Sepultura de Bin Laden, golpe al orgullo musulmán

La última movida del juego universal de religiones e imperios es la que incluye el fondo del mar como morada final de Osama Bin Laden. La “sepultura” del terrorista fue el último golpe de Occidente al orgullo musulmán. Bin Laden murió en el más completo fracaso. Su “guerra santa” terrorista no logró acabar con los poderes occidentales ni los regímenes árabes. Tampoco murió como el héroe islámico que pretendía ser

La última movida del juego universal de religiones e imperios es la que incluye el fondo del mar como morada final de Osama Bin Laden. La “sepultura” del terrorista fue el último golpe de Occidente al orgullo musulmán. Bin Laden murió en el más completo fracaso. Su “guerra santa” terrorista no logró acabar con los poderes occidentales ni los regímenes árabes que consideraba “despóticos” y “herejes”. Tampoco murió como el héroe islámico que pretendía ser, y ni siquiera reposa eternamente como lo marca su religión.

Según la agencia EFE, “las prácticas islámicas requieren que el cadáver se entierre en las 24 horas posteriores a su fallecimiento y la decisión se tomó debido a que encontrar un país dispuesto a sepultar al terrorista más buscado del mundo parecía una misión demasiado complicada”. Incluso Arabia Saudita se negó a darle sepultura en su territorio. Otro de los motivos que llevaron a Estados Unidos a lanzar el cuerpo al mar fue el no querer permitir que su tumba sea elegida como sitio peregrinaje de todos los grupos radicales que consideran a Bin Laden una autoridad islámica indiscutida.

“Honrar al difunto es acelerar su entierro”, es el único precepto del profeta Mahoma que los Estados Unidos respetaron, sepultando -o mejor dicho, deshaciéndose- del cuerpo de Bin Laden al arrojarlo al fondo del océano antes de que pasaran 24 horas de su muerte.

En primer lugar se rompió la regla de que todo musulmán debe ser sepultado en el lugar en que murió. Esa norma se cumplió, por ejemplo, cuando el rey Abdallah de Jordania fue asesinado en 1951, en Jerusalén, siendo sepultado en la Ciudad Santa.

El Corán establece que todo musulmán debe ser sepultado en tierra, para que, de acuerdo a sus preceptos, “el polvo vuelva al polvo y la tierra a la tierra” habiéndose realizado previamente un ritual de purificación.

Una oración dedicada a Alá debe marcar el comienzo y el final del austero ritual de la ablución, es decir, la purificación del cadáver (“gusul”). Estos rituales funerarios se basan en los códigos del Corán y de la Sunna, que son las enseñanzas que se conservan de la tradición oral sobre las acciones y dichos del profeta Mahoma. El ritual consiste que el cuerpo sea lavado, secado, y amortajado con una tela blanca y nueva (“takfín”).

Las reglan marcan que quien hace el lavado debe ser una persona digna de confianza (para no revelar lo que viera de las intimidades físicas del fallecido); ser del mismo sexo (excepción hecha para el cónyuge y para los de corta edad), mayor de edad en pleno uso de sus facultades mentales y conocedor de los ritos fúnebres. Luego se cubre el cadáver con la tela y se le despoja de sus ropas. La tradición recomienda utilizar tres paños blancos (sudarios) de tela normal, uno tras otro, y luego se perfuman los sudarios.

El Islam desaprueba el embalsamamiento, la cremación y los monumentos funerarios, así como el trasladar los restos del difunto a otra ciudad, ya que es aconsejable enterrar a un musulmán en el cementerio de la ciudad donde murió. Solamente se utiliza un féretro muy simple para ser trasladado a la tumba con facilidad.

En cuanto a las plegarias, es un deber colectivo. Se recitan el “Al-Fátiha” y otras “Suras” y fórmulas frente al féretro en el suelo, pero en dirección a la Meca, y el Imán (religioso) o quien preside la ceremonia se sitúa detrás de la cabeza del difunto si es varón.

Si el cadáver de un musulmán no fue encontrado, pero hay constancia de la muerte, se celebra la llamada oración del ausente. Sin velatorio previo, todos deben ser sepultados sin lápidas, ni flores ni señales. No hay distinciones si el muerto es un obrero, rey, un religioso o un terrorista: el ritual es igual para todos los difuntos. Solamente se exige el contacto directo con la tierra, recostado sobre su lado derecho y con la cabeza orientada hacia la Meca, el sitio sagrado de los musulmanes.

Sin embargo, la religión musulmana sí permite dar sepultura en el mar en determinadas circunstancias, como por ejemplo durante un largo viaje -y estando demasiado lejos de un puerto- y con la única finalidad de evitar su descomposición, o bien cuando exista el peligro de que los enemigos del muerto quieran exhumar o mutilar el cadáver.

Ninguna de estas dos condiciones se cumple en este caso, de acuerdo con numerosos clérigos islámicos. “Ellos pueden decir que lo han enterrado en el mar, pero no que ha sido de acuerdo con el rito islámico”, sostiene Mohammed al-Qubaisi, el gran muftí -líder religioso- de Dubai. “Si la familia no quiere sus restos, es muy simple en el Islam”, explica el muftí; “cavas una tumba en cualquier lado, incluso una isla remota, pronuncias las plegarias, y ya está”. Uno de los que se ha expresado de forma más contundente es el libanés Omar Bakri Mohammed: “Los norteamericanos quieren humillar a los musulmanes a través de este entierro”.
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