"Para el peronismo sería catastrófico enfrentar al sindicalismo"

Carlos Corach, figura central del menemismo, defiende a Menem, cuestiona a Duhalde y le reconoce a Kirchner "la capacidad peronista de reconstruir el poder y salir adelante"

Fue la principal espada retórica de Carlos Menem en el poder. Y pretende seguir siéndolo ahora, cuando aquella experiencia es parte del pasado. Cumplió también una misión menos visible: conciliar, hasta donde pudo, los deseos de su jefe con la legalidad institucional. Cuando se escriba la historia de los años 90, Carlos Corach ocupará un lugar central. El pretende anticiparse a esa tarea. Acaba de publicar 18.885 días de política . Son sus memorias, que van desde la lucha universitaria contra el primer Perón hasta la peripecia menemista, pasando por la militancia junto a Arturo Frondizi y la saga de la renovación del PJ. Corach dialogó con este diario sobre esa obra, en la que identifica cuáles han sido, para él, las luces y sombras de su partido, desde los días de su fundador hasta los nuestros. En el libro, también en esa conversación, se empeñó en un objetivo que lo obsesiona: tratar de demostrar que el período que lo tuvo como protagonista no fue, como cree la mayoría de sus compatriotas, una década maldita.

-Arranquemos discutiendo. ¿Le parece que se puede sostener, como usted hace al comenzar su libro, que el único sector de la política que tiene una solución para la Argentina es el peronismo?

-A ver... No creo que esté dicho así... Léamelo. (Se lee.) Bueno, yo agrego allí que es el único que cuenta con un dispositivo de gobernabilidad. A eso me refiero. No es el único capaz de ofrecer una solución, pero sí es el más idóneo en materia de administración.

-Podría haberlo expresado mejor, ¿no? (Risas.)

-Puede ser...

-Hay una tesis suya que escandalizará a los lectores que profesan la corrección política: que la clase media es el factor más negativo de este país.

-Es así. Los sectores medios carecen de sensibilidad ante quienes los benefician, sobre todo en términos de calidad de vida, porque miran la política con las categorías de las clases altas. Es un problema cultural. Ocurrió con Perón, con Frondizi y con Menem. Mi padre fue, frente al peronismo, víctima de ese problema.

-Un abogado socialista, defensor de los derechos de los trabajadores y, al mismo tiempo, cultor del pluralismo. ¿No cree que al no haber prosperado esa combinación que encarnaba su padre la Argentina se perdió algo importante?

-Puede ser. Algo así como la socialdemocracia de corte europeo. No prosperó. En aquel modelo había un gran aprecio por los aspectos intelectuales de la política. Yo recuerdo haber encontrado a Ghioldi, en un bar de la Boca, después de mil derrotas y mil reconstrucciones, adoctrinando a un grupo de parroquianos. Un estilo casi utópico.

-¿Qué habrá significado la militancia en el "gorilismo" de los años 50 para la comprensión y la relación de aquel joven Corach con el peronismo?

-Mi aproximación fue paulatina. No abrupta. El gobierno de Frondizi cae en el 62. Yo retomo mis estudios y me recibo en el 64. Después se produce el golpe y la decadencia del gobierno militar, que es cuando se desencadena esa enorme transferencia de los hijos de clase media antiperonista hacia el peronismo, que fue gigantesca. En ese contexto se produce aquella manifestación hacia Gaspar Campos, para romper el cerco que, en la fantasía de todos nosotros, López Rega había tendido en torno a Perón. La manifestación iba desde Luis María Campos hasta la autopista. Impresionante. Pero ese imaginario lo destruye la realidad. Perón no tenía esas ideas ni esos objetivos. Al volver, enfermo, se encuentra con un fenómeno desconocido, que es el cuestionamiento a su autoridad desde su propio sector. Y da una respuesta durísima.

-¿Cuál fue el mayor error de Perón?

-Dejarnos en manos de Isabel y López Rega. Porque, además, él sabía que estaba muy enfermo. El no podía desconocer la incapacidad de Isabel ni quién era López Rega, a quien él despreciaba, como atestiguan muchos que lo visitaron en Madrid.

-¿No fue un error el aliento a la violencia en los años 70?

-No, era una estrategia entre otras para realizar su larga marcha a lo largo de 18 años, que fue una epopeya.

-¿Por qué cometió ese error con la sucesión?

-Creo que Perón menospreció el papel de las organizaciones armadas y terminó desbordado por ellas. No tengo una explicación definitiva, pero creo que también se había agotado en sí mismo. Tal vez no advirtió el éxito que tuvo al crear una fuerza que sería clave mucho después de su muerte, hasta hoy. Ese éxito se debe a la gobernabilidad peronista, que está basada en la verticalidad, en el pragmatismo y, la tercera pata, que es esencial, que es el sindicalismo para mediar en el conflicto social. Si el peronismo perdiera esa pata, habría perdido uno de sus atributos esenciales.

-¿Usted no cree que el peronismo es la bacteria y el antibiótico, que aporta gobernabilidad por la capacidad que tiene para quitarla?

-Mientras estaba proscripto, lo hacía como lo hubiera hecho cualquier otra fuerza política. Ahora, si nos referimos al período posterior a 1983, es posible que el papel del peronismo para proveer gobernabilidad a administraciones de otro signo no haya sido el más feliz.

-La renovación peronista puso énfasis en limitar el peso partidario del sindicalismo. ¿No cree que ese proceso se está revirtiendo hoy con la gravitación partidaria de Moyano?

-El peronismo ha tenido tres líderes. Perón, Menem y Kirchner. Cuando esos liderazgos se apagan, por muerte o por derrota, el peronismo cubre el vacío con un liderazgo colectivo. Fue el de los sindicatos, sobre todo con Vandor, que termina enfrentado a Perón, el de la UOM de Lorenzo Miguel durante la salida de la dictadura, y el de la liga de gobernadores, cuando se eclipsa Menem. No creo que Moyano ejerza ni sueñe con ejercer el poder que tuvieron Vandor o Lorenzo. Moyano tiene un modo de actuar, un estilo. No más que eso. Es crucial entenderlo.

-¿Por qué?

-Porque para el peronismo sería catastrófico enfrentar al sindicalismo. Sería renunciar a una clave esencial. Al sindicalismo hay que darle la oportunidad de renovarse pero no enfrentarlo.

-¿Está hablando del enfrentamiento actual?

-No creo que lo haya.

-Los gremialistas creen que sí.

-Es posible que tengan indicios para creerlo. Pero los peronistas debemos tener en claro qué significa el sindicalismo para nosotros. Hay voces dentro del Gobierno que lo están señalando, como, por ejemplo, De Vido.

-Para Usted Frondizi fue un precursor. Pero no por la visión de la economía, sino de la política. ¿Por qué el pacto de Perón con Frondizi nos hubiera ahorrado 20 años de enfrentamientos?

-Frondizi pensó en un proceso de integración del peronismo. Eso no lo comprendieron los demás políticos. Tampoco lo entendió el peronismo. Con las elecciones del 62, Frondizi juega muy bien: gana la Capital, gana Catamarca, para ir creando el ambiente para las elecciones de los distritos más importantes. Hasta que se acercó el momento de las elecciones de la provincia de Buenos Aires, y el triunfo del peronismo allí iba a ser inevitable, igual que la reacción de los militares, tan obcecados en contra de Perón. El propio Perón entendió el problema e hizo algo que pocos destacan: insinuó que se postularía él. Y yo creo que lo hizo para provocar la proscripción y salvarle el gobierno a Frondizi. Si el peronismo hubiera gobernado la provincia de Buenos Aires, se hubiera producido una integración que le habría ahorrado al país 20 años de inestabilidad y tragedia.

-Usted sugiere en su libro que en la izquierda de los años 70 hay un antiperonismo larvado.

-Creo que esos chicos en los 50 no hubieran sido peronistas.

-Es obvio que Usted está preocupado por la imagen que quede del gobierno de Menem. Y un problema en ese aspecto es el dictado de los indultos, ¿verdad?

-Menem estaba interesado en promover la pacificación nacional. Por eso fue tan implacable con el levantamiento de Seineldín. Menem es un negociador nato. Sin embargo con Seineldín fue intransigente. Yo había recibido un mensaje para ver a un intermediario en la recova, y lo consulté sobre esa posibilidad. "Andá, pero sabé que te echo", me dijo. Después me pidió que estudie qué margen legal había para fusilar a los amotinados. Cuando le informé que ninguno, se contrarió. "Te prometo que este va a ser el último levantamiento militar que hay en la Argentina. De eso me encargo yo", me dijo.

-Usted en el libro se refiere a su relación con los medios mientras pasó por la función pública. ¿Qué opina de la política de medios de este gobierno?

-Creo que era necesaria una ley de medios. Yo en su momento intenté impulsar una.

-Sí, la estudiaba el actual juez Bonadio, que trabajaba con usted.

-Exactamente. Ahora bien, ninguna ley de medios se puede imponer si no hay un consenso. Yo objeto cualquier ley que sea contraria a algún sujeto en particular.

-¿Qué significó para el gobierno de Menem el conflicto con Cavallo? Usted narra la salida, que es muy pintoresca. Creo que se toma su pequeña venganza también?

-(Risas.) No, para nada. Si Cavallo no le hubiera faltado el respeto al presidente, se hubiera quedado hasta el último día. Conflicto conceptual no había ninguno.

-Al mirar hacia atrás, ¿usted no cree que la convertibilidad, la adopción de un tipo de cambio fijo, fue un error?

-No, para nada. Por otra parte, Cavallo venía estudiando la posibilidad de la canasta de monedas.

-Usted dice en su libro que la conducta de Duhalde en el año 2001 fue lo más parecido a un golpe de Estado civil que usted haya visto?

-Sí, totalmente.

-En su libro, el papel de Duhalde es muy pobre.

-¿Le parece? Duhalde careció de visión política. Por más agravios, algunos justos, que pudiera tener con Menem, sobre todo en materia de sucesión, porque ya le había prometido el 95, y después el 99...

-Bueno, el error fue creerle a Menem que le iba a regalar la sucesión a alguien.

-Exactamente. En la Argentina nadie va a buscar a nadie. El último al que fueron a buscar fue Alvear, que estaba en París en el 22.

-Volvamos a Duhalde.

-Duhalde hace algo imposible de sostener electoralmente, que fue discutir la convertibilidad. De la Rúa hizo todo lo contrario. Es cierto que Menem debió ser más explícito en el apoyo a Duhalde.

-¿Usted no cree que Menem boicoteó la candidatura de Duhalde? ¿No le mandó a decir, cuando se divulgaron los contactos telefónicos de Ramón Hernández con Alfredo Yabrán, que se olvidara de ser presidente?

-Que yo sepa, no.

-Algo parecido a un golpe de Estado civil; además, prohibición de las internas en el PJ. Habría que concluir que la dinámica que desemboca en el kirchnerismo tiene un origen fallido.

-Bueno, la destrucción del partido, que hoy no existe, es obra del gobierno de Duhalde y del congreso de Lanús. Se intentaba bloquear el acceso de Menem a la presidencia. Si hubiera tenido una evaluación perspicaz, Duhalde se hubiera dado cuenta de que Menem jamás podría haber ganado una elección.

-Presentarse en 2003 fue un desacierto, entonces.

-Es posible. Pero lo que seguro fue un error catastrófico fue no haberse presentado a la segunda vuelta. Yo estaba en Oxford y me convocó para participar de lo que, según él, iba a ser una epopeya. Vine y le dije: "Presidente, yo no creo en esto, es muy difícil". Hablé con él, vi las encuestas, las verdaderas... porque él recibía información de todos lados.

-Sí, también de Duhalde, tengo entendido que a través de Miguel Angel Toma...

-Por eso... Bueno, vi las encuestas y tenía un techo de 25 puntos, con un 70% que no lo votaría jamás. Cuando se produce la segunda vuelta, él me asegura que participaría. Pero no lo hizo, por presión de algunos gobernadores, que no querían perder otra vez. Ese fue un error grave. No se puede dejar en manos de alguien que sacó el 22% de los votos un país que venía de bordear la anarquía. Lo que hay que reconocerle a Kirchner es que tuvo la capacidad peronista, insisto, peronista, de reconstruir el poder y salir adelante.

-Usted en su libro revela muchos de sus gustos intelectuales y artísticos. ¿Desde esa perspectiva, no advierte un gran deterioro en los recursos humanos de la política y en la calidad de las discusiones?

-También hay un mal argentino en ese vacío. Yo no conozco ningún país del mundo que todavía esté discutiendo lo que ocurrió hace 70 años. Es como si usted fuera a los Estados Unidos y se encontrara con tipos que discuten si Truman, Einsenhower o Roosevelt. Los argentinos somos muy particulares. Rosas murió en Inglaterra y se sostenía con los dineros que le mandaba Urquiza. Sarmiento fue honrado ahora, pero nadie explicó por qué murió en Asunción, exiliado. Alberdi tirado en Francia. Yrigoyen preso y escarnecido. Perón, 18 años en el exilio. Menem, humillado. Esa foto de José Mujica con los ex presidentes del Uruguay es mirada aquí como si fuera un milagro y es lo más común, lo más normal del mundo. Nosotros pasamos del endiosamiento al escarnio, sin etapas.

-En el caso de Menem hay un castigo a los escándalos de corrupción de su gobierno, ¿o no?

-No me parece el problema central. Sobre todos los gobiernos, cuando comienzan a decaer, se agita el problema de la corrupción. Sobre Menem pesa una condena ideológica. Su década está estigmatizada como una etapa neoliberal de la que provienen todos los males de la Argentina. Si usted analiza con precisión: ¿cuándo un presidente logró lo que logró Menem en lo institucional? Primera vez que se reforma la Constitución por consenso. Primera vez que el peronismo transfiere pacíficamente el poder a un partido opositor.

-En realidad, primera vez que el peronismo transfiere el poder. A un opositor...

-... O a quien sea. Se va Menem y estalló la institucionalidad en dos años. Es cierto que Menem cometió un error grave al final de su mandato...

-Y ahora está cometiendo otro...

-Ahora no lo juzgo. No sé qué puede pasar por la cabeza de un hombre que sufrió los escarnios que sufrió Menem, después de haber sido tres veces gobernador y dos veces presidente de la República. No sé qué puede pasar por la cabeza de él.

-El error al que se refería es el intento de segunda reelección.

-Exacto. Era una aventura inviable jurídica y políticamente.

-Cuando lo discutió con él, ¿qué respuesta obtuvo?

-Yo lo hablé con él, pero fui apartado de esa gestión, en la que tuvieron un papel fundamental De la Sota y otros, sobre todo con el tema de Bustos Fierro. Un absurdo, ¿un juez va a reformar una Constitución que acabábamos de hacer nosotros?

-¿El trabajo de escribir estas memorias lo hizo cambiar de juicio respecto de algún aspecto de su pasado?

-Me hizo valorar mucho mi experiencia radical, que ahora aprecio especialmente, por un lugar común: la UCR era en aquel momento una escuela de civismo, una escuela importante. Tuve el privilegio de conocer, por ejemplo, a Larralde, tipos excepcionales. Cada vez revalorizo más esa experiencia, que me explica por qué estoy tan aferrado a la democracia.


MANO A MANO
La ambientación del estudio de Carlos Corach es una especie de proyección física de su personalidad. Una gran biblioteca. Diplomas, fotos oficiales, una colección de cascos de la vieja Policía Federal. Y dos paredes tapizadas con las caricaturas que le dedicaron los mejores ilustradores argentinos. Ideas. Poder. Humor. Eso es Corach, de eso habla. También de viajes. En enero recorrió Egipto, Jordania, Líbano, Siria y Libia. "Fui a hacer unos trabajitos", bromea.

Alejado de la escena oficial, tampoco está desconectado. Al contrario: se mantiene al tanto del último dato, como si mañana lo fueran a convocar para asumir un cargo público. Parece entrenar todos los días. Parece que la política fuera para él una forma de atletismo. Sólo un tema le quita a Corach el entusiasmo o la sonrisa. La condena que pesa sobre el gobierno del que formó parte. Ya le había pasado en los años 60, con Frondizi. "A Menem le ocurrirá lo mismo, lo van a reconocer dentro de 50 años", sentencia, con un aire de melancolía. Pero no queda conforme. Intenta un alegato. Podría ensayar el camino de una autocrítica y, sin embargo, toma otro rumbo: el de la incomprensión. Enumera las principales reformas de Carlos Menem y concluye: "Otra vez la clase media argentina no entendió sus propios intereses".

Corach pasó la mayor parte de los últimos diez años en Oxford y en París. ¿Está exiliado? "No, para nada", responde. Tal vez sea verdad. Tal vez el exilio sea este otro, el de vivir en una Argentina en la que no se reconoce.

Carlos Pagni, para La Nación (eee.lanacion.com.ar)
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