Julio Chávez dixit: "El puntero recibe coimas; si no, no puede trabajar"

El actor estrena El puntero por El Trece y confiesa que muchas veces se siente un canalla. Por qué su compromiso es con el arte y no con la política.

Al verlo con las ropas de El Gitano –el personaje protagónico de El puntero, el unitario que El Trece estrena mañana a las 22–, PERFIL le comenta a Julio Chávez que tiene un aspecto más juvenil. El se ríe y suelta: "Parezco Cacho Castaña de pendejo". Pero es cierto: con el pelo largo, la camisa abierta casi hasta el ombligo y un collar con un cuernito, parece otro. Ya no es el neurótico de clase media que interpretó en Tratame bien, sino El Gitano, un puntero político de un barrio indeterminado, pero que indefectiblemente es del Gran Buenos Aires

—Cuando me citó Adrián (Suar) para hablarme de El puntero –cuenta Chávez–, lo que más me interesaba no era el puntero en sí. Para eso están los libros, lo que dicen del clientelismo y de los punteros. No me interesa mi espacio de pensamiento para eso. Me parecía un hombre con sus contradicciones, un tipo que tiene buenas intenciones pero malas ejecuciones. Este hecho de tener una idea positiva y una ejecución dudosa lo emparenta con cualquier ser humano. Es un ser complejo y muy básico. Muy sanguíneo, muy temperamental. No es un gran ideólogo, es un hombre de acción. Es un tipo que cree en las mejoras de la gente con la que se comprometió. Recibe coimas porque, si no, no puede hacer su trabajo. Es de los que dicen: “Si no entrás en la trenza, no podés ejecutar”. Eso, claro, habría que verlo. La coima la recibe, y no es que la dona a una institución benéfica.
—El canalla suele justificar sus acciones en “no tuve otra opción”, ¿no?
—Sí, pero en ese sentido yo me siento muy canalla también. Todos nos levantamos todos los días y hacemos cosas que si las pensamos no están bien, y creemos que es la única opción. Y nos acostamos con miles de facturas.
—¿Es un personaje violento?
—No particularmente. Lidia con un mundo un poco animal. Se piensa o se pega. Cuando ya no se puede pensar, se pega. Es un mundo muy duro. El Gitano tiene cocainómanos alrededor, él mismo es un ex cocainómano. Y después es un hombre muy afectuoso. Es una de esas personas que creyeron en ciertos ideales, entraron al sistema y cayeron en un engaño. Creen que el que les da una caja de pan es bueno. Y eso le pasa a este puntero y a mucha gente, porque hay personas que pueden elegir a determinado gobernante para cuidar su propia quinta. ¿Cuál es la diferencia con la caja de pan?
—¿Alguna vez te comprometiste políticamente?
—No, yo tengo un compromiso con el arte. Comprometerme con la política es una deuda personal.
—¿No te interesó nunca al grado de comprometerte o no te interesó nunca al grado de no informarte?
—No milité. Una cosa es la práctica política y otra el pensamiento político. Al militar uno se aleja del pensamiento, y yo me siento emparentado con los espacios puros de pensamiento. No entiendo sobre qué está sostenido el poder. Cuando grabamos El puntero estamos en contacto con barrios muy carenciados, y eso me pone en jaque de una manera muy personal y muy particular. Ver esos barrios carenciados, a mí, me genera muchas preguntas, me inquieta. ¿Qué es esto? ¿Qué se hace con esto?
—“El puntero” se estrena en un año electoral. ¿Tuviste eso en cuenta cuando te hicieron la propuesta?
—Estoy absolutamente involucrado en un programa de ficción con cero tendencia. Lo del año electoral es cierto, quizás alguien diga “qué piolas”, pero sería como que yo le dijera “qué piola” al tipo que cuando llueve sale a vender paraguas.
—No te lo preguntaba en el sentido del oportunismo comercial, sino en el de la estrategia política, tomando en cuenta que se va a emitir por El Trece, que pertenece al Grupo Clarín, que está enfrentado con el Gobierno…
—Desde mi punto de vista, es una ficción casi naif. Soy sumamente ignorante y quizás no me doy cuenta de algo. Yo no estoy involucrado ni interesado en esa lucha. Ni informado. Tengo otros intereses. Me gusta la gente que piensa, que se dedica a pensar y a ser consecuente con lo que piensa, tenga un aliado o ninguno. A mí no me pasa que tenga que elegir entre el Grupo Clarín y el Gobierno. Sería de una enorme pobreza que el programa se hiciera o se interpretase como parte de esa pelea. Te digo más: a este puntero no le da el pinet para ser un corrupto groso. No es un tipo que se terminó de integrar al sistema; es alguien que se quedó a medio camino y lo atropelló un coche. Yo conozco enormes personas que mantienen esa pasión política. Mi propio padre, hasta el último día de su vida, seguía puteando porque Frondizi lo había traicionado. Cada vez que surgía la palabra Frondizi, veías en su cara que había sido un gran amor que terminó en desilusión. En la pasión política se establece identificación hasta en el fracaso, lo cual me parece conmovedor. Es sentirse parte de algo.
—¿Vos de qué sos parte?
—Del arte y la actuación. Cuando me reúno con mis contemporáneos o con otros que ya han muerto… El otro día agarré un libro de Pessoa, lo leí y me di cuenta de que ese era mi partido. Es lo que me hace pensar qué es ser un humano. A veces miro de reojo a los pensadores de la política…
—¿Cómo es para tus ritmos de trabajo darte cuenta de que un proyecto que iba a ir una vez por semana, por decisiones estratégicas del canal va a ir dos veces por semana?
—No me altera en lo más mínimo porque nosotros tenemos un ritmo de trabajo de diez horas diarias de lunes a viernes. Eso no se va a modificar. Si llega a pasar que se atenta contra mi gusto por el trabajo diré: “Muchachos, hay que parar un poco”. Pero no creo que pase. La programación es una selva que no conozco. No altera mi forma de trabajo, y si lo alterase estaría muy atento a que no me perjudicara. Si yo siento que me perjudica en el servicio que ofrezco… Yo establezco un acuerdo de prestar un servicio, y si alguna cosa se modifica yo puedo exigir que me den una mano para poder prestar mi servicio con la calidad que creo que debo prestarlo.
—¿La televisión afectó tu modo de trabajo? Te lo pregunto porque los actores suelen quejarse de los tiempos televisivos…
—Estoy lejos de pensar eso. Puedo entender que hay personas que tuvieron experiencias de mierda en televisión, pero también conozco personas que tuvieron experiencias de mierda en el cine y en el teatro. No digo que la televisión sea buena.
No es ni buena ni mala. Voy a hablar de los actores: es muy fácil echarle la culpa a la televisión. De repente te dicen: “Vos viste cómo es la tele”. Agarraría a la raza de los actores y les diría que a veces no es tan así, porque a veces no vienen con la letra estudiada, no marcan el libreto, estudian en el set, no traen una puta idea, un puto regalito al set. Es como el puntero, que termina diciendo: “Qué querés
que haga, si otra cosa no se puede hacer”.


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22 de agosto de 2017 | 10:13
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