommel.

(estación de trenes -llamado a oración) 

 Otro lugar que me interesaba conocer en Egipto era el canal de Suez que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo. Fue inaugurado en 1869 y gran parte de sus 162 kilómetros de largo fueron excavados a pala. Se necesitó una fuerza de trabajo de 1,5 millones de hombres.  Con este paso se evitaba dar la vuelta a toda Africa. Fui hasta la monstruosa terminal de buses de El Cairo donde logré hacerme entender para sacar un pasaje a la ciudad de Suez.

El boleto estaba impreso totalmente en árabe y no sabía cuál era mi coche, ni el número de asiento ni el andén. Por señas logré abordar a tiempo. Fue una hora y media de viaje hacia el este a través del implacable desierto surcado solo por la negra línea asfáltica y arena caliente alrededor. Pasaron una película vieja de Jean Claude Van Damme hablada en árabe y subtitulada en inglés.  Otro taxi a negociar en la estación de buses y luego de 10 minutos llegué al Mar Rojo, el sueño de los buceadores por sus aguas cálidas y transparentes. Es el mar más cristalino que he visto. Cuando el taxi estaba por arribar creí observar un espejismo porque un enorme buque petrolero parecía navegar en medio del desierto. Estaba entrando al Canal de Suez de 80 metros de ancho y desde mi ángulo no podía ver el agua, solo arena por todos lados y el barco avanzando entre las dunas.  Me paré en la orilla y conté un buque cada 10 minutos con rumbo a Port Said en el otro extremo. El peaje que abonan es un importante ingreso para el gobierno.     
 


Una nueva odisea fue sacar un pasaje en tren a la última ciudad del viaje: Luxor. Un policía que entendía inglés me hizo de traductor con el vendedor para hacerle entender que quería un pasaje de ida a Luxor y uno de regreso al Cairo en segunda clase con 4 días de diferencia y no dos de ida como el boletero creía. Todo esto en medio del enojo de los pasajeros locales por la demora. Ese policía se ganó la baksheesh.  Hay 9 horas entre El Cairo y Luxor, hacia el sur, por la única vía férrea que corre paralela al curso del Nilo. Es un viaje nocturno. Cuando el tren llegó al andén noté que el primer vagón y el último iban llenos de soldados con ametralladoras y armas cortas. Pregunté la razón y me dijeron que la formación atraviesa la parte central del país, Asyut, Dairut y Mallawi, que es la más peligrosa porque allí mandan grupos fundamentalista islámicos que atentan contra el paso de turistas que son el principal ingreso de la economía egipcia y golpean al gobierno donde más duele. Las medidas de seguridad se endurecieron  desde 1997 cuando murieron 68 personas en un atentado a un contingente alemán en el Templo de Hatsepsut. Sin mucho tiempo para asimilar la inquietante información me dispuse a dormir acompañado por el monótono traqueteo de las vías.


Llegamos a Luxor,  antigua Tebas, capital de Egipto en los Imperios Medio y Nuevo. Aquí gobernaron, entre otros, Ramsés II y Tutankhamón. Fui a pie desde la estación hasta el Mina Palace Hotel ubicado en un lugar privilegiado frente al Nilo y a solo 50 metros del tempo de Luxor. Me costó solo 11 dólares por día y tiene vista de hotel cinco estrellas.  Cuando salí al balcón tenía el río justo al otro lado de la calle y las montañas del Valle de los Reyes sobre la orilla oeste.  Tiré la mochila sin deshacer sobre la cama y me fui de inmediato a visitar el templo.  Sin darme cuenta llevaba una remera estampada con un dibujo de Homero Simpson intentando tocar el acordeón con el obelisco porteño detrás.  Cuando entré unos señores me hablaban en árabe y señalaban el obelisco de la remera y a la vez el que da entrada a ese  lugar sagrado. No entendí lo que decían pero estaban sorprendidos de ver un obelisco que no fuera el de ellos. Este es más pequeño que el de la 9 de julio pero luce imponente con sus 25 metros de granito rosa y las 4 caras grabadas con jeroglíficos.


Las paredes están cubiertas con esta misteriosa escritura que recién pudo decodificarse gracias al descubrimiento de la Piedra Rosetta en 1799. En 1821 el lingüista francés Jean Francoise Champollion comparó los 3 tipos de escritura tallados en la piedra, griego, demótico y jeroglífico y desentrañó los misterios de Egipto de 4000 años atrás. Se permite tocar las paredes y cuando pasaba los dedos entre las ranuras de los bajorrelieves me sentía transportado a tiempos inmemoriales. 

Se conservan en buen estado. Me causó gran impresión la sala Hipóstila con sus enormes columnas que alguna vez sostuvieron el techo y hoy miran al cielo azul. La foto prohibida en esta ocasión fue cuando trepé a una esfinge (no lo permiten) con cabeza de carnero que junto a otras forma una avenida hasta el templo de Karnak que es más grande que Luxor. De noche lo iluminan y su reflejo destella sobre el Nilo.

La buena ubicación del hotel tenía una contra: le cercanía de una mezquita.  Desde los parlantes del minarete una voz cadenciosa llamaba a la oración cinco veces al día y alteraba mi descanso. Una tarde me senté en la terraza y observé el ritual del rezo a la Meca, ciudad santa del Islam y cuna del Profeta Mahoma. Casi  todos los hombres visten el tradicional atuendo de “fez” (turbante) y “galabiyya” (túnica) y se arrodillan para orar. Las mujeres van cubiertas de pies a cabeza con la “hiyab” y algunas, las más estrictas, con el “burka” afgano que tapa los ojos. Las extranjeras con sus shorts y musculosas desentonan en el ambiente y son un deleite a los ojos de los árabes, poco acostumbrados a ver tanta piel femenina expuesta. Un contraste cultural. Son educados y no molestan pero las mujeres que viajan solas deben ser prudentes.  Para entrar a los templos deben cubrirse el cuerpo y la cabeza.

 

No podía dejar pasar la posibilidad de navegar por el Nilo.  No me daba el presupuesto para hacer un crucero, como en la novela de Agatha Christie “Asesinatos en el Nilo”, pero si para una falúa que son pequeños barcos de vela blanca. Bajé a la costa donde me acosaron los capitanes de estas pintorescas embarcaciones.  Acordé con uno cuyo bote ostentaba el hollywoodense nombre de “Goldfinger” como la película de James Bond. Fui el único pasajero. Un barco a motor remolca la nave río arriba para soltarla y volver navegando a vela. Es un placer sentir el viento fresco en la cara después de soportar las altas temperaturas en tierra firme. Haciendo un largo zig-zag la falúa se desplaza silenciosa en el atardecer, la mejor hora del día. Estiré la mano y dejé que el agua del milenario río se escurriera entre mis dedos.


Al amanecer del otro día tomé un ferry a la orilla oeste donde están el Valle de los Reyes y las Reinas. Se puede ir en taxi pero estaba agotado de negociar y decidí alquilar una bicicleta para hacer los 11 kilómetros de recorrido entre el árido desierto hasta las tumbas de los faraones del Imperio Nuevo.  Las pirámides se volvieron inseguras por los saqueos y los reyes decidieron descansar  eternamente bajo las montañas de Tebas.  Empecé a pedalear y lo primero en aparecer fueron las estatuas de los Colosos de Memnón, de 18 metros del alto, construidos por Amenothep III en 1345 AC.  Una filipina que iba en un tour me hizo una foto entre las enormes estatuas.  Más adelante se aprecia el Ramesseum, templo de Ramsés II, mi faraón preferido y uno de los más poderosos de la historia.  Con ayuda de un plano llegué hasta la casa de Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamón. Desde allí comienza una ardua subida hasta el Valle de los Reyes. En algunos tramos tuve que bajar de la bici, un modelo chino sin cambios, y seguir a pie. El agua iba escaseando y calentándose. El sol estaba cada vez más alto y no había ni un arbolito donde descansar a la sombra.

Llegué por fin a la entrada donde descansan enterradas bajo la roca las momias de varios faraones. La tumba más popular es la de Tutankhamón, el rey-niño. Subió al trono a los 9 años y murió en extrañas circunstancias a los 18 en el 1340 AC. Se paga para ingresar y hay que hacer cola. Su momia reposa allí. Cuando bajaba los escalones, varios metros bajo tierra, recordaba la maldición que rodea su existencia desde 1922 cuando fue descubierta .  Meses después murieron Howard Carter y Lord Carnarvon, el magnate inglés que solventó su búsqueda. Más tarde también fallecieron dos ayudantes que estuvieron en contacto directo con su ataúd.  En El Cairo aprecié su deslumbrante máscara de oro y ahora, bajo un vidrio que mantiene estable la temperatura veía el primer sarcófago antropoide de los tres que contenían su momia en el sitio original donde descansó hasta su descubrimiento. Es de madera de ciprés laminado en oro. No se puede ingresar con cámara porque la luz del flash arruina los delicados frisos de las paredes. Cuando salí el cuidador de de las máquinas me ofreció hacerme una foto en los escalones y accedí. Recorrí otras tumbas pero la de Seti, que es la más lujosa, estaba cerrada porque el aliento de los visitantes deteriora las pinturas. Descansé un rato a la sombra del sector de visitantes y volví sediento a la bici para descender hasta el Valle de las Reinas y el Templo de Hatsepsut en Deir el Bahari. Es asombroso como se mimetiza la construcción entre la montaña.  Lo diseñó el arquitecto Senenmut quien fue amante de Hatsepsut, la primera mujer que gobernó Egipto antes de Cleopatra.

Acalorado y con el sol abrasador de la siesta, devolví la bici y compré un jugo de naranja de litro que agoté en segundos. Los números de mi reloj de cuarzo habían desaparecido y la pantalla estaba negra. Pensé que estaba roto pero horas después volvió a la normalidad. ¿Habrá sido la maldición de Tutankhamón? 

La semana que viene saltamos a Europa para conocer la Casa de Ana Frank en Holanda y el lugar de la batalla de Waterloo en Bélgica. 
 

     

Opiniones (1)
18 de octubre de 2017 | 19:39
2
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18 de octubre de 2017 | 19:39
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  1. Lo espectacular de estos relatos es que se produce una simbiosis entre la historia mileneria y el paseo turístico lo cual enriquece la cultura y los que no viajamos Federico nos lleva de la mano. Ojalá haya muchos más.
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