Santos y suicidas: terror sagrado

En medio de la llamada guerra contra el terror y ante la muerte de Osama Bin Laden, en el terrorismo político anida un terror religioso que tiene sus raíces profundas en nuestra psique y en la ausencia de respuestas frente a los cientos de preguntas que surgen del misterio de lo divino.

¿El terrorismo es un concepto político o metafísico? ¿O es la combinación de ambos? ¿Cambia de nombre cuando cambian las personas que lo ejercen?

En medio de la llamada guerra contra el terror y ante la supuesta muerte de Osama Bin Laden, el líder visible de una organización terrorista que tuvo en vilo al mundo occidental durante la última década, repasamos algunos conceptos respecto del origen de esta elección de vida y de muerte.

La zozobra, el miedo, el terror que infunden los terroristas de todas las épocas, aunque sostengan las más disímiles ideas, tiene como objetivo materializar sus concepciones políticas y/o religiosas.

Como idea política el terrorismo nació con la Revolución Francesa a partir las acciones que ordenaron Danton y Robespierre bajo la forma de terrorismo de Estado, es decir, la ejecución de actos de violencia cometidos por el Estado contra sus enemigos internos. Un grupo emblemático de esta época por haber instaurado una suerte de “reinado del terror” fueron los jacobinos, revolucionarios amantes de la guillotina y la sangre.

Sus modos de operar se extendieron a lo largo de los siglos XIX y XX, primero por toda Europa y luego por toda América, a través de una filosofía de la violencia ejercida a través de distintos métodos que comenzaban con el acecho del “enemigo” o de quien constituía una amenaza para el “orden social” -en vigencia o en construcción-, para terminar en el asesinato, más o menos brutal, del adversario político.

La divinidad inspira temor.

El terror y lo sagrado

En un sentido más amplio, el terrorismo es tan antiguo como la propia humanidad porque la idea de terror está vinculada a la idea de lo sagrado. Y son las religiones quienes organizan y se sirven de esta aparente ambigüedad.

Y aunque perseguir, dar caza, torturar y asesinar en nombre de los dioses romanos, del Dios cristiano de las Cruzadas, de la Inquisición, de la democracia, de Alá o de Jehová no tiene nada de santo el terror nace como idea religiosa.

Para el prestigioso teórico de la cultura Terry Eagleton, uno de los primeros cabecillas terroristas fue el dios Dioniso, quien inspiró un culto que celebraba los excesos y todos los desbordes humanos, desde la satisfacción de los apetitos del cuerpo a la de la voracidad del yo, del éxtasis a la violencia. Su culto no toleraba las diferencias y castigaba sin piedad las críticas en orgiásticas carnicerías masivas. “Este dios de la soltura y la satisfacción representa incluso la cultura pura del instinto de muerte”, reflexiona Eagleton.

En la Edad Media el terror sagrado es Dios, ya que según la tradición judeocristiana, Dios es una llama incandescente a la que resulta aterrador dirigir la mirada; su amor es ilimitado pero implacable para quienes se alejan de él y para los que tiene reservado el fuego eterno del infierno. La devoción contiene en sí misma una exigencia traumática y perturbadora, y construye una ley tan acogedora como demoledora para el hombre.

La contradicción que surge en el corazón de los creyentes entre el temor de Dios y el amor a Dios lleva a que toda desviación de la norma, de la “ley divina”, sea fríamente castigada bajo la sospecha de una alianza con el siempre hostil demonio, con Satanás, el enemigo de Dios, su “imagen patológica”, que tiene sus raíces en la consecución de la piedad sino en la suma de poder.

Las trampas de la libertad

La libertad tiene algo de sagrado porque contiene belleza y temor al mismo tiempo; es una maldición y una bendición que puede tanto crear como destruir. “Esta es la razón por la que, al igual que todas las fuerzas sagradas, debe protegerse mediante una gruesa malla de salvaguardas y prohibiciones. Lo que en ella adquiere valor supremo es también lo más peligroso”, argumenta Eagleton.

Hay dos escenarios de rebeldía paradigmáticos y contradictorios en el territorio de la libertad. Quienes mantienen una huelga de hambre ejercen su libertad desde una voluntad que puede llevarlos a la muerte de la que otro, el opresor, será el único culpable. El terrorista suicida proclama con su muerte que hay otra forma mejor de vida y convierte su impotencia en un letal espectáculo público.

En un párrafo esclarecedor de su ensayo Terror santo, Eagleton sostiene que “al disponer libremente de su vida, el terrorista suicida confía en llamar la atención sobre el contraste existente entre esa forma de autodeterminación extrema y la ausencia de este tipo de autonomía en su vida cotidiana. (…) Destruirse a uno mismo es sencillamente una señal de lo espectacular que debería ser la transformación para volver tolerable su vida cotidiana. Pero también es una alternativa desesperada a ese cambio. (…) El terrorista suicida trasciende su destino sometiéndose a él libremente, convirtiéndose con ello al mismo tiempo en víctima y vencedor. El terrorismo suicida es el último grito en agresión pasiva. Contiene venganza y humillación en un único gesto. Pero al acceder activamente a no ser nada, el suicida pretende convertirse en algo de un valor altísimo. (…) El terrorista suicida no se distingue por preocuparse por el número de vidas inocentes que se lleva consigo. (…) Se convierte durante un breve instante en un sujeto libre (…) Su muerte ahora es suya en lugar de formar parte de la producción de muerte masiva que se despliega a su alrededor”.

De ahí, que la libertad definitiva consiste para el terrorista suicida en no temer a la muerte porque se solventa en una causa que le confiere un valor fundamental a la propia vida, en una creencia por la que se está dispuesto a renunciar a ella, en una causa poderosa, incorruptible y eterna.

Por ello, el abandonar la vida permite que esta causa brille en todo su esplendor y adquiera una dosis de inmortalidad. El terrorista suicida, que combina objetivos religiosos y políticos en su acto final, ofrece un altruismo supremo al dejar de lado los intereses personales en nombre de un deber de un orden superior pero sin perder de vista la recompensa eterna del paraíso prometido.

Hoy la gente está dispuesta a morir por la nación y la idea de nación.

Por el reino de los cielos

Desde hace siglos, hombres y mujeres han muerto en nombre de su religión, ya que sea que fueran condenados por herejes o por réprobos; ya entregando mansamente su vida como mártires siguiendo un camino divino.

Este fenómeno continúa hoy en muchas partes del mundo y basta sumariar las noticias de atentados de las últimas décadas para observar cómo éstos se han convertido también en un problema político. Ya que la gente está dispuesta a morir por la nación y la idea de nación –no de país, sino del “conjunto de personas de un mismo origen, que hablan un mismo idioma y comparten una tradición común, como define el término el diccionario-, es al igual que Dios, una noción inmortal, invisible e indivisible, que “lo abarca todo, carece de principio o fin, merece el más profundo de nuestros amores y es el fundamento mismo de nuestro ser. Al igual que Dios, su existencia también es una cuestión de fe colectiva”, completa Eagleton.

De ahí que el radical islamista de cualquiera de los numerosos grupos terroristas activos, los insurgentes integrantes de la ETA, las FARC o de Sendero Luminoso, por nombrar sólo un puñado, cree que con su muerte contribuirá a la emancipación de su pueblo, a la libertad de su nación.

Los terroristas suicidas no se consideran a sí mismos mártires, porque mientras el mártir, como Rosa de Luxemburgo o Martin Luther King “mueren para que los demás vivan”, ellos “mueren para que otros mueran con de que otros más puedan vivir”, argumenta el crítico.

La omnipotencia, el optimismo y el voluntarismo ciegos de Estados Unidos se vieron afectados cuando se convirtió en blanco de atentados terroristas. Su invulnerabilidad y su arbitrario concepto de una libertad “buena” para unos (preferiblemente la de ellos) y de una libertad “mala” para otros, ha llevado a sus gobernantes a montar una extenuante, sangrienta y económicamente rentable “guerra contra el terror” en países y “naciones” ajenos a los ataques que sufrieron.

En esta batalla paranoica, hoy coronada con la supuesta muerte de Osama Bin Laden, la ruptura del orden, el “mal” y lo irracional siempre ha sido patrimonio de los otros. Los buenos, temerosos de Dios, luminosos y sanos han vencido, al menos temporalmente, a los malos, fanáticos, oscuros y dementes terroristas.

La política exterior de Estados Unidos, desde el pedestal de quien se considera todopoderoso, ha producido caos y miseria a lo largo de sus intromisiones políticas, económicas y bélicas en decenas de países del mundo. “El poder detesta la debilidad puesto que le trae a la memoria su propia fragilidad”, dictamina Eagleton.

En el nombre del muerto

Vemos una y otra vez las imágenes del 11-S con horror y fascinación; todos los días vemos los videos de atentados realizados con coches bomba o terroristas suicidas en distintas ciudades del mundo y los cuerpos de las víctimas nos repelen y atraen al mismo tiempo.

Hoy, todos queremos ver el cadáver de Osama Bin Laden para estar seguros de que está realmente muerto. Y no porque su muerte nos interese especialmente o interfiera más o menos en nuestras vidas, sino porque nos lo pide nuestro morbo y el raigal escepticismo ante todo lo que dice que hace el gobierno de Estados Unidos, con o sin Obama.

En el terrorismo político anida un terror religioso que tiene sus raíces profundas en nuestra psique, en nuestra formación, en la ausencia de respuestas frente a las cientos de preguntas que surgen del misterio de la muerte, ya sea del mártir, del chivo expiatorio o de la víctima de un “daño colateral”.

Y volvemos a las preguntas iniciales: ¿el terrorismo es un concepto político o metafísico? ¿O es la combinación de ambos? ¿Cambia de nombre cuando cambian quienes lo ejercen?

La pugna entre el temor de Dios y el amor de Dios, entre la conciencia de la propia mortalidad y la promesa de otra vida después de la muerte, entre la creación y la destrucción y entre la civilización y la barbarie, el terror convive entre nuestras sociedades, ya sea como mecanismo de control o como herramienta de legitimación del poder.

Patricia Rodón

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9 de Diciembre de 2016|05:36
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