Chesterton y su manual del perfecto asesino

El asesino, como el cartero, siempre llama dos veces a la puerta de su víctima y siempre comete algún error. Si la víctima es el escritor de relatos de crímenes, los fallos garrafales ascienden por la escalera de incendios y llaman como el cartero o el asesino de a seis o de a siete, por lo general.

Tal es lo que sostiene el maestro G. K. Chesterton en «Cómo escribir relatos policíacos» (Acantilado), un manual entusiasta y culto, imprescindible para el perfecto escritor de relatos de misterio.

Gilbert Keith Chesterton (Londres, 1874-Beaconsfield, Buckinghamshire, 1936) conoció a un tipo que se quedó extasiado y horrorizado al descrubrir que él, G. K. Chesterton, escribía relatos criminales y que incluso los leía y los releía. Ese destripaterrones y desconfiado resultó ser, muchos años después, un abominable criminal de carne y hueso, cuya objeción hacia los relatos de detectives no era tanto porque se cometieran los crímenes como porque se descubriesen más tarde.

Chesterton destapa un tarro de sus esencias para aconsejar al perfecto escritor de relatos policíacos. Si alguno de ustedes se quiere dedicar a este oficio literario, tome buena nota. Palabra de Chesterton.

1. En primer lugar, Chesterton sugiere a sus colegas «vendedores de novelas de asesinatos» que hay que eliminar por completo el capítulo primero consagrado a hacer que el protagonista parezca sospechoso. Verbigracia: «Un joven franco, rubio y atlético juega al críquet y está felizmente enamorado de la amable y hermosa protagonista...». Nadie imaginaría ni por un instante que ese pimpollo fuera un asesino. Si acabara siéndolo, estaríamos ante un relato de lo más original y sorprendente; pero cuando solo se sospecha de ése tío rubio y atlético, y luego se le exonera, lo que espera al lector es el aburrimiento más absoluto. «La primera parte de los relatos suele estar llena de coincidencias poco o nada convincentes, pensadas solo para desviar momentáneamente las sospechas hacia el primer actor o hacia el protagonista de la novela». Es una total pérdida de tiempo ver a la Policía sospechando de alguien de quien nosotros mismos no podemos sospechar, arguye Chesterton.

2. Suprimir esa larga distracción a mitad del libro en la que el detective viaja a algún sitio en persecución de alguien y acaba retornando al punto de partida. Ejemplo: «El comandante muere asesinado en Surrey; al detective le informan de que alguien que podría ser el asesino vive en Arizona; va a Arizona, descubre que el hombre en cuestión está menos implicado que ese hombre cuyo rostro parece dibujado en la superficie de la luna y vuelve a Surrey...» Pura incoherencia, monumental despropósito, lamenta Chesterton.

3.No confundir al lector. Esa confusión «es una de las falacias que más falsifican nuestro arte», declama Chesterton. El verdadero arte consiste en colocar cosas que el lector pueda y deba entender. «Los hombres solo pueden seguir la luz, y la emoción consiste en disponer solo de una luz muy tenue. Pero nadie puede seguir la niebla ni puede emocionarse con algo que es meramente informe», desvela G. K. Chesterton. Si el lector no encuentra sentido a la trama, se aburrirá, concluirá que la historia no tiene sentido y le dará «piscinazo» al libro. Es decir, lo arrojará a la más absoluta de las condenas.

4. Con un llanto de imprecación, G. K. Chesterton repite por activa y por pasiva: «¡Evitad la Medusa Magenta! Y mantenéos a más de mil kilómetros de distancia de la Sociedad Secreta Siberiana; no porque amenace nuestras vidas, sino porque amenaza vuestra alma literaria». O sea, que una vasta organización criminal es tan aburrida como una vasta recopilación de estadísticas: hace que incluso el crimen parezca leve y perezca de vulgaridad. «Alguien, aunque sea solo el mayordomo (y desaconsejo hacer que ellos sean los criminales) ha decidido, ya sea empujado por su corazón o por el odio, a solas con su Dios, aceptar la marca de Caín. Si la marca se reduplica con un sello de goma, igual que si fuese una marca comercial, es el fin de la literatura». No pasen, pues, ninguno de ustedes a la Historia como los autores del fin de la Literatura.

Fuente: abc.es
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