Don Justo Silva, 20 años sirviendo los cafés que nadie quisiera tomar

Don Justo Silva es un hombre de 82 años y hace más de 60 que es mozo. Pero no es cualquier mozo: desde hace 20 años sirve café a los “dolientes” en una conocida cochería de San Rafael. En lo que lleva trabajando allí, calcula que se han velado unas 14.000 personas, son muchos cafés y muchas medialunas, pero por sobre todo, muchas lágrimas. ¿Cómo es literalmente “convivir con la muerte?”

Don Silva llega a la entrevista con Mediamza.com con el paso lento y algo cansado por  la edad que lleva en su cuerpo. Impecable con un smoking negro y bien peinado asegura que “mozos eran los de antes, éramos todos prolijos”. Se trata de un hombre mayor que en la vida conoce mucho de sufrimientos: además de los ajenos que ve a diario por el trabajo que realiza, tiene en su corazón el de la pérdida trágica de dos de sus tres hijos.

¿Cuándo comenzó su carrera como mozo?

En el ’68, trabajaba en el paraje Los Molles. Empecé cuando salí del Servicio Militar. Había estado en Campo de Los Andes y en aquel tiempo hubo una fiesta en el Manzano Histórico con muchos comandantes y trabajé de mozo. Ahí comenzó mi carrera.

¿En qué lugares ha trabajado?

En Los Molles estuve una temporada. Después me vine a La Rivera. Después estuve en Las Cuartetas de Ouviña “sale una Rivera, sale una cuarteta al mostrador”. Después llegó el momento en que me fui al Colonial con los hermanos Martos. Hice horas extras en “Nápoles” cuyo propietario era Dicésare que hace un año que ha fallecido. Estuve en el Belgrano Club con Juri 15 años, desde el ’72 hasta el ’87. Después estuve en Malargüe en grandes restaurantes. En los ratos libres salía a vender a la calle. Vendí relojes y rifas, siempre trabajé.

¿A usted le dicen “Tata”?

Sí, porque en aquel tiempo era el más grande de los mozos.

¿Cómo ve a los mozos de hoy?

Antes éramos siempre prolijos. Hoy, yo sé que los tiempos han cambiado, pero los veo que van con aros, aros en la lengua, en la nariz, chapecas adelante, chapecas atrás y eso no puede ser. Trabajan en manga de camisa así nomás. Nosotros éramos elegantes, serviciales.

¿Cuándo empezó en la cochería?

En 1991, hace 20 años. Siempre trabajé de mozo ahí también. Fue porque “Cacho” Chimeno (el dueño) sabía que yo era un poco entendido. Me dijo “venga usted, que me gusta su forma de trabajar”, y desde entonces acá estoy.

¿Cómo es un día de trabajo suyo en la cochería?

El día que tengo franco es el día en que no hay finado. Todos los sábados cobro mi platita y vamos tirando. Pero se ve tristeza y lloro. Hay que estar, no es pesado, pero son muchas horas. A mí me llaman a cualquier hora, a las 2 de la mañana a las 3, a las 4 a las 5, a la hora que aparece el finado, yo vivo en el barrio Policial y van y me buscan.

¿A cualquier hora?

Sí. Hay que estar presente. De yapa le digo que nunca fallé, y acá me tiene trabajando actualmente. Me van a buscar porque de noche no quiero que me pase nada. Yo he andado mucho en la calle, conozco mucha gente como a mi me conocen. Éramos en el gremio gastronómico unos 250 compañeros, han quedado 5 o 6 de la edad mía y yo tengo la suerte, Dios me ha premiado con la posibilidad de seguir trabajando a los 82 años… y seguiré.

¿Cómo se compone su familia?

Mi familia se componía con mi señora Lola Fuente. Tuve mi primer hijo Edgardo Antonio. Segundo hijo al año, Ramón Alberto. Tercero, Guillermo Walter. Esa era mi familia cuando yo empecé. Me sentía glorioso cuando ellos trabajaban, eran policías. Los tres hijos entraron en la policía y en los días francos íbamos a trabajar al Belgrano Club y me ponía orgulloso de tener hijos trabajando conmigo.

A mi segundo hijo, Ramón Alberto lo atropelló un auto en Pueblo Diamante siendo cabo primero de la policía con 35 años. Me dejó 3 nietos. Superado eso, al año siguiente falleció otro de mis hijos también en un accidente, Edgardo Antonio, que me premió con 5 nietos.

¿Y su otro hijo?

Está actualmente en el Instituto de la policía. Es el instructor de los cadetes. Me siento dichoso porque es el presidente del Radioclub elegido por segunda vez. Ese es mi hijo Guillermo Walter Silva de 48 años.

¿Vive con su señora?

Sí, vivo con ella. Tiene 79 años y juntos vamos tirando. Siempre fue ama de casa.

Usted dice que el que hace es un trabajo de mucho sufrimiento

Es muy duro. Veo tristeza y lloro. Más cuando hay chicos y los familiares lloran desconsolados desde que llega el chico hasta que lo llevan. Es duro pero mal que mal lo he ido superando, siempre recordando lo que a mí me pasó.

Imagino que usted no puede llorar delante de los sufrientes.

No, por supuesto, no puedo llorar delante de ellos que ya sufren. Lo hago en la otra sala. Lo que pasa es que yo los recuerdo a todos, también a mis hijos que los velé allí.

¿Tiene idea qué cantidad de personas han sido veladas con usted atendiendo allí?

Si le cuento, es un promedio de 60 personas por mes. En 20 años son más de 14.000 personas. Hay velatorios en los que se atiende a más gente que en otros. Hace algunos días tuvimos algunos grandes, llenos de gente. Habría unas 200 personas en cada día que había que atender y estoy sólo.

¿Es verdad que hay un alumno de la escuela I.R.I.S que desayuna en la cochería?

Sí, varios chicos cuando van para la escuela pasan y toman un café, porque yo a las 6 de la mañana preparo el café para los dolientes a los que hay que darles café con leche y medialunas y al mediodía se les da sándwiches.

Hay tres hermanos que pasan cuando van a la escuela, se toman un cafecito con leche y siguen, entre ellos el del I.R.I.S. y cuando salen les doy gaseosa. Son muy respetuosos de los familiares que están velando a sus seres queridos.

¿Ha trabajado en el velorio de amigos suyos?

Muchos amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Además de los de mis hijos ha habido muchos velatorios en los que se me derramaron lágrimas (don Silva para de hablar porque se emociona y no puede evitar el llanto). Ya he tratado de estar duro, pero cada uno llora a sus seres queridos. Todos los velatorios son dolorosos.

¿Tiene anécdotas interesantes durante su tiempo en la cochería?

Puedo decir algunas que me acuerdo. A un señor “X” se le asfixiaron dos hijos que estaban estudiando en Mendoza con gas. Imagínese, el padre furioso. Los traen a la cochería para velarlos. Se puso como loco, rompía sillas, rompía todo y en un momento miró a Cristo en la Cruz y pensó en romperla. Entonces vino el patrón y le dijo “si quiere romper, rompa todo, pero esa Cruz vale 10.000 pesos”. Se le quitaron los nervios.

En otra oportunidad una señora estaba en la sala 1 (la más grande), velando a su esposo. Lloraba mucho. Por ahí apareció una corona que en la cinta decía “tu más apreciada amiga que dejaste sola y que te recordará siempre”. Se fueron todos. Y la señora agarró la corona, la tiró a la calle y la pisó, porque la mujer de la corona era una amante. Eso no es mentira.

¿Alguna otra que se acuerde?

Tenía un amigo que era conocido en el ambiente artístico de San Rafael. Falleció y estaban en el velorio la señora y la hija de unos 20 años llorando. A eso de las 2 de la mañana apareció una señora alta, robusta con un nene de 4 años. Pasa, lo alza al pibe y le dice “ahí está tu papito” y el pibe lo acariciaba. La propia señora miró nada más. Al rato apareció otra dama con un nene de unos 5 años, lo alza y otra vez “ay mi papito”. La señora seguía un rincón sentada. Al rato entró otra señorita con otro pibe un poquito más grande y después otra más con otro hijo más grande. Todas “mi papito, mi papito”. La señora con su hija se paró y me dijo “Silva, quiero que me deje sola”, eran como las 3 de la mañana. La viuda quería conversar con ellas y les dijo “así que ustedes estuvieron con mi marido y tiene un hijo con cada una… cuídenlos porque son una semilla más de mi marido. Bueno, pero acá se deben 4.000 pesos” y les quiso hacer poner mil a cada una pero ahí se fueron todas las damas.

¿Es religioso?

Sí, creo en Dios todopoderoso. Me encomiendo a Él siempre.

¿Cómo es su relación con la muerte?

No le tengo miedo, en ningún momento pienso en eso. Cuando me toque Dios dirá, pero eso sí, yo voy derechito al cielo.

¿Es un hombre feliz?

En lo que yo hago soy un hombre feliz, que trata de ser feliz. Hay que hacer el bien sin mirar a quién.

Don Justo Silva, a pesar de ser un mozo respetuoso, servicial, nadie quisiera ser sujeto de su servicio.

Se despide para volver a su trabajo, un trabajo que le da de comer y que aprecia, más allá del dolor con el que ya aprendió a convivir.

Opiniones (1)
23 de octubre de 2017 | 21:46
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23 de octubre de 2017 | 21:46
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  1. Que grande, no conocia a Don Justo, me imagino la cantidad de anecdotas sin poder contar, y tanto sufrimiento oculto detras de la coraza... A estas personas hay que premiar, no por su aporte politico, patrimonial...si no por su gran aporte social y por sobre todo su ejemplificacion de vida.
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