Sin sentarse en las rodillas del jefe

Las diferencias salariales y de jerarquía entre hombres y mujeres en el terreno laboral no son nuevas. Las mujeres cobraban alrededor del 76% del salario que percibía un hombre por el mismo trabajo, pero las pedían para tareas que requerían dedos ágiles, concentración y paciencia.

Hacia 1900 los empresarios sostenían, perversamente, que lo que producían las mujeres tenían un valor inferior en el mercado.

“La mujer, desde el punto de vista industrial, es un trabajador imperfecto”, publicaba en 1840 el diario francés L´Atelier. Y lo argumentaba con una seguridad digna de un enviado divino, sentenciando “puesto que las mujeres son menos productivas que los hombres”.

No sirve para consuelo, pero obviamente las diferencias salariales y de jerarquía entre hombres y mujeres en el terreno laboral no son nuevas.

A principios del siglo XX se justificaba que las mujeres ganaran menos que los hombres por su trabajo “no sólo porque producen menos, sino también porque lo que ellas producen tiene un valor inferior en el mercado”, explicaba con gran tranquilidad Leon Abensour en su libro de 1923 La mujer y el feminismo antes de la revolución.

Pero aunque la idea de que el trabajo de hombres y mujeres tenía un valor distinto y de que los señores eran más productivos, no excluía a las señoras de la creciente fuerza laboral en los países en vías de industrialización ni las confinaba a las tareas domésticas.

Cuando una familia necesitaba más ingresos, las mujeres salían a ganarlo. Pero no importaba cuál fuera su situación, se les pagaba como si su salario fuera un “complemento” del sueldo de un hombre.

Y merced a la cuenta cuenta extrañísima que hacían los contadores, tesoreros y escribientes de las empresas, las mujeres cobraban alrededor del 76% del salario que percibía un hombre que hiciera el mismo trabajo, en una fábrica, por ejemplo.

Los economistas de la revolución industrial hicieron una muy poco darwiniana división, distinguiendo la fuerza laboral según el sexo. Los empleadores estipulaban no sólo la edad y el nivel de cualificación del personal requerido, sino el sexo, la raza y hasta la etnia del contratado.

Por ejemplo, en Estados Unidos los avisos de pedido de trabajo aclaraban hacia 1900 con todas las letras: “No presentarse irlandeses”. Las fábricas textiles inglesas requerían “muchachas fuertes y saludables” o “familias formadas por niñas”. Muchas de estas manufactureras no contrataban a mujeres casadas ni con niños pequeños.

Lo notable es que cuando los empresarios querían abaratar los costos de una determinada industria y, con el pretexto de que eran tareas delicadas que requerían de dedos ágiles, concentración y paciencia, se contrataba sólo a mujeres.

Algunos de estos trabajos, como el de telefonista, dactilógrafa o secretaria, por ejemplo, perdurarían en el tiempo como “trabajos femeninos”.

Y aunque se ha recorrido un largo camino desde los telares de madera de las oscuras y húmedas fábricas que retrata Charles Dickens en sus novelas a las modernas máquinas industriales que operaba la activista Norma Rae -interpretada por Sally Field en una película de 1979-, todavía queda mucho por hacer para que a iguales trabajos, las mujeres perciban el mismo sueldo que los hombres.

Sin sentarse en las rodillas del jefe.

Patricia Rodón

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