Una obra inmemorial y contemporánea

Desde El túnel, tragedia de la conciencia aislada, hasta Abaddón, el Exterminador (1974) verdadero "teatro del mundo" donde el mal contamina y afecta a cada uno de los seres que actúan en el "carnaval siniestro", la novelística de Ernesto Sabato se acerca a la confrontación dialógica con el mito.

En una apuesta riesgosa y marginal, los héroes que buscan el origen y la totalidad por la vía oscura erigen, ante lo impenetrable, simulacros de una cosmogonía aterradora.

El escritor continúa, así, una vieja aspiración romántica: la que quería ver en la novela una suma de géneros, la que la postulaba como sucesora de la epopeya y del mito. Expulsado por el Logos -afirma Sabato- el Mythos se refugia en el arte, que a la vez lo profana y lo reivindica.

Por ello la gran literatura constituiría, desde esta perspectiva, una revelación de la sacralidad, una muestra de lo real despojado de máscaras. Por ello también resultaría ser un medio de salvación del alma (la propia y la comunitaria).

El autor de Abaddón vive su tarea como un trabajo que puede afectar a la humanidad entera y servir "para encontrarle un sentido a la existencia".

Como el mito, que logra abolir la temporalidad profana y transportarse así al Origen, la novela aparece como aspiración de eternidad que perpetúa los instantes supremos de la vida, el amor y el éxtasis donde se supera la existencia ordinaria sometida al devenir.

El lenguaje del arte metafísico que Sabato exalta es simbólico: "expresa una realidad del único modo en que esa realidad puede expresarse, y es irreductible a otro lenguaje".

Antiguas imágenes, sueños y terrores milenarios, símbolos que cambian de contexto, se distorsionan o se invierten, concurren para tejer la compleja materia de una obra a la vez inmemorial y contemporánea, donde también la historia de la patria se recupera para el mito moderno.

Distintas formas de la ensoñación o la religiosidad convergen, junto a la legión de Lavalle o la gélida mirada de Rosas que domina un salón familiar, en un campo de batalla donde combaten los antagonistas: materia y espíritu, tinieblas y luz, nieve y fuego, cielo e infierno, ciencia y poesía, mundo platónico y pasión terrestre, muchas veces se intercambian y confunden a merced de la ambigüedad de las conciencias y de los símbolos.

Esta ambigüedad hace tan difícil como indeseable, establecer un "mensaje" unívoco para las novelas sabatianas, donde el mal resulta ser también una forma de pureza, la tiniebla un ámbito de sabiduría, el mero espíritu una peligrosa deslealtad a la imprescindible pasión, la escritura un trato con los demonios y una vía redentora, una elección y una maldición.

La tesis neoplatónica de que las Ideas habitan en la mente humana y de que el arte es mímesis de esas Ideas, se transforma luego en la tesis romántica y simbolista que considera al arte como mímesis de los "abismos del espíritu": las pasiones, el inconsciente y lo desconocido.

El ejercicio sabatiano de la ficción profundiza esta metamorfosis del platonismo. Si el símbolo artístico es espejo, se trata de un espejo oscuro, empañado, turbio.

Se quiebra también, en esta narrativa, la armonía cósmica, el secreto concierto de las correspondencias que del romanticismo al surrealismo, la poesía creyó poder recuperar.

La "música de las esferas" se revela engañadora, no tiene ya que ver con la existencia concreta e impura del hombre; el abstracto y alejado Lugar Celeste platónico no deja de ser en este sentido un fraude, incapaz de colmar al ser encarnado.

De todas maneras, si se ha cuestionado el vínculo entre el cielo y la tierra, si el arte es un espejo equívoco, las correspondencias sobreviven en los textos de Sabato, relativamente y al modo surrealista.

Sus personajes son seres en búsqueda y encuentro del destino, que se cumple por la extraña convergencia entre los móviles inconscientes y la trama de la realidad externa: el mundo es un jeroglífico donde cada uno descifra el itinerario inevitable de su vida. Y la meta es llegar al punto donde coinciden los contrarios.

La simbólica de Ernesto Sabato desarma las certezas del conocimiento visual (paradigma del conocimiento para la tradición de Occidente) y propone un nuevo criterio de verdad donde la evidencia pasa por lo invisible, donde la visión siempre indecisa, fantasmal, cede ante la visceral clarividencia del tacto.

El cuerpo, raíz y fundamento de la escritura, es también el lugar de acceso a la condición humana. El saber, terrible y extraordinario, que alcanza Fernando Vidal Olmos en la Cloaca tiene al cuerpo como frágil pero imprescindible mediador: supone la trasgresión de todos los tabúes, la fusión, el `devoramiento` y un climax erótico que instala fugazmente al ser en la unidad originaria, inaccesible para la mera conciencia racional.

Toda la obra de Sabato es, en este sentido, una búsqueda agónica de la escritura primaria, de un original oculto tras las copias, falsificado y fragmentado por un logos que no da cuenta de la totalidad del ser. Totalidad irrecuperable, de la cual el ser humano ha sido arrojado hacia la Historia y la insatisfacción, que es también el motor de toda creación y toda escritura.

El sentido del exilio en la obra sabatiana no se restringe sólo a la pérdida del reino mítico. Atañe en especial al drama por excelencia de los americanos según lo definió H. A. Murena, que sufren un segundo destierro del Centro (el de la Historia de Occidente, representada por Europa).

Y también a la peculiar situación de los argentinos, desarraigados tanto del mundo europeo como del sustrato indígena, y en quienes las contradicciones y el sentimiento de pérdida parecen exacerbarse.

El espectro simbólico luz/tinieblas, visión/ceguera y la búsqueda del Origen, se inscriben también en este registro como una indagación, compleja y a menudo frustrada, en lo identitario de la nación, desdibujado y desdibujable en la ciudad babélica que no guarda memoria de los “héroes fundadores”, ni repara en los “rostros invisibles” (o que se prefiere no ver) de los anónimos héroes cotidianos.

Entre el heroísmo y la traición, la autenticidad y la farsa, el desvalimiento y el poder de la palabra, la escritura traza así su extraño itinerario hacia el "sol negro" de la alucinación o la revelación, en busca del pasaje o túnel capaz de conectar los opuestos en que, más acá del paraíso, en el reino de este mundo, vemos escindirse la trama de las apariencias.

(*): La autora es escritora, investigadora del CONICET, coordinadora de la edición crítica de Sobre héroes y tumbas para la Colección Archivos de la UNESCO.
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