Abbottabad, la guarida de Bin Laden

Una recorrida por el pueblo que acogió al terrorista. Bilal Town es una especie de suburbio a Abbottabad, “la ciudad de las escuelas”, a 120 kilómetros de Islamabad. Galería de imágenes 

Todo lo que se esconde debe estar a la vista. La sentencia sirvió para Osama bin Laden durante seis años, hasta la noche sin luna en la que dos docenas de comandos Navy Seals atacaron Bilal Town en un operativo de 38 minutos. Bilal Town es una especie de suburbio a Abbottabad, “la ciudad de las escuelas”, a 120 kilómetros de Islamabad, un Campo de Mayo pakistaní con cinco escuelas militares y hasta banda de música marcial. La casa de Bin Laden está a tres cuadras de un retén que enarbola un cartel de “Restricted Area”, al final de una calle que serpentea junto a una acequia de metro y medio. El mito la convirtió en mansión, aunque está lejos de serlo: las paredes altas y las ventanas inaccesibles son características de esta zona tribal del país. Pero la Xanadu del terrorismo no estaba aislada: imagínense un barrio de la provincia de Buenos Aires, con decenas de casas vecinas, terrazas indiscretas y hasta un orfanato en la medianera del patio trasero.

—Dos veces por semana les llevaban carne –recuerda Ahmed en diálogo con PERFIL.

—Paquetes inmensos de carne –gesticula su compañero del Hogar de la Esperanza.

—Y tres veces por semana venía el lechero.

—Pero no lo dejaban entrar. Dejaba varios litros en la puerta.

Los vecinos pueden reconstruir hasta la lista del supermercado, pero juran que nunca lo vieron y que los helicópteros, aquella noche sin luna, los tomaron por sorpresa.

Ahora la zona está sellada por el ejército y es imposible acercarse a menos de doscientos metros. La captura de Osama marcó también, en el barrio, el triunfo del cuentapropismo: hay quienes alquilan sus terrazas a los fotógrafos extranjeros, y los chicos se dedicaron a rescatar partes del helicóptero caído y abandonado por los Seals y las venden como trofeos del Muro de Berlín.

Amal Ahmed Abdullfattah, la más joven de las esposas de Bin Laden, confirmó a los servicios de inteligencia de Pakistán (ISI) que vivían allí hace seis años y que nunca bajaron de los pisos superiores de la residencia. Osama era enfermo renal y se dialisaba tres veces a la semana: esto fue confirmado por fuentes de inteligencia extranjera a este diario en Islamabad, y se convirtió en una de las pistas que exploraban los norteamericanos. En las fotos del interior de la casa difundidas el primer día, pueden observarse algunos frascos de medicación, y una especie de máquina con una manguera; suponen que Osama se dialisaba allí mismo.

El ISI también tiene detenidos a ocho o nueve niños, y dispuso de los cuerpos de al menos tres personas que custodiaban al líder de Al Qaeda. Amal, nacida en Yemén, vivía con otras dos esposas de Osama, también detenidas, junto a su hija –que denuncia que el padre fue detenido y ejecutado– y el propietario que entregó la casa en alquiler.

En el extremo diagonal de la escena, en la Casa Blanca, el nombre clave de Osama bin Laden era Gerónimo, como el jefe de los apaches, y antes, para la estación de la CIA improvisada en Abbottabad, en una casa vecina que recibía datos infrarrojos de satélites y aviones espía, Gerónimo era sólo una sombra alta bautizada “the pacer” (el que da vueltas, el que marca el ritmo).

—Gerónimo EKIA (abreviatura en inglés de “enemigo muerto en combate”) –dijo finalmente León Panetta, el jefe de la CIA, en la transmisión monitoreada por el gabinete de crisis y el presidente Barack Obama.

El líder de Al Qaeda tuvo varias muertes: primero armado y escudándose en una de sus esposas; luego desarmado, “aunque presentó resistencia”; después sin resistencia, pero buscando un arma. Su última muerte oficial lo muestra con un fusil AK-47 y una pistola Makarov en mano a la hora de enfrentar a Jack Bauer. En la última remake afirman que sólo el mensajero, el hombre que reveló el escondite, usó su arma. La historia del mensajero reflotó el debate eufemístico sobre la tortura: algunos afirman que en Guantánamo, otros en una cárcel secreta de Europa del Este, pero ambas versiones coinciden en que la punta del ovillo comenzó a tirarse cuando se conoció, mediante torturas, el apodo de Abu Ahmad al Kuwaití, el mensajero de confianza. Panetta (a la espera de la confirmación del Senado que lo catapulte a la Secretaría de Defensa, aun a cargo de la CIA) admitió en un primer momento que el “waterboarding” (simulación de asfixia por agua) había tenido un papel decisivo.

Las hipótesis que navegan en este mar de contradicciones no han hecho más que echar leña al fuego: la “desaparición” a la argentina del cadáver (tirándolo al mar) viola las leyes del Corán y ha despertado en el mundo árabe una humillación gratuita. Al Qaeda ha pedido a los pakistaníes levantarse contra su gobierno, y afirmó en un comunicado que “la universidad de fe, Corán y yihad en la que Bin Laden se graduó no cerrará sus puertas, los soldados del Islam continuarán unidos, organizando y planeando sin descanso”.

“Osama bin Laden es el líder de una forma de pensar, no está solo. Es el organizador del régimen más grande del mundo”, dijo un portavoz del Partido Islamista de Pakistán, Jamat-e-Islami. “La felicidad de Estados Unidos se convertirá en tristeza.” Sin mayores precisiones,el gobierno estadounidense informó que, dentro del material secuestrado en Abbottabad, se encontraron planes para atentar contra la red ferroviaria en ocasión del décimo aniversario del 11 de septiembre.

Algunos grafitis en Abbottabad convocando a la venganza, una marcha de algunos cientos en Karachi y una de más de tres mil personas en Egipto han sido hasta ahora las únicas reacciones visibles de la muerte de Bin Laden. Hace diez años, a poco del atentado contra las Torres Gemelas, estuve en esta ciudad y la foto del enemigo público número uno se exhibía con orgullo en los bares y los mercados. Hoy ya no es así, y el miedo parece haberse apoderado del país donde siempre reinó.

—Una parte de este país habla inglés, y la otra habla urdu. Son dos países distintos –comentaba ante PERFIL un diplomático extranjero, lamentándose de lo intrincado del idioma local.

—Yo no hablo urdu, y siempre sentís que te estás perdiendo algo.

Los ciento veinte millones que hablan urdu saben de qué se trata. Algo está por pasar aquí, cuando no pasa nada. Anteayer, el viernes, se esperaban disturbios en un momento clave: la salida de la mezquita. Pero nada sucedió: ruido de cañerías, agua subterránea. El gobierno pakistaní habla inglés pero entiende urdu: sabe que sus únicas opciones son las de aparecer como incompetentes o como cómplices.
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