La noche que conocimos a Gonzalo Rojas

El abogado y poeta Carlos Vallejo recuerda en esta sensible nota el encuentro que el enorme Gonzalo Rojas mantuvo la noche del 4 de octubre de 2001 con un grupo de poetas y periodistas mendocinos en ocasión de una Feria del Libro en la que fuera el invitado de honor.

Fue un jueves, el mismo día de la muerte con aguacero que mi tío Cesar vaticinó en París. Fuimos al Bustelo a escuchar a un ser querido.

Recuerdo nítidamente que entré en la sala y lo vi sentado junto a Julio González, en un rincón, sin que nadie notara su presencia. Quedé como petrificado. Tanta belleza, tantas imágenes, tantas horas con el pecho inflamado, tanta juventud perdida en los burdeles, tantos poemas repetidos en silencio hasta solidificarse en la memoria, confluyeron.

Torpemente, me acerqué y en voz baja, con la solemnidad de un tonto, le dije: “-Maestro, quiero agradecerle, he sido muy feliz con su obra”. Gonzalo Rojas me miró con cariño, indulgente ante la cursilería de mi frase, y me dijo, con una sencillez gigante: “-le agradezco mucho”.

Luego, subió al escenario junto a Ulises, Patricia, Julio y Juan, y nos abrió un caudal de sensibilidad exquisita. Terminó el acto y tenazmente ataqué de nuevo. Esperé a que estuviera sólo y le dije: “-Maestro, lo invito a cenar”.

Aquí empezó lo irreal, lo increíble, la verdadera desnudez de su estatura. Me respondió: “-Mire, ha venido de Buenos Aires el embajador de Chile en Argentina, espéreme, veré que puedo hacer”. Pasaron diez minutos, y caminando solo se me acercó y me dijo: “-Vamos”. No podía creerlo, e inmediatamente le dije a mis amigos poetas: “-Me lo llevo a la Marchigiana, juntémonos ahí”.

Lo que pasó en esa mesa es uno de los hechos que se incrustan en el alma para siempre. Allí estábamos, Patricia Rodón, Ulises Naranjo, Rodolfo Braceli, Andrés Gabrielli, Luis Abrego, Julio González y su esposa, Rubén Valle y Juan López. Gonzalo Rojas nos deleitó.

Hablamos sólo de literatura. Nos contó del asombro iniciático que le produjo la palabra “relámpago”. Nos contó del techo de chapa de su casa de niño. Nos contó anécdotas, una tras otra, que nos hicieron transportar en un viaje de rumbo luminoso. Nos contó de las tardes de estudiante, en que iba al departamento de Vicente Huidobro y éste le leía poemas en latín. Nos contó de sus encuentros con Neruda, con Breton y tantos otros grandes, con la delicadeza de los detalles.

Y recuerdo perfectamente lo que nos contó cuando le preguntamos por el premio Reina Sofía, que recientemente había recibido. Con una sencillez y una generosidad que sólo le cuadran a los grandes, nos contó que su hijo, un cirujano que vive en Alemania, en complicidad con su mujer, le hicieron una broma. Le dijeron que el premio consistía en u$s 1.000. El pensó que con ese dinero, le alcanzaría para invitar a sus hijos y a sus nietos a Madrid para la entrega del premio.

En el acto, nos dijo, le habían dado un cheque y lo había colocado en el bolsillo interior del saco. Cuando terminó el acto, la reina lo invitó a cenar. Subiendo las escaleras, sin poder contener la curiosidad, le preguntó a la reina por un baño. Ya en el baño, sacó del saco el cheque y sorprendido ve que el monto del mismo era de u$s 100.000. Nos decía que no lo podía creer.  Luego, nos contó que cenaron con unos cubiertos que habían pertenecido a Alfonso el Sabio, y que el peso de los mismos era tal, que le costó comer. Esta anécdota me sorprendió porque realmente, un ser pequeño jamás la habría contado.

Antes de irnos, nos agradeció reiteradamente el momento que le habíamos hecho pasar y para sorpresa de todos, nos dijo que cuando quisiéramos, lo invitáramos a Mendoza, que él venía gustoso. Nos dio su número de teléfono, el que todavía conservo (0056 42211900) y su dirección postal (Casilla 124, Chillán, Chile). También nos dio su mail.

Un día le mandé un poema, y me respondió, con un elogio. Cosas de un gran hombre. Para finalizar, cierro este breve recuerdo, evocando su generosidad y grandeza, la de un hombre que cultivó como pocos, el “género de la resistencia contra la fealdad del mundo”: la poesía.

Carlos Vallejo
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