Cenicientas perfectas pero con juanetes

Cuando hoy una mujer se detiene frente a la vidriera de una zapatería sabe que las plataformas no son fruto de un invento hippie de los ´70 y que los tacos tienen más años que las ruinas del Partenón. ¿Cómo fue que las piernas y los pies se convirtieron en un objeto de consumo sexual?

¿Te acordás de esos zapatos pitucos con los que tu abuelita parecía altísima y recién salida de una película de las hermanas Legrand? ¿Te acordás de esas sandalias con las que tu mamá se hacía la chuchi en las reuniones de padres de la escuela? ¿Te acordás de esas elegantes botitas negras con vertiginosos tacos de veinte centímetros sobre los que había que hacer equilibrio y sonreír respirando hondo en una suerte de trance faquir y aspirante a super modelo de las cuales por nada del mundo te vas desprender?

Obviamente, cuando hoy ante la oferta de este otoño-invierno, te detenés frente a la vidriera de una zapatería sabés que las plataformas no son fruto del lisérgico invento hippie de los ´70 y que los tacos tienen más años que las ruinas del Partenón.

La industria de la moda siempre ha tratado de embellecer la figura femenina, ya fuera realzando las formas curvilíneas de las mujeres o estilizando el talle con los más variados y esforzados diseños de ropas.

Con la misma aplicación y conducta que las costureras y modistos le dedicaron al cuerpo, los creadores de zapatos hicieron lo propio con los pies, y por extensión, las piernas.

Los tacos altos concentran sobre su mínimo punto de apoyo el mito de la elegancia, mandando al mismo infierno del mal gusto a las zapatillas, alpargatas, chatitas, mocasines, chinelas y todo aquel calzado que apenas se eleve por sobre el nivel de la terrenal vereda.

En los años ´30 y ´40 la mujer argentina adoptó los tacos y no tuvo reparos en “subirse” a sus zapatos en sintonía con los diseñadores que acortaban, centímetro a centímetro, el largo de las faldas.

Los zapatos eran angostos, tenían plataforma, la puntera era más o menos redondeada y la capellada más alta. Hacia el final de la década del ´30 se usaron combinados, de colores, con aplicaciones de otros cueros, troquelados o “picados” de distintas formas.

En ese tiempo, las argentinas comenzaron a usar medias de nailon que, por supuesto, eran importadas y carísimas, mientras el mismísimo Roberto Arlt, que había visto el negocio, fracasaba una y otra vez en su intento de inventar “medias de goma” industria nacional. las medias femeninas eran parte del imaginario sexual masculino, que a principios del siglo XX, "can can" mediante  había más que entrevisto las piernas de las mujeres y quienes durante los locos años ´20 fueron por más, mostrando con las cabriolas del charleston mucha más piel de la permitida hasta entonces.

El investigador Wallace Carothers desarrolló durante diez años un producto textil al que llamó nailon. Entre 1927 y 1937 realizó cientos de pruebas hasta que, con mejor suerte, más presupuesto y menos distracciones que el autor de "Los siete locos", logró exhibir las primeras medias de nailon en la Feria Mundial de Nueva York de 1937.

En 1938 la firma Dupont de Nemours patentó una versión de estas medias que revolucionarían y cambiarían para siempre el mercado de la moda. Éstas eran tan adherentes como suaves y remplazaron a las de lana, hilo o algodón usadas por las adolescentes y a las más baratas de rayón o de seda, habituales hasta entonces en las mujeres adultas, que por su grosor se arrugaban horriblemente y se caían con las lógicas molestias.

Hacia 1945 la firma francesa comenzó a producir las medias de nailon en cantidades industriales y a exportarlas al todo el mundo con un infalible eslogan: eran medias "irrompibles". Las argentinas enloquecieron por ellas porque la combinación de de estos estilizados zapatos y de las medias de nailon con costura hacían las pantorrillas y las piernas no sólo más estilizadas sino también irresistiblemente atractivas.

Por entonces, suponemos, las mujeres comenzaron a perfeccionar el arte de cruzar y descruzar las piernas como un abanico hipnótico justamente para lucir esa parte del cuerpo que conducía inexorablemente a la misteriosa entrepierna.

Los callos, juanetes y ampollas que esos zapatos y medias inflingían a estas seductoras Cenicientas gauchas eran, por supuesto, un pequeño detalle. Un secreto apenas compartido con el fuentón con agua tibia, salmuera o manzanilla, y el discretísimo pedicuro a domicilio.

Patricia Rodón

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