Las Pirámides de Egipto, o la historia mirándote a los ojos

Este fin de semana el viaje es a Egipto para encontrarnos con toda la increíble historia de las Pirámides y la caótica ciudad de El Cairo. Entrá en lo que es la primera parte de un relato que llegará la próxima semana hasta el Valle de los Reyes y el Templo de Luxor. Maravillate con las imágenes

La historia milenaria de Egipto siempre me atrajo de manera especial y organicé un viaje para conocer su riquísimo pasado. En mayo de 2007 residía en España y conseguí un pasaje aéreo de Iberia a muy buen precio desde Madrid a El Cairo. Soy miembro de la Biblioteca de la Generalitat de Valencia y pasé horas buscando material para informarme sobre este exótico destino. Abordé en Barajas el vuelo 3734 de las 16:55 y cinco horas después de volar sobre el Mediterráneo aparecieron bajo las alas los focos de la capital egipcia. Es una enorme metrópoli de 17 millones de habitantes, la más grande del continente africano. Por la ventanilla vi una oscura sombra serpenteando entre las luces amarillas de la ciudad y las verdes de las mezquitas y comprendí que era el interminable Nilo, el río más largo del mundo con 6671 kilómetros. No es aconsejable arribar solo y en horas de la noche a El Cairo pero era parte de la aventura. Compré las primeras libras egipcias y pedí cambio chico siguiendo el consejo de las guías de viajeros ya que en países árabes todo se regatea. Es parte de su cultura. Casi se ofenden si uno no negocia el precio inicial que te da el vendedor. Otro consejo útil fue sobre una costumbre que me persiguió sin descanso: la “baksheesh” (propina). Hay que tener siempre a mano algunas piastras (centavos de libra egipcia) para repartir en las ocasiones más insólitas. Pero me estoy adelantando.

  Nada más sortear el puesto de inmigración, donde comprobaron mi visa tramitada en la Embajada de Egipto en Madrid,  empezó el acoso de taxistas y agentes ofreciendo hoteles y transporte hasta el centro, a 40 minutos del aeropuerto. Me mostraban listas con “precios oficiales”, un engaño habitual. Negocié con un taxista para ir al Hotel Magy, de calidad media, que había chequeado en una guía. La mayoría entiende algo de inglés pero otros ni una palabra. Ahí corre el lenguaje universal de las señas y algunas palabras clave que aprendí en árabe. Tuve un cruce con el chofer cuando quiso guardar la mochila en el baúl y le insistí en que la quería en el asiento trasero. Sabía que a muchos pasajeros les roban cuando el taxista, en complicidad con otros, deja el baúl sin cerrar y se detiene en una esquina determinada donde sus secuaces sustraen el equipaje. Cuando uno se baja, ¡Oh sorpresa!, se queda sin nada. Subí al asiento del acompañante con una cantante árabe atronando los parlantes. Me dijo el chofer que era la Maddona egipcia. Los árabes hablan en voz alta y gesticulan mucho. Se gritan entre sí aunque no estén enojados. Si a esto le sumamos la velocidad con que conducen y el casi haber atropellado a una mujer que cruzaba la autopista, mi primera impresión fue bastante shockeante. 

 Llegué a destino sano y salvo pero el taxista insistió en subir conmigo hasta el quinto piso del viejo edificio donde estaba el Magy. Cambió unas palabras con el conserje y luego de pagarle el viaje se quedó mirándome y con la mano extendida. Ahí escuché por primera vez la palabra que me torturaría todo el viaje: ¡Baksheesh! El tipo quería propina por haberme acompañado hasta arriba y supuestamente haber conseguido el hotel cuando fui yo quien lo encontró. Le di unas piastras que le parecieron pocas a juzgar por su mirada de desdén  cuando se perdió de vista. El conserje, Mohamed, me mostró la habitación y me invitó a tomar el “shay” (té), su bebida tradicional. Lo beben muy azucarado y en vaso de vidrio que te quema si no lo sujetás del borde. Empezó a preguntarme el plan que tenía y yo, iluso, le conté. Estaba calculando que servicios podía encajarme a cambio de su baksheesh. Eran las 2 A.M y me fui a dormir con el ruido del tráfico cairota que no para nunca. Hay combis que recogen pasajeros a bocinazo limpio y están las 24 horas metiendo bulla. 

El primer día me dediqué a ver El Cairo. Me dejé devorar por la gente y el tráfico y fui a pie hasta la plaza Midan El Tahrir, el “kilómetro cero”, que fue el epicentro de las protestas que derrocaron al Presidente Mubarak en febrero de este año. Enfrente está el Museo Egipcio con su fachada rosada que me recordó a nuestra Casa de Gobierno.

No permiten ingresar con cámara de fotos por eso la escondí en un bolsillo de la pierna de mi pantalón y, tras pasar por un detector de metales, fui en busca de la sala del Faraón Tutankhamón. Allí se exhiben los objetos encontrados en su tumba por el inglés Howard Carter en 1922. Se aprecia su carro enchapado en oro, los cofres donde se ocultaba su ataúd, adornos y utensilios que enterraron junto a su momia para ser utilizados en la otra vida en la cual los egipcios creían fervientemente. El tesoro más codiciado de la civilización egipcia, la mundialmente conocida máscara del rey-niño, descansa en una sala climatizada bajo una vitrina. Casi con reverencia traspasé los acristalados muros vigilados por cámaras y guardias las 24 horas y levanté la vista hacia la deslumbrante reliquia de 11 kilos de oro puro y lapislázuli.

Estaba cara a cara con Tutankhamón y sus 3500 años. Apenas nos separaba un delgado cristal. Era un momento “Kodak” pero estaba vedado. Metí la mano sigilosamente en el bolsillo, encendí la cámara y apagué el flash. Cuando los guardias no miraban la saqué velozmente e hice click. La volví a guardar con el corazón acelerado y esperando que me echaran de la sala pero todo siguió en calma. Más aliviado rodeé la máscara y observé su parte trasera que nunca se ve. La miré por dentro donde las terminaciones son más toscas que en el refinado exterior. Terminé de recorrer el museo y cuando salí estaba ansioso por ver como había quedado la foto prohibida. Salió un poco movida y yo con cara de susto por el instante vivido pero valió la pena. 

Para descansar un poco del calor de mayo me metí en un Kentucky Fried Chicken que tenía aire acondicionado. No me animé a probar las comidas típicas de la calle porque no lo aconsejan. Tampoco beber agua de grifo, solo mineral. Bordeando el Nilo por la Corniche llegué hasta el Nilómetro que era el lugar donde se medían las crecidas del río para diagnosticar si sería un buen año para las cosechas. La vida de Egipto dependió siempre de este curso de agua y el fértil limo que dejaba a su paso. Hoy se regula el caudal desde la gigantesca presa de Asuán. Me introduje en la zona del Cairo Copto donde viven los cristianos que son minoría frente al 90% de musulmanes. Es un barrio bajo con animales caminando por calles de tierra. No encontraba la salida de ese laberinto y me estaba poniendo nervioso cuando unos niños me indicaron por donde ir. Esta vez di la baksheesh con gusto y merecidamente. Cuando regresé al hotel y entré al edificio un señor vino corriendo a abrirme la puerta del destartalado ascensor sin que se lo pidiera. Obviamente estiró su mano y exigió la baksheesh por este inútil servicio. En lo sucesivo usé la escalera para evitarlo y además el ascensor no me daba mucha confianza. 
Esa noche apoyé un colchón contra la ventana de la habitación para insonorizarla un poco y me puse algodones en los oídos.  
     

El día siguiente lo dedicaría por entero a las pirámides y esfinge de Giza. Al amanecer tocan con insistencia la puerta de mi habitación. Me levanto soñoliento para encontrarme con un tipo que me dice:
-¡Taxi!
Le dije que se había confundido de pieza y me contesta:
-¿Hoy va a piramidós? Va a necesitar taxi.
- Sí pero no lo llame y es muy temprano
- El conserje me dijo que iba a piramidós.
Ahí comprendí el error de haberle contado mi plan a Mohamed el día que llegué. Despedí al taxista y le pedí al encargado que no mandara gente a la pieza a ofrecerme cosas. Desayuné shay y pan con dulce, incluidos en la tarifa, y salí al caos cairota. Negocié otro taxista para recorrer los 18 kilómetros que separan El Cairo de la meseta de Giza donde están las pirámides. En el camino pasamos frente a los boliches de moda y se ofreció a llevarme a la noche diciendo que iban muchas “ruski” (rusas) muy bonitas y rubias. Le dije que en Argentina era habitual ver rubias. Si le decía que sí no me lo sacaba de encima en todo el día. Hay que anticiparse a sus intenciones y me iba poniendo canchero. Mi concentración estaba puesta en el momento de ver aparecer las pirámides ante mis ojos y el taxista insistía en venderme algo. Me llevó a un corral de camellos porque el complejo todavía estaba cerrado. Frena de repente y un beduino sale de la nada y me abre la puerta para que vaya a pasear con su animal. Le dije que no. Se puso a discutir con el taxista a los gritos insistiendo en que me bajara. Yo estaba en el medio aferrando mi mochila y sin entender una jota en árabe. Quería andar en camello pero entre las pirámides, no allí. 

 Por fin logré estar solo. Mirando eternamente la salida del sol estaba la esfinge y detrás de ella las tres pirámides más conocidas: Keops, Kefrén y Micerinos. Hay muchas pirámides en todo Egipto pero este trío las resume todas con su tamaño y magnificencia. Abrieron las puertas unos guardias vestidos de blanco armados con ametralladoras para resguardar el sitio de posibles atentados. Ingresé junto a unos norteamericanos, Suzzane y Edward. Se cree que la esfinge es el rostro de Kefrén sobre un cuerpo de león echado. Se conecta por un pasadizo subterráneo con su pirámide. Es la única que todavía conserva en su punta la cubierta de granito blanco con que las revestían. Años después los Califas ordenaron quitar esta capa para utilizarla en sus palacios de El Cairo. Por eso hoy solo se ven los enormes bloques de piedra de 2,5 toneladas. Se utilizaron 2 300 000 en la de Keops, la más grande.

Son enormes mausoleos hechos para llevar al faraón, después de su muerte, hacia el cosmos y la vida eterna. Son también un recordatorio a los vivos del poder de quien está enterrado allí. Años atrás se podían trepar pero se mató mucha gente y lo prohibieron. Mirarlas desde abajo asombra. El escritor francés Gustav Flaubert dijo acertadamente en 1849: “La pirámide de Kefrén me parece desmesuradamente inmensa y escarpada. Es como un acantilado, un elemento de la naturaleza, una montaña. Como si hubiese sido creada tal y como es, con algo terrible en su esencia que fuera a aplastarte”. Hasta 1889 cuando se inauguró la Torre Eiffel, de 300 metros, eran las construcciones hechas por el hombre más altas de la tierra. Keops medía 146,6 metros (hoy 137,5). Fue la primera de las tres en erigirse. La de su hijo Kefrén midió 136,4 y la de su nieto Micerinos 62. 

Para ingresar a Keops se paga un ticket y solo venden 300 por día. Hay que entregar la máquina de fotos a un guardia. Los yanquis dejaron la filmadora pero se guardaron la de fotos. No solo los argentinos nos avivamos. El interior no es apto para claustrofóbicos ni supersticiosos. Hay pasadizos oscuros de solo un metro de alto para pasarlo de rodillas o en cuclillas. Al final conectan con un pasillo más alto e iluminado artificialmente que lleva hasta la primera cámara mortuoria. Hasta aquí llegan los turistas. Más allá se pide permiso especial. Es de granito negro, más resistente que los demás bloques. Uno no toma conciencia de hallarse en las entrañas de una obra de 4500 años, la única de las siete maravillas de la antigüedad que todavía sigue en pie. Un proverbio árabe lo resume: “Todos los mortales tienen miedo del Tiempo pero el Tiempo tiene miedo de las pirámides”. Llevaba encima mi celular Nokia 1100 con linterna y vino bárbaro para iluminar los rincones oscuros. Al salir pasamos de la oscuridad a la cegadora luz del desierto y al hostigamiento de vendedores de todo tipo de objetos, hasta papiros, que aseguraban eran “auténticos”.  Llevaba la botella de agua mineral en el bolsillo externo de la mochila y un niño vino a acomodarla porque, según él, se caía. Por esa acción reclamó su baksheesh. Mark Twain visitó el lugar en 1886 y ya entonces se quejaba de no tener un minuto de paz para observar las pirámides. Negocié con un beduino para andar a camello. Trepé a la alta montura sobre las jorobas. Hay que agarrarse porque se tambalea bastante. Dimos una vuelta por Micerinos y Keops y me sentí un poco como Laurence de Arabia.

Vi el atardecer sobre el complejo funerario degustando un café arábigo en una terraza y me quedé hasta la noche para un espectáculo de luz y sonido donde cuentan la historia de Egipto en 4 idiomas. Con rayos láser dibujan sobre la cara de las pirámides distintas figuras que narran la vida de los faraones. Es fascinante ver la última tecnología reflejada sobre piedras de 45 siglos. Un cóctel entre lo antiguo y lo moderno. Regresé al hotel bien tarde y entramos al Cairo por la amplia avenida donde el 6 de octubre de 1981 rebeldes del ejército asesinaron al presidente Anwar el Sadat durante un desfile militar. Descansé y me preparé para partir al día siguiente en tren hacia Luxor para conocer el Valle de los Reyes donde está la tumba maldita de Tutankhamón. Este será el relato de  la próxima semana.

Opiniones (2)
21 de agosto de 2017 | 14:37
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21 de agosto de 2017 | 14:37
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  1. ..las pirámides y tu relato. Pormenorizado, pero putal. Por momentos, despierta la risa imaginarte queriendote sacar de encima a tanta gente exigiendo propina.. Excelentes, tus relatos. Ya son parte del domingo de MEDIAMZA.COM Gracias por permitirnos a los que nos quedamos aqui, acompañarte en tus viajes.-.. Fantásticos!!!!
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  2. Ojalá nunca terminen,¡¡ SON MARAVILLOSOS !!.Felicitaciones Federico y gracias por contarnos tus experiencias de viaje tan acertadamente.
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