Bolsa de gatos

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Vivíamos el año 1982, en General Alvear, Mza. Creo que sucedió comenzando octubre, se me antoja que había flores por doquier y reinaba ese espíritu de renacimiento y alegría que impera durante la más linda de las estaciones. Si no fue así, no importa, mi cabeza atesoró la vivencia en un contexto primaveral.

Pepsi Cola organizaba una divertida estudiantina, con la búsqueda del tesoro como evento principal. Participaban en ella los dos cursos finales de las escuelas secundarias de la zona.

El sexto año de la E.N.E.T #1 se preparó con todo para capturar el primer premio. No sé si me olvido de alguien o pongo alguno que nunca estuvo, la memoria se divierte a veces adornando nuestros recuerdos. El grupo estaba conformado por el gordo Julio Fonzalida, el tripa Nestor Prieto, el loco Gustavo Nedic, el Tito Barón, el Rafa Rodríguez, el narigón Marcelo Núñez, mi cumpa Iván Barón y el Marito Hidalgo.
Acabábamos de superar la tercera o cuarta prueba, consistía en buscar revistas viejas, mientras más antiguas, más puntos se sumaban.

Gracias a unas Caras y Caretas de principio del siglo XX, facilitadas por mi tío el ingeniero Ernesto Lust, habíamos logrado ponernos al tope de las posiciones. Un par de puntos atrás, nuestros eternos rivales de la escuela de agricultura nos soplaban la nuca.

Aun hoy, casi tres décadas después, me sigo preguntando en que mente afiebrada se anidó la desquiciada prueba que continuaba el juego. Teníamos que juntar la mayor cantidad de gatos y meterlos en una bolsa para presentárselos luego al jurado. Algo que lucía simple y divertido para nuestros cerebros adolescentes, se transformaría en un relato digno de Edgar Alan Poe.
 
Amanecía apenas cuando salimos entusiasmadísimos, íbamos como siete encimados arriba de un Renault cuatro latas. Enfilamos para el lado de la Libertador Norte, nuestra persecución empezaría por las inmediaciones de la casa de Néstor. Dos redes para agarrar mariposas, idea de Gustavo, eran las armas de caza.

Un gato negro (o gris, el color es secundario) cruzó volando por enfrente del móvil gatuno. A la primera de cambio, caímos en cuenta que una red de aquel tipo no era una herramienta adecuada para atrapar mininos con uñas afiladas. El gordo aportó la moción que los atrajéramos con un pedazo de carne y luego saltásemos arriba con una bolsa de arpillera como escudo.

El nuevo método resultó acertado. El verdadero problema se inició cuando juntamos más de dos gatos en la misma bolsa y se formó un verdadero zafarrancho. La bolsa se abrió y quedamos rasguñados de pies a cabeza. No nos quedó otra que bajar las ventanillas y dejar que aquellos pérfidos animalejos huyeran.

La idea fue mía, de esto estoy seguro (siempre sentí una fascinación especial por las propiedades del cloroformo). Sugerí que usáramos dicho elemento para anestesiar a los gatitos, de última en las instrucciones, nada decía acerca de que tenían que estar despiertos.

Esta vez la búsqueda comenzó por las inmediaciones del Hospital, el día estaba nublado y era fría la brisa para esa época del año. Hay cosas que se me escapan, aunque sé que en algún momento llovió, mantengo la sensación de las ropas húmedas mitigando el ardor de los rasguñazos de la mañana.

Atardecía cuando volvíamos a nuestro cuartel de campaña, instalado debajo de la confitería Kuka. En el auto descansaba nuestro botín de guerra, veintinueve felinos capturados en alrededor de cuatro horas, dispuestos en tres bolsas convenientemente cerradas.

La prueba tenía como limite la hora nueve, aun tuvimos tiempo para el brindis con una coca de litro. Nuestra felicidad era alimentada por una noticia que acababa de llegarnos, la E.A había presentado solo ocho gatos minutos atrás. Casi nos estábamos asegurando el premio mayor. A las ocho y treinta salimos disparados para la biblioteca Sarmiento, donde los jueces estaban esperando.


La primera bolsa empezó a moverse como a tres cuadras de llegar, Tito pegó la voz de alarma y Marito la roció con la porción final de cloroformo que nos quedaba. Apenas podíamos respirar y ni siquiera sirvió…es mas fue peor, se pusieron como locos y en efecto dominó se despertaron todos. Una a una las bolsas se fueron desgarrando, en pocos segundos treinta michinos enfurecidos inundaron el cuatro ele.
La escena, para alguien que observara desde afuera, debe haber resultado tan asombrosa como cómica. Tres decenas de gatos rabiosos junto a siete jóvenes sangrantes y medio dopados, saliendo por puertas y ventanillas del pequeño vehículo.

En aquella jornada, no sumamos ni un solo punto, pese a todo nos las rebuscamos para terminar en la cuarta posición.

Al final algo aprendimos: No se debe meter más de dos gatos en una bolsa de arpillera.

Quien no pasó por una experiencia así en su adolescencia? Una de las épocas más hermosas de la vida, ¿no?

Nuestra próxima entrega será la historia de un personaje realmente singular, se desarrolla en San Rafael y se denomina "El hombre indeciso", forma parte de mi primer libro de cuentos, El guionista de Dios...¿o del Diablo? (2008). Gracias por perder su tiempo en mis escritos. Un fuerte abrazo y cuídense mucho... Desde Miami, W.G.G
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