Un libro recorre el proyecto de la ciencia en Argentina

La ciencia en nuestro país patentiza un proyecto trunco jalonado por un itinerario de avances y retrocesos debido a la ausencia de políticas científicas de mediano y largo plazo, sostiene el físico Diego Hurtado en su libro “La ciencia argentina. Un proyecto inconcluso: 1930-2000”.

El ensayo, editado por Edhasa, se inicia en 1933 con la creación de un ente pionero: la Asociación para el Progreso de las Ciencias (AAPC) y sigue con una ramificación de organismos y programas cuyo desarrollo muchas veces va a estar determinado por los vaivenes de la política local e internacional.

Ya en el prólogo, Hurtado -doctor en Física y profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM)- alude a fallas de orden político e institucional: “Desde las políticas públicas a la ciencia no se le asignó ningún lugar definido, ni para la solución de problemas sociales, ni del sector productivo”, expone.

El autor contrapone a las “rupturas traumáticas” que significaron los golpes militares, los 27 años de continuidad democrática, "que evidencian un ‘aprendizaje institucional’, lo que aún sin políticas científicas robustas, es inédito en la historia de la ciencia argentina. La creación del ministerio de ciencia en 2007 es consecuencia de este proceso”.

Para responder en qué medida el curso ideológico de los gobiernos de turno determinó el mapa de las instituciones científicas y tecnológicas, Hurtado brinda dos ejemplos: “La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) creada por Perón en 1950, adoptó una ideología vinculada a la independencia tecnológica, el impulso de una industria nuclear nacional y el aporte de conocimiento a la solución del problema energético”.

“En este sentido –agrega- esta institución respondió a un objetivo del gobierno de ese período: integrar las actividades de ciencia y tecnología a la planificación económica; el otro ejemplo es el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), creado durante el gobierno de la ‘revolución libertadora’”.

“El CONICET –sigue Hurtado- encarnó valores de libertad de investigación, autorregulación por parte de los científicos de sus propias actividades y adopción de estándares internacionales en la producción de conocimiento. Pero esto, desde el aislamiento institucional, significó la adopción acrítica de las agendas científicas de los países avanzados”.

Para Hurtado –quien dirige en la UNSAM el Centro de Estudios de Historia de la Ciencia José Babini- la creación de la (AAPC) en 1933 presentaba un panorama promisorio: “Tenía pocos científicos, pero muy destacados, un proceso de industrialización que se aceleraba y un sector de militares interesados en el problema del acceso a la tecnología estratégica y a la protección de los recursos naturales”.

El punto de inflexión es al final de la Segunda Guerra Mundial cuando “los países avanzados consideran que la ciencia y la tecnología deben ser objeto de políticas públicas de envergadura. El gobierno de Perón entiende esta situación e impulsa iniciativas que son afines al escenario internacional”.

Con el corte abrupto que significó el golpe del 55, se inicia un proceso de fragmentación de las instituciones de ciencia y tecnología. “En adelante -agrega el científico- la recurrencia de gobiernos autoritarios con proyectos refundacionales y la ‘doctrina de seguridad nacional’ que consideraba a las universidades ‘focos de comunismo’, van a causar estragos”.

Por su parte el empresariado nacional, estuvo lejos de asumir su papel en un proyecto de país industrial: “Los empresarios argentinos o bien no entendieron el papel de incorporar tecnología a los procesos de producción, o bien se fueron adormeciendo en el hábito de adquirir en el exterior la poca tecnología que consideraron necesaria”.

Acerca de la ciencia en Argentina y su desarrollo independiente de los países llamados industrializados, Hurtado explica: “Muchas ramas de la ciencia alcanzaron en algún momento estadios de desarrollo avanzado, pero no sobrevivieron a los vaivenes de la economía y la política; por ejemplo el desarrollo aeronáutico hasta la década del ‘50”.

En cambio –agrega- hubo algunas áreas en las que sí se advierte cierto avance y autonomía: “El desarrollo nuclear es el más visible y hoy se observan resultados notorios, como la exportación de tecnología nuclear. También las ciencias biomédicas, tanto en el terreno de las ciencias básicas, como en áreas como la biotecnología”.

Hurtado insiste en la necesidad de conocer “el funcionamiento y las historias de los objetos de intervención”, lo que parece ser un tiro por elevación a las gestiones que improvisan: “Sí, una improvisación que llevó a una representación ingenua del papel que debe jugar la ciencia, y a la aceptación de mitos vinculados a las representaciones hegemónicas de la actividad científica”.
“Por ejemplo cuando aceptamos que ‘la ciencia es universal’; en todo caso, los productos de la ciencia son universales, no la forma de practicarla, ni los temas asumidos como relevantes que, a falta de criterios propios, se toman de las agendas de los países desarrollados”.

Y añade: “Asimilamos de forma acrítica conceptos cargados de ideología -‘tecnologías de punta’, ‘ciencia de frontera’, ‘hightech’- que emanan de las agendas de los países avanzados. Para países de la periferia científica el sentido de estos términos puede ser diferente”.

Hurtado señala la inversión que se hace para que científicos argentinos viajen y concreten estadías en el exterior, con resultados no siempre esperables: “Es frecuente que no regresen o se multipliquen en el país líneas de investigación locales subordinados a los intereses científicos y tecnológicos de los países centrales”. (Télam).-

Fuente: Jorge Boccanera / Télam

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