La magia de Machu Picchu y la altura del Titicaca

Federico Chaine nos lleva hoy a pasear por una de las 7 maravillas del mundo moderno. El increíble entorno de Machu Picchu, la impresionante cultura alrededor del Lago Titicaca, el más alto del mundo y un paseo por Bolivia y Perú que te va a fascinar. Mirá las fotos.

Era un niño cuando vi por primera vez una foto de Machu Picchu. La hipnótica imagen de esa montaña cortada a pico con las construcciones de piedra rodeadas de selva se grabó en mi mente. Me prometí que algún día caminaría entre las paredes de esa fabulosa obra humana. Es una de las nuevas “Siete Maravillas” del mundo elegidas en una votación universal por internet. En 2005 estaba viviendo en Valencia, España, y vine al país en las vacaciones de verano con la idea dándome vueltas. En febrero decidí lanzarme a la aventura. Esta vez nada de aviones. Cargaría mi mochila para hacer todo el trayecto por tierra desde San Rafael a Cuzco, atravesando Bolivia para conocer La Paz y el lago Titicaca.

  El primer tramo fue a Mendoza y desde ahí a Jujuy. En la capital norteña cambié de bus hasta La Quiaca en el límite con Bolivia. Crucé  a pie el puente que une los dos países y realicé el trámite de inmigración en un puesto de la policía boliviana en la ciudad de Villazón. Tuve suerte de encontrar un micro que partía a La Paz al atardecer, viajando toda la noche. La mayor parte del trayecto es sobre caminos de tierra. Recién salidos de Villazón el asistente del chofer venía con un rollo de cinta adhesiva sellando las ventanas, que no cerraban bien, para evitar el polvo y el frio ya que íbamos ascendiendo. Mi respaldo estaba roto y no se reclinaba hacia atrás. El bus estaba torcido hacia la derecha y la inclinación me tiraba junto a mi compañero de asiento, un lugareño que no abrió la boca en todo el viaje. Intenté dormir pero el traqueteo era incesante. A ello sumaba mi esfuerzo para mantenerme derecho y no terminar apoyado en el hombro de mi vecino.

La primera escala nocturna fue en Tupiza donde subió gente que iba hasta la ciudad minera de Oruro pero no había asientos libres y quedaron de pie. Logré dormir unas horas y cuando desperté traté de estirar las piernas en el pasillo y toqué un bulto. Demoré en comprender que era una persona tirada en el piso. Pedí permiso para incorporarme y una mujer desdentada destapó su cara y me miró como si la estuviera molestando. Me dijo algo que no entendí, cosa habitual en Bolivia donde hablan para adentro y sin hacer contacto visual, tímidos. Me estaba diciendo que me quejara con el chofer, cosa que hice. Vino el guarda y la señora se levantó. Su solución fue tirarse otra vez al piso pero unos asientos más atrás. El “servicio ejecutivo” de la unidad no tenía toilette y una mujer que viajaba con una niña no tuvo mejor idea que plantar a la criatura en el pasillo para que desaguara. El reguero de líquido serpenteó pasillo abajo hasta perderse entre los asientos. No podía creer lo que veía. A la mañana temprano el chofer paró en medio de la nada y gritando como si fuéramos ganado nos invitó a bajar del coche para hacer nuestras necesidades. Pudorosamente busqué un yuyal que me tapara y cuando miro hacia atrás veo a todas las mujeres en cuclillas alrededor del colectivo sin la menor preocupación orinando bajo las faldas de sus vestimentas típicas del altiplano.


Finalmente llegamos a La Paz con sus 3630 metros de altura. La capital más alta del mundo. Estuve un par de días conociendo y recuperando fuerzas. Asombra ver las montañas que rodean la urbe con casas construidas en las laderas. Contrariamente a lo que ocurre en otras ciudades la gente de clase acomodada vive en las zonas bajas y los humildes en las alturas. Recorrí la zona céntrica y vi la casa gubernamental, la Catedral de San Francisco diseñada en estilo mixto indígena-español y el estadio de fútbol Hernando Siles que la F.I.F.A. quiere prohibir para partidos internacionales. Hervía de gente porque jugaban el local Bolívar y Santos de Brasil por Copa Libertadores. Seguí disfrutando de la cordialidad boliviana cuando al preguntar por una calle o monumento la gente me ignoraba. Llegué a pensar que algo en mi cara los espantaba. Otra odisea comunicativa fue cuando quise comprar una edición de bolsillo de “El código Da Vinci” en un puesto callejero. La dueña estaba sentada contra un árbol casi de espaldas a su local. Le pregunté si tenía el libro y sin mirarme me hizo un gesto con la mano hacia un estante. Busqué y le dije que no lo veía. Sin pararse de su sillita hizo otra seña y mandó a una niña a mirar conmigo otra vez. Ella fue a la señora y le dijo que no estaba. Recién entonces se dignó a pararse y pudo confirmar por tercera vez lo que le venía diciendo. Levantó una tapa de latón al costado del puesto y extrajo un ejemplar del best seller de Dan Brown. Tratar de entender cuanto costaba fue otro esfuerzo auditivo. Me lo llevé por 15 pesos bolivianos, unos 7 pesos argentinos. Cuando me alejaba di media vuelta y la mujer estaba otra vez sentada junto al árbol mirando hacia la nada.

Salí de la altura de La Paz para seguir subiendo aún más hacia Copacabana, que no tiene nada que ver con la famosa playa carioca. Es una ciudad boliviana a orillas del lago Titicaca. En un tramo del viaje la ruta topa con el lago y se corta abruptamente. Nos bajamos del colectivo que fue subido a una enorme balsa a remo impulsada por dos hombres. Los pasajeros fuimos en una lancha hasta la otra orilla donde esperamos que cruzaran el bus para seguir viaje. La Virgen de Copacabana es la Patrona de Bolivia y miles de fieles viajan todos los años para adorarla. Reposa en el altar mayor de una hermosa catedral estilo español.

Tomé una embarcación para ir hasta la Isla del Sol en el centro del Titicaca. Bolivia y Perú comparten este espejo de agua ubicado a 3914 metros sobre el nivel del mar lo que lo convierte en el lago navegable más alto del planeta. Ya en la isla sentí un poco los efectos del apunamiento que no me había molestado en La Paz. Me dieron una hierba para oler y evitar el mal de altura o soroche. Un isleño nos llevó hasta la piedra sagrada en cuya cara se adivina la silueta de un puma. Titicaca significa, precisamente, “puma de piedra” y según la leyenda de allí surgieron Manco Capac y su hermana-esposa Mama Ocllo, los creadores del Imperio Inca. Esta es una de las tres piedras energéticas de América. Hay otra en Perú y la restante en México. Estaba nublado y las aguas del lago eran grisáceas. A medida que asomaba el sol cambiaron de tonalidad hasta llegar a turquesa. Me senté cerca de la piedra ceremonial donde realizaban los sacrificios humanos dedicados al Dios Sol o “Inti” en quechua, la lengua de los Incas. 

El silencio del lugar solo es roto por el ulular incesante del viento. Embarcamos rumbo a la Isla de la Luna habitada solamente por mujeres quienes tejían y cultivaban hasta que se hacían casaderas. No pudimos llegar. El Titicaca es imprevisible y olas de casi un metro comenzaron a desbalancear la embarcación. El guía nos dijo que regresábamos a Copacabana y volvimos en medio del enojo de un español que protestaba porque había pagado para ver las dos islas.

 Otra vez arriba de un colectivo partí rumbo a Puno en el lado peruano. Es una ciudad con más de un millón de habitantes. Desde su puerto salí en barco rumbo a las misteriosas islas de los indios Uros. El capitán me enseñó algunas palabras en quechua y aymara, el otro idioma que se hablaba en el Imperio. Anoté los apuntes en mi libreta para no olvidarme. ¡Hola! en aymara se dice “kamisaraki” y en quechua es “imainalla”. Conocer esta tribu fue una de las grandes sorpresas del viaje. Descienden de asiáticos que se asentaron en las orillas del Titicaca donde conocieron la planta de totora. Viven en islotes hechos de este material que empalan al fondo del lago para quedar fijos. No solo el piso es de totora sino también las casas y sus botes. Se ganan la vida vendiendo su pesca en Puno. Visite la isla de Khana-Uru donde tres nativas nos contaron su forma de vida. Acababan de renovar el suelo con totora fresca y sentir que el piso se hunde a tus pies y debajo solo hay agua helada es bastante inquietante. Allí conocí a dos inglesas, Kate y Ashlyn, junto a quienes días más tarde subiría a pie hasta Machu Picchu.

Poco a poco me acercaba a ese destino final pero faltaba conocer más historia en la ciudad de Cuzco, antigua capital del Imperio y núcleo desde donde partían los caminos del inca. Su nombre deriva del quechua “C´osc” que significa ombligo y fue en este lugar donde Manco Capac hundió el bastón de oro que le había entregado Inti, su padre todopoderoso. Fundó así la ciudad que manejó los destinos de la civilización más avanzada de América hasta que los españoles la aniquilaron en 1534. El punto neurálgico es la Plaza de Armas rodeada de los restaurantes y comercios más importantes.

Frente a ella destacan la Iglesia de la Compañía de Jesús y la Catedral con su estilo barroco. Estas joyas coloniales impactan desde su exterior pero adentros dejan sin aliento con sus altares enchapados en oro. Hay que verlo personalmente porque se prohíbe sacar fotos. Hay muchas iglesias que los españoles erigieron sobre templos incaicos que eran antisísmicos. Otro lugar interesante es el Convento de Santo Domingo construido sobre el templo “Koricancha” dedicado al Dios Sol. Los cuzqueños hablan de una venganza cuando en 1950 un sismo derribó la construcción española pero dejó en pie la parte inca. La ciudad es colonial con casas de balcones de madera que se aprovechan para tomar un café o un té de coca. En San Rafael podemos apreciar este tipo de arquitectura si alzamos la vista al primer piso de la Casa de Elena y Fausto Burgos. En la calle te asedian vendedores y niños que por una propina te preguntan el país de origen y de memoria te recitan el nombre del presidente, la capital, el color de la bandera y la cantidad de habitantes.

  Desde Cuzco se inicia el viaje a través del Valle Sagrado de los Incas hasta Machu Picchu visitando las ciudades de Pisac y Ollantaytambo. Aquí compré un bastón ceremonial con la cara de un brujo tallada en arcilla. Sus dientes y el cuerno que forma el mango son de cabra. Perdí unos minutos regateando el precio pero valió la pena.

Tomé el tren Backpacker (mochilero) de Perú Rail hasta Aguas Calientes donde me instalé en un hostel rodeado de jungla. Desayuné antes de la salida del sol. Había gastado 12 dólares en un bus que en 20 minutos te lleva a la cima donde está la ciudadela. El dueño del hostel me comentó que se podía hacer el camino a pie en poco más de una hora por un sendero marcado a través de la selva. No lo pensé dos veces. Revendí el boleto y comencé a caminar ayudado por mi bastón. Me junté con las inglesas y trepamos juntos. Era temporada húmeda y las nubes surgían de los árboles. Le daban un toque enigmático al paisaje que no se aprecia en la temporada seca, de mayo a octubre, que además es la más cara. Subimos los últimos metros hasta la garita de entrada y tras pagar los 20 dólares mejor gastados del viaje, me introduje en ese mágico lugar que es Machu Picchu “montaña vieja” en quechua.

 Está ubicado a 2490 m.s.n.m.. Lo descubrió el norteamericano Hiram Bingham el 24 de junio de 1911. Este año se cumple el centenario. Se orientó gracias a un dato del campesino Melchor Arteaga que vivía cerca y sabía de las ruinas ocultas por la vegetación. Me senté en una roca y dejé que el lugar absorbiera mis sentidos. Estudié el plano que te dan al pagar la entrada y subí hasta el “recinto del guardián” desde donde se saca la foto típica de la ciudadela. Vi el “Intiguatana”, un observatorio astronómico y el “Templo de las tres ventanas” donde realizaban ceremonias religiosas.

No se puede ingresar con botellas de agua pero eso no es un problema ya que todavía brotan manantiales de agua mineral que se bebe sin problemas con solo extender la mano. Hay guardias con silbato que cuidan que nadie se trepe a las rocas. Me topé con el infaltable grupo de japoneses portando lo último en tecnología digital. Un guía los hacía gritar en un sector de la plaza central y el eco recibido era nítido. Me uní a ellos y gritamos todos a la vez. Era impecable el rebote en esas paredes de piedras ensambladas a la perfección. Uno se pregunta cómo hicieron para erigir semejante ciudad en las alturas. Fue el único sitio inca que los españoles jamás descubrieron. El mundo esperó hasta el siglo veinte para poder gozarlo. Bajé hasta la “roca ceremonial” otra de las grandes piedras energéticas de América. Dicen que hay que pararse de frente para recibir su poder. Para mi todo el entorno, no solo esa roca, irradia algo que transforma el alma. Tiene justificado el rótulo de Maravilla de la Humanidad.

Trepé al monte Huayna Picchu “montaña joven” que está enfrente. Hay que firmar un libro de entrada y salida para evitar que alguien se quede a hurtadillas a pasar la noche allí. Es tan empinado que muchos sectores tienen sogas para impulsarse al subir o frenarse al bajar por la roca resbaladiza. Llegar a la cima jadeando es un placer. La vista de la Ciudadela desde la altura es deslumbrante. El rio Urubamba suena abajo con sus aguas marrones de turbulencia. Descendí lentamente y regresé al hostel. Al día siguiente vi todo con otros ojos. Por 15 soles (15 pesos argentinos) me metí en un complejo termal del que toma su nombre el pueblo de Aguas Calientes. Hay piletones a cielo abierto con el preciado líquido sulfuroso de distintas temperaturas. Descansé mi adolorido pero feliz cuerpo y me preparé mentalmente para emprender el largo regreso de cuatro días en micro hasta San Rafael. Había cumplido uno de mis sueños de la niñez estando en Machu Picchu.

El próximo domingo viajaremos con Federico al Egipto de los Faraones y las pirámides eternas.

Opiniones (3)
22 de agosto de 2017 | 08:30
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22 de agosto de 2017 | 08:30
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  1. como te envidio federico, pero te juro que yo tambien lo voy a hacer
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  2. Me entretiene realmente leer los domingos las descripciones de tus viajes. Apasionante, todos viajamos con vos Federico. Gracias por compartir tus experiencias. Un abrazo...
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  3. ¡¡¡¡¡¡¡ S I N P A LA B R A S !!!!!!! sólo ¡¡¡ E X T R A O R D IN A R I O!!!!!
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