Un alma en estado de extinción

Fue célebre hace más de 50 años. Era amigable pero los que lo recuerdan lo califican como "inteligente aunque muy triste". El último descendiente de su familia se quedó hasta sus últimos destellos en un pueblito de Palmira.

La Chimba es un lugar pequeño que hoy se confunde con el resto de Palmira, en el Este mendocino, debido al avance de la zona urbana sobre sus antiguas fincas y chacras.

Allí, poco antes de llegar a la ruta que la conecta con el Acceso este a Mendoza, había una escuela, pequeña escuela, simbólica, casi de avanzada sobre la ruralidad que reinaba hace 70 años. Estaba habitada por un fantasma.

Cuenta Dalinda Espinosa, una abuela que emigró al Gran Mendoza tras nacer allí, que su madre le decía que era “un fantasma bueno, pero triste y muy inteligente”.

Si a alguien se le perdía un lápiz e invocaba al “Gumer” (Gumersindo, se llamó alguna vez el cuerpo que sostenía esa alma, parece) no lo dejaba en tu mano ni en el pupitre, pero lo encontrabas. “Si querías que el chico de varios puestos adelante te mirara, porque te interesaba, se lo pedías despacito al Gumer; y el pibe se daba vuelta y te hacía una sonrisa”, relata, hoy, la abuela.

Nadie lo vio nunca y es por eso que se asegura eso de que “era inteligente”. “Sabía que no tenía que mostrarse. Entonces la escuela era un lugar sagrado, al que pocos llegaban y estaba lejos de cualquier vivienda, en medio de los viñedos. Calculo yo que si se mostraba rápidamente lo combatirían. Eligió ayudar”, explica Dalinda.

¿Pero por qué aquello de la tristeza? “No lo sé –confiesa-. Mi madre dice que el vivo comentario entre los chicos era ese, que se vivía un clima de pesar, de lagrimeo y como que el fantasma buscaba estar siempre con los chicos, juguetones y bienintencionados”, sostiene hoy el recuerdo de aquellos relatos.

Pero en la zona dan cuenta de una versión que, por lo menos, suena sofisticada.

Pantaleón supo ser un manosanta conocido en la zona. Uno de los de antes, de aquellos que servía como médicos brujos, consejeros matrimoniales y, por sus rasgos, hoy calculan que pudo haber sido un verdadero chamán aborigen.

“Era el último y en él viven todos”, explicó alguna vez. Su versión daba cuenta que “el Gumer” era el último miembro de su familia y que las almas acostumbran radicarse en el vástago más pequeño. Él lo había sido alguna vez. Pero no se casó ni tuvo descendencia. No tenía hermanos (algo rarísimos en aquellos tiempos de familias de hasta 20 hijos). Perdió a todos sus seres queridos, hasta que él mismo murió de viejo.

El antiguo rancho abandonado, entonces, sin dueño a la vista y ya en poder del comisario político local, se volvió escuela. Y, entonces, en él vive toda la sabiduría acumulada por las almas de sus antepasados pero lo sume una inmensa tristeza: es el último eslabón de una energía que, en algún momento se extinguiría.

Ya no hay escuela ni viven en la zona quienes fueron sus alumnos, probablemente. La ciudad avanzó y cubrió todo con negocios, salones, casas y estaciones de servicio. Pero en el lugar hay una plazoleta y aseguran que todavía, por las noches puede verse juguetear a un puñado de luciérnagas. Siempre en el mismo lugar. Siempre luminosas. Y creen que pueden ser los últimos destellos de un alma en extinción.
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3 de Diciembre de 2016|01:43
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3 de Diciembre de 2016|01:43
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  1. que volvieron a publicar, he compartido sus relatos en el curso, tan sólo leyéndolos, y los chicos flashean! De hecho, se animan a contar sus propias historias!
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