Adolfo Gil, o la historia de un “hombre-ciencia”

El Dr. Adolfo “Fito” Gil es un científico sanrafaelino que con apenas 14 años y de la mano del fallecido Dr. Humberto Lagiglia se enamoró de lo que sería su vida: la ciencia. Hoy, casi 30 años después, trabaja en el Museo de Historia Natural de San Rafael, es docente del Doctorado de la Universidad Nacional del Centro dando de curso de postgrado y en la UNCuyo. ¿Cómo es la vida de una persona que es feliz investigando, hurgando en la historia en busca de respuestas?

Más allá de que el final con uno de sus mentores, el Dr. Humberto Lagiglia no fue el que esperaba, Adolfo Gil no puede negar la enorme influencia que dicho personaje tuvo en su vida. Hoy con 43 años es un incansable científico que busca respuestas todos los días, como él mismo señala “para lograr un mundo más justo, libre y feliz”.

¿Qué cargo tiene usted hoy en el museo?

Soy investigador en el Museo de historia natural, y mi tarea apunta a investigar aspectos del pasado humano en el sur de Mendoza principalmente y una tarea educativa de enseñar estos temas de nuestro pasado.

¿Cuándo empezó su trabajo acá?

Era niño cuando estaba el Dr. Lagiglia (Humberto) en el museo y nos abrió las puertas para que viniéramos en ese entonces. A mi me gustaban los peces, así que venia a tratar de aprender sobre reproducción de peces y ese fue mi primer acercamiento al museo y a la investigación.

¿Cómo siguieron sus estudios?

Terminé la secundaria y por distintos motivos per sin dudas la influencia de Lagiglia hacia la Arqueología hizo que yo tomara un entusiasmo hacia ese tema y terminé en el museo de La Plata donde podía hacer Arqueología, Antropología y alguna otra carrera de Ciencias Naturales si es que decidía cambiarme si no estaba muy seguro de mi vocación. Fui a la ciudad de La Plata donde pude hacer mi carrera de grado y luego hice allí también mi doctorado.

 
¿Qué es la ciencia para usted?

En mi vida casi es el núcleo que la mueve en las actividades todo el tiempo. Nosotros no tenemos horarios ni días. Ese es el deseo y compromiso con el conocimiento que nos hace personas sumamente inquietas hacia todo. Si uno es arqueólogo o antropólogo desarrolla un espíritu de necesidad, de curiosidad de indagación que lleva a cualquier otro campo.

¿Cómo se hace para vivir de esto?

Tengo que reconocer que vivo mucho mejor de lo que yo me imaginé cuando empecé esta carrera. Primero porque soy plenamente feliz con mi familia, con los amigos que tengo y con el lugar donde estoy, y porque tengo un amor por mi trabajo que no me molesta que llegue el día lunes para venir a donde tengo que estar. Eso es importante para vivir, es casi el primer paso.

Después en lo económico, tengo satisfechas mis necesidades y en ese sentido, muchas veces uno no elige estas carreras porque tiene miedo a cómo vivir. En realidad hay un montón de recovecos en la sociedad donde los arqueólogos, los investigadores tenemos un lugar. Por otra parte ninguno de nosotros tenemos grandes expectativas económicas, entonces somos fáciles de satisfacer.

Si un chico está en la escuela indeciso por tomar una de estas carreras, ¿usted le recome daría estudiarlas?

Si. A mi me va muy bien, a mis amigos les va muy bien y sería muy egoísta si dijera “no, no sigan esta carrera”. Obviamente uno no sabe el futuro de cada uno, cómo puede irle ni el futuro de un país, pero yo diría que sí, que no tengan miedo de estudiar esta carrera ni ninguna que parezca “rara” a nuestros mayores o que parezca que tenga poca salida laboral. Sí hay que hacerla, lo laboral viene después.

¿Cómo ve la ciencia en Argentina?

Hay muchas disciplinas científicas, pero en general siento que está muy bien. En el último tiempo ha crecido y se la ha impulsado notablemente. Los científicos argentinos, como la mayor parte de los científicos latinoamericanos, aparte de tratar de ser buenos científicos, sabemos resolver problemas enormes que en otros lugares no existen, entonces somos muy versátiles. Hoy en día hay instituciones que están creciendo y la ciencia argentina está mejor.

El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET ) es la institución madre que se formó a partir del Dr. Houssay a partir de la década del ’50 y continúa y ha crecido. Se han creado instituciones nuevas como la Agencia de Promoción Científica y después también hay oportunidades en el mundo donde hay mucho argentinos que lamentablemente se han tenido que ir, pero algunos de ellos están volviendo porque se han reconstruido algunas condiciones laborales.

 

¿En qué puesto puede colocar a Argentina en la ciencia mundial?

Hay indicadores numéricos. En el contexto de América Latina, Argentina está muy bien ubicada. Obviamente no somos Alemania, ni Europa, ni Japón, ni EEUU porque también tenemos otras necesidades en investigación que no tienen esos países.

Pero hay campos como la Geología, la Paleontología, la Arqueología, la Química que son notables en el mundo entero. Hay muchas disciplinas entonces yo no podría hablar de todas pero cuando uno sale al extranjero en las oportunidades que nosotros tenemos, siempre cuando uno dice “Argentina” ellos tienen una imagen muy positiva de lo que se hace en nuestro país en investigación y se sorprenden de las condiciones bajo las cuales nosotros hacemos nuestras cosas.

¿Qué condiciones?

Un investigador en Argentina tiene que hacer de todo un poco. No es solamente que llegues a tu lugar de trabajo, te pongas tu guardapolvo y leas o escribas. Hay gente que tiene otros trabajos, hay quienes hacen investigación sin sueldo para investigar. Si bien yo decía recién que mi situación es buena y la de muchos, hay otros que no e igual investigan. Una cosa que es muy importante y mejorable en nuestro país es la biblioteca, porque es la historia de la humanidad y nuestro país no tiene la misma biblioteca que tienen los países del primer mundo. Ha mejorado mucho pero no es el mismo.

¿Qué trabajos hizo usted en el exterior?, ¿dónde estuvo?, ¿qué tipo de contacto ha hecho?

He estado en distintos lugares, pero recuerdo mucho mi experiencia con colegas en Chile, donde hemos podido comparar el desarrollo de las culturas de Argentina con las suyas y tratar de conectar esos pueblos. Es realmente fascinante mi relación con los colegas de Chile y he aprendido mucho de ellos. He tenido oportunidad de estar en universidades de Inglaterra y en EEUU. Estuve en Utah, en California y siempre que podemos cuando vamos a algún congreso, tratamos de quedarnos unos días más para poder visitar y comparar materiales o intercambiar ideas con nuestros colegas de esos países. Pero siempre es muy linda la experiencia en el extranjero. En Inglaterra y en EEUU estuve estudiando principalmente y también visitando sitios arqueológicos y discutiendo. En otros países como Chile estuvimos haciendo trabajo de campo y comparando materiales para unir culturas que en el pasado estuvieron juntas. Ahora nuestras fronteras políticas nos dividen, pero en el pasado no fue tan fuerte esa división.

Hay algunos países que serán envidiables científicamente hablando.

En todos lados hay cosas buenas y malas. En muchos países las universidades son privadas y los costos son mucho más elevados para poder estudiar que en Argentina donde hasta el día de hoy, por suerte, la universidad es gratis. A mí se me hubiera hecho muy difícil poder estudiar en uno de esos países de chico y tuve la suerte de estar en nuestro país y poder estudiar en la universidad argentina. Después de eso pude disfrutar de la gran infraestructura y el acceso a muchos recursos que tienen las universidades del primer mundo.

 

¿Cómo está el museo de San Rafael hoy?

Es un orgullo para los sanrafaelinos y para los argentinos. Es una obra que fundó un grupo de “niños inquietos” del club de ciencia encabezado por Humberto Lagiglia y se generó una base institucional que hoy sigue creciendo y que creo que eso es lo importante: que más allá de las personas sea una institución que continúe creciendo por siempre. Hoy es una unidad asociada al único doctorado en Antropología que hay en Argentina donde vienen profesores de todo el mundo a dar clases y vienen alumnos de toda América Latina a tomar cursos. Por otro lado también es una unidad asociada al CONICET y hace que muchos investigadores de la Argentina y de otros países vengan y pasen gran parte de su tiempo aquí.

Creo que el museo tiene conexiones fuertes con todo el mundo y eso es algo que los sanrafaelinos también pueden aprovechar porque hay lazos que nos permiten seguir creciendo como institución, conseguir recursos económicos, conseguir recursos humanos, enviar jóvenes a otros lugares. O soy muy positivo al contar la historia de nuestro museo.

¿El sanrafaelino valora el museo, viene?

Creo que si, que lo valora. Quizás no venga tanto como lo valora pero sabe que el museo es una institución grande, importante aunque no venga frecuentemente. Por un lado puede ser por la distancia, en cualquier otro lugar puede parecer que no estamos lejos, pero en el contexto de San Rafael puede parecerlo. También sería bueno en distintos entes empezar a formar canales más fuertes entre la educación y el museo. El sistema educativo puede tener núcleos muy fuertes y acá en el museo hay una biblioteca especializada enorme con miles de volúmenes que pueden usar los sanrafaelinos sin costo.

¿Y el turismo?

El turismo viene mucho en épocas de temporada alta y generalmente los comentarios son muy positivos. Tenemos muchas cosas que arreglar en nuestro museo, mejorarlo, lo sabemos pero creemos que tenemos una base muy sólida que está y que va a hacer que perdure en el tiempo.

¿El observatorio?

Estaba pero falta la parte de recursos humanos. Se que el director Luis Ballarini está preocupado sobre ese tema porque fue el observatorio una de las áreas más importantes del museo en la década del ’80 y ’90 con Omar Maza que tenía un grupo de niños entusiastas que realizaban una enorme cantidad de actividades que hizo que niños, como Miguel Giardina terminaran estudiando Arqueología. Miguel llegó por la Astronomía y porque fue contenido por las actividades que estos jóvenes hacían a cualquier hora del día, los siete días de la semana. Era realmente un grupo muy admirable.

Científicamente hablando, ¿en qué está trabajando usted ahora y con quién?

Tenemos un equipo grande en San Rafael y después tenemos integrantes en otras universidades del país. En términos generales estamos estudiando, a través de los restos humanos y las piedras y los huesos, tratar de reconstruir la historia humana, y en esa historia poner énfasis en saber cómo fue la relación que los hombres tuvieron con el medio ambiente en el pasado. Qué animales había, cómo eso impactó en la subsistencia humana y cómo eso hizo que disminuyeran o aumentaran las demografías o cómo colapsaran sociedades humanas del pasado. Imagínese que en San Rafael tenemos 10.000 años de historia y nosotros tenemos historia escrita de los últimos 100 años, entonces tenemos la gran parte de la historia sin escribir y nosotros hacemos algo pero es poco lo que podemos hacer porque es muy minuciosa y lenta nuestra tarea. Sabemos mucho, pero cada que vez que aprendemos algo nos surgen muchas más preguntas.

El investigador, en diálogo con Mediamza.com, en el laboratorio de paleoecología humana.

¿Sacaron un libro ya?

Si, salió un libro el año pasado sobre el paleo-ambiente del Sur de Mendoza y cómo el hombre lo ocupó en el pasado. Ahora estamos tratando de diseñar un par de libros y uno de ellos un poco más orientado a las personas que no son arqueólogas pero que quieren saber de nuestro pasado, de nuestro patrimonio y de nuestra historia. Es todo un desafío porque los investigadores tenemos la mala costumbre de escribir en un lenguaje técnico con números, curvas y gráficos que a los que no son investigadores les cuesta entender. Nuestro desafío es -sin cambiar el sentido de las cosas- poder decirlas en un lenguaje no tan técnico para un público mucho más general. Queremos hacer un libro, así que estamos buscando los recursos, rediseñar el contenido y comenzar a escribirlo.

¿Qué premios ha ganado usted?

En investigación es muy difícil que el premio sea para una sola persona, porque los trabajos los hacemos muchos. Si vas al laboratorio vas a ver que hay chicos jóvenes y otros no tanto, y hay otros que no están acá. Por más que el premio, sea cual sea, se lo dan a una sola persona, generalmente esa persona lo comparte de una u otra manera con el resto del equipo. Quizás algunos tienen una imagen que por algún motivo u otro tenga más visibilidad social, pero en realidad el trabajo es de muchos.

Uno de los premios más importantes que tuve fue el Premio Nacional de la Ciencia hace algunos años, que lo otorgó Presidencia de la Nación, a través del Ministerio de Ciencia y Técnica, y bueno, me lo otorgaron a mí, pero sin dudas ese premio es de todos los que trabajamos acá. Nos enorgullece que desde un museo del interior del país, quienes hicieron esta institución y quienes trabajan todos los días, hicieron posible que alguien con su investigación lograra ese premio. Pero esto es como el fútbol, aunque las analogías siempre son malas, nunca un jugador puede hacer solo un gol. Tiene que haber un equipo.

De todas maneras los premios pueden venir o no y hacemos la misma tarea y con el mismo amor. Muchas veces nos avergonzamos cuando nos dan un premio. No estamos acostumbrados y no es la razón que mueve nuestras vidas.

¿Otros premios?

Me dieron un premio por el medio ambiente, la Universidad del Aconcagua, después en ferias de ciencias; la Municipalidad de San Rafael; la Municipalidad de Malargüe nos ha distinguido; la Cámara de Diputados y de Senadores de la Provincia. No buscamos eso, pero es verdad que cuando llegan uno se pone contento y “sigamos adelante que vamos bien”. Si no nos dan premios trabajamos igual y estamos felices.

Ese premio de Presidencia de la Nación, ¿con qué tuvo que ver?

Fue un premio que se daba en homenaje a Bernardo Houssay, y fue un premio a la trayectoria académica, por descubrimientos que haya realizado, explicaciones que logró a cerca de algunos procesos. En nuestro caso habíamos trabajado varios temas, pero principalmente “cómo las poblaciones humanas en esta región habían respondido a un momento de eventual aridez”. Así como hoy vivimos momentos más húmedos, más lluviosos, más secos, en el pasado eso fue terriblemente distinto, nosotros buscamos momentos de nuestra historia donde el clima fue más árido y cómo las poblaciones humanas se adaptaron. Se ve que lo hicimos bastante bien y fue parte del reconocimiento.

 

¿Usted tiene hijos?

Sí, tengo dos hermosos hijos. Una compañera, mi esposa Monserrat que la amo y que sin la ayuda de la compañía de ellos se hace muy difícil. Yo paso mucho tiempo con todos los chicos en el campo y ellos se quedan solos y nuestro amor hacia la ciencia hace que parezca por lo menos que le quitamos amor a nuestros seres queridos.

¿Qué edad tienen sus hijos?

5 años tiene Arianda, y 2 Iñaki.

¿Le gustaría que siguieran sus pasos?

Me encantaría, pero uno trata de que ellos sean libres y que elijan lo que quieran. Uno puede llevarlos hacia lo que uno quiere y es difícil, pero el desafío es que sean libres, que aprendan a vivir en libertad y sean felices. Si les gusta estudiar que lo hagan y si le gusta otra cosa que lo puedan hacer plenamente.

Hoy ellos me hacen un aguante terrible, porque me extrañan, porque los extraño, se quedan solo muchos días en un lugar que no es de lo más poblado y mi esposa es tremendo el aguante que me hace también. Hay veces que son las 11 de la noche y uno está escribiendo, se levanta temprano y la cabeza la tiene en un libro, en un artículo, y no el los problemas cotidianos que muchas veces son de la familia.

Ellos son tan importantes o más que otros aspectos, porque es difícil estar al lado de alguien que investiga.

¿Temas para investigar el día de mañana?

Creo que el Sur de Mendoza y mi San Rafael me van a dar para que investigue toda mi vida porque amo y tenemos muchas cosas que saber de esta zona. Voy a seguir estudiando cómo llegaron las plantas domésticas, el maíz, el poroto a estas regiones, cómo el hombre colonizó aquí, los primero humanos que llegaron a esa región, cómo hicieron y con qué se encontraron. Sabemos muchas cosas pero muchas no las sabemos. Eso en cuanto a temas de investigación.

Por otro lado me gustaría el día de mañana poder ser más útil a la comunidad y aportar a la sociedad en la medida que uno puede a que construya un mundo más justo, libre y feliz.

¿Cómo ve la relación entre la educación y la ciencia en el país?

No hay una fuerte unión entre investigación científica y universidad. En otros países hay experiencias mucho más fuertes, acá sin lugar a dudas hay buenas experiencias pero me parece que se debería apuntar a fortalecer la relación entre la ciencia y la educación.

¿Y en cuanto al nivel secundario?

Creo que se podrían hacer muchas más cosas, pero no estoy al tanto porque no soy docente actualmente, pero me parece que la investigación es algo que atrae a muchos niños y muchos adolescentes. Podría contener a muchas personas que no se sienten identificados en la escuela y la investigación y la ciencia que se puede hacer de muchas maneras, es muy divertida, entonces así como el deporte contiene a muchos adolescentes, a otros el arte y también la ciencia. Creo que además de la matemática, la física y la química, hay un montón más de oportunidades.

Adolfo Gil, junto al Dr. en Ciencias Naturales Gustavo Neme -compañero de investigacion y amigo personal-. Ambos, acompañados por una parte del equipo de investigación del laboratorio de Antropología, y personal del museo.

¿Le gusta dar clases?

Sí, me encanta. Creo que uno se pone viejo y rezongón, pero tenemos que cambiar cosas de nuestro sistema universitario y en el sistema educativo en general. Los maestros y los profesores hacen un esfuerzo muy grande pero también han aparecido problemas muy grandes en las escuelas y hay que empezar a hacerse cargo de eso.

A los 14 años, ¿cómo llevaba su vida estando en contacto con un ámbito que se tienen en el imaginario de la gente como “alejado de lo cotidiano” como un museo, un laboratorio, un ambiente de investigación?, ¿cómo lo llevabas con tus pares?

Fui bastante irrespetuoso toda mi vida en cuanto a los espacios. Nunca me asustó acercarme a alguien y preguntarle o incursionar en lugares. No me daba miedo. Siempre he sido bastante curioso y acá encontré a una persona como el Dr. Lagiglia (más allá de que no terminé con él como hubiera querido), que realmente era una persona que entusiasmaba mucho a los jóvenes. Encontré un lugar donde me sentía libre y podía hacer cualquier cosa que se me viniera a la cabeza y no era fácil en ese momento en que estábamos saliendo de la dictadura, encontrar espacios de creatividad y de desarrollo, porque la ciencia es provocativa como el arte, pero con otras reglas. Yo salía de la escuela y por ahí descuidaba un poco los estudios, pero agarraba la bicicleta y me venía al museo y acá encontrábamos a Tito que hacía sus cosas y nos contaba. Algunas cosas hacíamos. Iba al campo y nos invitaba e íbamos. Encontré el espacio en que me sentía muy cómodo. No es un espacio formal aunque se vea así desde afuera, porque adentro es un espacio en el que uno puede sentirse muy libre. Esa época fue muy importante y sin lugar a dudas me marcó mucho para lo que después decidí.

¿Qué son esas cosas que te marcaron, que te quedaron latentes?

La curiosidad por saber: mirar en el microscopio, buscar piedras, leer mucho. Aprendí que hay que leer mucho para poder estudiar, tengo amor por los libros y eso lo aprendí acá y en el campo. Disfrutar de la naturaleza, los animales, las plantas… son cosas que las aprendí acá. Ese paisaje donde a lo mejor uno va a comer un asado tomaba otra forma porque comenzaba a aprender sobre las plantas, los animales, la tierra y realmente era apasionante.

Hay una vida del investigador que está en el laboratorio y otra que está en el campo. ¿Cómo es un trabajo en el campo de un investigador, de un antropólogo?

Depende. En nuestro caso depende del lugar donde tengamos pensado escavar. Armamos campamentos como los de vacaciones, y nos quedamos entre 20 días y un mes dependiendo de la situación pero bueno, a diferencia del campamento común, ahí se trabaja mucho, desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde permanentemente cavando, caminando, sacando fotos, tomando muestras y siendo muy ordenado y sistemático con las muestras porque cada aspecto de la naturaleza que uno saca tiene que ser muy protegido y cuidado para que no se rompa y tenemos que tratar de no dañarla nosotros. Generalmente vamos con estudiantes que van aprendiendo y en la noche es un momento relajado y divertimos donde cocinamos, charlamos, tocamos la guitarra, contamos historias donde nos reímos todos, tomamos algún vino, a veces más de lo debido (risas). Es una instancia fuerte en lo laboral pero también linda en lo personal y en lo social. Algunos se han puesto de novios en el campo también, han formado familia.

¿Anécdotas que se puedan contar?

Estar en medio del Nevado y tener que ir a la Fiesta de la Vendimia del Nihuil porque los chicos querían participar de ellas.

Compartir la vida con la gente de campo, por ejemplo con los puesteros de chivas en el Nevado en los que se aprenden cosas que no son las que se investigan. Vemos cómo vive la gente, nos problemas que enfrentan, cómo los solucionan, y terminamos siendo amigos y tenemos una cantidad muy linda de amigos en El Sosneado, en El Nevado, en la Payunia…

Dejamos a Adolfo seguir con sus labores, sin olvidar que personas como él, aunque quizás en otros campos de la investigación, lograron que usted señor lector, esté sentado frente a esa computadora leyendo esta nota, o que descubrieron una droga para un medicamento, o que… tantas cosas que nos hacen la vida un poco más fácil.

Simplemente darle las gracias a él y a todos los científicos que con su amor a la ciencia enaltecen a nuestro país desde su humilde lugar cada vez que se preguntan “¿por qué?, ¿dónde? o ¿cuándo?”

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