Estaría bueno que la gente tuviera dos muertes

"Se fue uno de los mejores escritores argentinos de los últimos tiempos. O quizás sea como dicen sus personajes al final del Loco Chávez: "¿Qué hablan de vueltas, che? Si el Loco no se va a terminar de ir nunca´", afirma en esta nota sobre Carlos Trillo el poeta Javier Piccolo.

La muerte es una excusa bastante pelotuda, pero la más usada para provocar homenajes o recordatorios. A tal punto que sería recomendable que la gente tuviera dos muertes al menos. La primera para volver y decir gracias. La segunda, ya más definitiva, para irse sin arrepentimientos. Ajenos, claro. Que cada uno se muera la primera vez y podamos decirle lo que haga falta, con el tono de último perdón o adiós que motiva la muerte más real.
Eso sería, para mí, justo.

Lamentablemente, la muerte es una sola. Y parece que este último año se puso a convocar a las mejores plumas argentinas. O a aquellas que llegaron a hacerse de gran prestigio en el ambiente. Así se fue construyendo un interesante mausoleo-biblioteca con, por ejemplo, David Viñas y Fogwill. Al que después le agregó un Saato y una María Elena Walsh. Cada uno tuvo su merecido homenaje en la pasada Feria del Libro porteña.

Pero va a faltar uno. No sé qué lugar tienen actualmente los guionistas de historietas. Muchas veces son rebajados así como la historia como género literario. Volviendo, insisto, va a faltar el homenaje a uno de los mejores escritores argentinos contemporáneos. Murió Carlos Trillo. De muerte única, claro. Y en su caso particular, repentina. Mi abuelo, cuando muere alguien, pregunta la edad del fallecido. E inmediatamente tiene la cuenta. Si pasó de los 75 declara que ya estaba en edad. Siguiendo esa regla, la de mi abuelo, Trillo no cumplía con el requisito. Había nacido en 1943 y eso lo pone en el lugar en que la muerte es una sorpresa.

Desconozco qué lugar ocupará en el panteón de la literatura argentina. Es cierto que después de la figura de H.G. Oesterheld y la militancia de muchos escritores que lo admiraron se logró categorizar a la historieta, no sé con exactitud si a Trillo se lo recordará como lo que era: escritor. Que lo era y de los mejores que yo haya leído.

Una de las cosas que más me dolió fue saber que Bolita, la historieta que estaba publicando con dibujos de Risso en la revista Fierro, va a quedar inconclusa. Para aquellos que se engancharon con la historia es una tristísima noticia. Por suerte alcanzamos a leer el final de Sasha Despierta, dibujada por Varela, en la cual se podía ver la influencia de la psicología en sus guiones. En este caso, Sasha en realidad era Miranda, una joven de clase media con problemas y psicóloga de clase media que albergaba también la personalidad de Sasha, una mujer libre que saltaba a contramano de las represiones de la propia Miranda. Pero los argumentos psicológicos (bastante freudianos) también están presentes en las otras dos tiras publicadas en la nueva Fierro. El Guastavino, también con Varela, se basa en un personaje chiquito, muy chiquito, empleado en una oficina, fascistoide y altamente reprimido, que vive con la madre y está enamorado de una muñeca austríaca del siglo XIX. O la historieta que empezó con la nueva etapa de la revista, la genial Trillo y Grillo, en la que, en tono autobiográfico pero ficcional, los propios autores vuelven a su infancia literalmente. Es decir, se convierten en niños desde su propia madurez. Son hombres chiquitos. Estas últimas dos historias tuvieron un final, a mí gusto, un tanto abrupto. Como su escritor.

Un personaje menos perverso y retorcido que Guastavino, fue el genial López. Así, de apellido nomás, que compartía gremio con Guastavino. Empleado público, en lugar de vivir con la madre, vivía con una esposa que lo tenía bastante cortito, por decirlo de algún modo. Acosado por los jefes, despreciado por las mujeres, atormentado por sus propias e inalcanzables ilusiones, López pasaba la mentada puertita y entraba a un mundo donde daba rienda suelta a sus sueños, con mayor o menor éxito. Y el lugar donde podía hacerlo, el reducto de libertad era, ni más ni menos, el baño. Historieta llevada al cine, por cierto, en la cual dios fue interpretado por un negro: Alejandro Dolina. Esta historieta estaba dibujada por Horacio Altuna, conformando así una de las duplas más importantes de la historieta argentina.

Junto a Altuna, Trillo hizo la tira que más fama le dio a nivel nacional. Con la argentinidad al palo, desfilaban las diferentes matrices del argentino típico, siendo el protagonista el Loco Chávez. Periodista ganador y canchero, le trajo problemas durante la dictadura. Al parecer, a los milicos no les gustaba el personaje porque “no le tenía respeto al jefe”. Tan verticalistas, ellos. También el Loco tuvo su etapa de diván, aunque en este caso usando a los amigos, al café y al propio público como psicólogo.

La fama mundial, sin embargo, la alcanzó con Cybersix, llevada a la tele y a series de animación que todavía se ven en youtube, sitio donde muchos fanáticos del mundo dejaron su pésame por el fallecimiento del autor. Historieta que mezclaba la ciencia ficción, el cómic de Superhéroes y el terror. Tan bien le fue que hasta se la quisieron afanar y ahí vino el juicio que terminó dándole la razón a Trillo.

Fuera del guión, también fue un militante de la historieta. Entre otras cosas, aportó mucho a la valoración de la misma como género literario. Escribió una obra fundamental para los especialistas (o estudiantes, o interesados) en letras: Historia de la Historieta Argentina.

Como decía al principio, estaría bueno que la gente tuviera dos muertes. Después de la primera, quizás podría haberle expresado mi admiración como corresponde. Y ya en la segunda lo hubiera dejado de joder. Pero la muerte, después de todo, es una sola.

Se fue uno de los mejores escritores argentinos de los últimos tiempos. O quizás sea como dicen sus personajes al final del Loco Chávez: “¿Qué hablan de vueltas, che? Si el Loco no se va a terminar de ir nunca”.

Javier Piccolo

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3 de Diciembre de 2016|06:28
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3 de Diciembre de 2016|06:28
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