Villa Allende, fábrica de caddies en Córdoba

El portal de entrada de esta ciudad exhibe la estatua de un golfista haciendo un swing. Es una señal inequívoca de la influencia que tiene aquí este deporte, pero no sólo como práctica, sino también como fuente de trabajo. Los caddies del Córdoba Golf Club, escenario del 80° Abierto del Centro, encuentran un lugar adonde pertenecer. Un lugar donde los sueños permiten crear caddies con pasta de campeones

El portal de entrada de esta ciudad exhibe la estatua de un golfista haciendo un swing. Es una señal inequívoca de la influencia que tiene aquí este deporte, pero no sólo como práctica, sino también como fuente de trabajo. Los caddies del Córdoba Golf Club, escenario del 80° Abierto del Centro, encuentran un lugar adonde pertenecer. Mientras muchas instituciones del país los consideran prescindibles y hasta una amenaza -al punto que no se les permite el ingreso-, este club fomentó una cuna de sueños. Que no siempre se cumplen, claro, pero que sí se sustentan en el ejemplo de campeones de la casa como Angel Cabrera y Eduardo Romero.

Jorge Cortez (h.) coordina el movimiento de la amplia casilla de piedra ubicada detrás del club house. Este lugar se construyó en 2007, con el objetivo de mejorar las condiciones de los cargadores de palos. Allí apareció el aporte económico del Gato y del Pato. En uno de sus ambientes se observa la casilla de palos, con capacidad para unas cien bolsas; en el otro, la sala de estar de los caddies, en donde comen, y se higienizan en los vestuarios con duchas. Allí no les falta nada.

"Antes había una casilla de madera. Entraban menos de la mitad de las bolsas y la cantina era más chica", recuerda Jorge, que explica las ventajas que tienen aquí los caddies respecto de otras entidades: "Pueden jugar los días de semana y es donde crecen golfísticamente, porque se corrigen entre ellos. Hay varios con futuro; uno es Alejandro Pinto, que le pega como quiere. Es medio loco en la cancha, pero si se asienta va a llegar muy lejos".

Rodolfo Monje comenzó como caddie a los 8 años, y hoy, a los 51, es uno de los más veteranos en el arte de relacionarse en un campo con el patrón de turno. "Jordán Ceballos es otro que promete -estima-. Le pone ganas, pero no le sale el score; eso se logra con un toquecito de cabeza". Ceballos, de 15 años, simboliza cómo se vive el golf en Villa Allende: en el patio de tierra de su casa juega a embocar en hoyos improvisados. Aspirante a profesional, Jordán sueña con ganar el Masters y es apoyado por la Fundación Cabrera, entidad no gubernamental que apunta a mejorar la calidad de vida de los caddies, fomentar su educación y darles asistencia sanitaria a ellos y a su familia.

Un caddie en Villa Allende puede trabajar hasta 13 horas por día, desde las 7 de la mañana hasta que cae la luz. Comienzan juntando pelotitas en la laguna. Por una vuelta de 18 hoyos, los que son de la categoría Primera perciben entre 100 y 150 pesos, mientras que los de Segunda, entre 80 y 100. En terrenos irregulares, se cargan al hombro bolsas que alcanzan los 30 kilos. Deben maniobrar con los humores de quienes los contratan. Y en esas duras caminatas, el debate interno que les fluye es continuo: apostar al profesionalismo o cuidar un ingreso seguro para seguir sobreviviendo. "Para un profesional ahogado económicamente es un desprestigio tener que volver a cargar palos. A un caddie todo se le hace mucho más bravo. En cambio, un aficionado que aspira a ser profesional posee el apoyo de su padre o de amigos que apuestan por él", diferencia Monje, miembro de una familia de 30 personas vinculadas con esta actividad.

Los tiempos han cambiado: en las épocas del Pato, los jugadores que llegaban a los circuitos internacionales eran caddies de origen. Ahora, domina la preparación y logística de los amateurs. Monje revela algunas travesuras adolescentes con el dueño del saco verde de Augusta en 2009: "Siempre íbamos a los bailes y al Pato le gustaba jugar al bingo de Unquillo, que estaba a 7 kilómetros. Terminábamos de llevar los palos el domingo e íbamos para allá. Y hasta que no nos dejaban pelados no nos volvíamos. Teníamos que regresar a pata". Y agrega: "Ya a los 14 años, a Cabrera le gustaba salir con los grandes. Practicaba todos los deportes, pero siempre jugaba por algo: por un peso, por dos, por cinco. Era bastante corajudo, no se le achicaba a nadie. Y mi papá Ricardo siempre le decía: Vos tenés que dedicarte al golf porque vas a andar bien, tenés huevos para jugar. Lamentablemente mi papá falleció y no vio sus triunfos, pero hubiese tenido una alegría tremenda".

En una de las paredes de la casilla de palos cuelga un enorme retrato de Cabrera y Romero juntos, poco después de la conquista del Pato en el US Open 2007. Para ellos, los caddies, esos rostros sonrientes proyectan el modelo de un futuro más esperanzador.

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Son los caddies permanentes que trabajan en el Córdoba Golf Club, aunque no tienen una relación laboral directa con la entidad. Desde su responsabilidad social, el club les brinda asistencia, como provisión de medicamentos y respaldo deportivo. Luego, los caddies tienen arreglos independientes con los socios que los contratan.
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