Historia "a contrapelo"

El investigador Federico Mare analiza los motivos para recuperar la memoria subalterna, con la cual es posible "arribar al promisorio puerto de la utopía. ¿Cuál es su materia prima? La historia "a contrapelo" que proponía Walter Benjamin, es decir, la historia de los movimientos sociales".

"Seguro que en nuestros nervios resuenan,
de tiempo en tiempo, los talones de Espartaco".

Rodolfo González Pacheco


Tres pequeñas historias «a contrapelo», de ésas que le hubiese gustado a Walter Benjamin. Y sólo tres, porque enumerarlas todas sería imposible:

1) Allá por julio de 1847, cuando Yucatán era todavía una república independiente, los campesinos mayas del oriente y el sur de la península se alzaron en armas contra la opresión económica y política de los terratenientes criollos, dando origen a un largo y cruento conflicto que la posteridad conocería por el nombre de «Guerra de Castas». En las primeras jornadas de lucha, los macehuales rebeldes escribían, a modo de eslogan revolucionario, el nombre de Jacinto Canek en las fachadas de las casas —Jacinto Canek había sido el líder de un importante alzamiento maya contra el yugo colonial de España ocurrido 86 años atrás, en 1761.

2) Hacia 1916, cuando la Primera Guerra Mundial promediaba su siniestro itinerario, una fracción del Partido Socialdemócrata de Alemania se escindió. Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht y compañía repudiaban la deriva patriotera y belicista de su organización; denunciaban la complicidad vergonzosa del SPD con una conflagración barbárica que sólo respondía a intereses burgueses y motivaciones imperialistas. Y crearon una nueva fuerza política, a la que llamaron Spartakusbund («Liga Espartaquista»), en alusión a aquel valiente y justiciero gladiador de Tracia que en el año 73 a.n.e. protagonizó en el mismísimo corazón de la República Romana —Italia— la Tercera Guerra Servil, el mayor levantamiento de esclavos de la Antigüedad clásica.

3) Durante la década del ’60, el capitalismo subdesarrollado y dependiente del Uruguay entró en una fase de aguda crisis; crisis que, como de costumbre, el establishment  descargó sobre los hombros del pueblo, deteriorando sensiblemente sus condiciones materiales de vida. En este contexto de ajuste y malestar surgió una guerrilla urbana que haría historia: el MLN (Movimiento de Liberación Nacional) Tupamaros. La connotación de este nombre es doble: remite, por un lado, a Tupac Amaru II, el famoso líder de la principal insurrección indígena de la Hispanoamérica colonial (que a su vez se autodenominó de esa forma en referencia a Tupac Amaru I, el último de los Incas de Vilcabamba); y, por otro, al mote de tupamaros con el que los españoles designaban despectivamente a los criollos independentistas a comienzos del siglo XIX.

Mencionamos al pasar algunos ejemplos más: el sandinismo, el EZLN, el guevarismo, el Frente Darío Santillán… Movimientos todos con una marcada y obvia inspiración martirial.

¿Por qué razón las luchas subalternas del presente —de nuestro presente y de todos los presentes— apelan invariablemente al pasado? ¿Qué buscan febrilmente en él? ¿Qué impulsa a los rebeldes a autodenominarse como antaño otros rebeldes se denominaron? ¿Por qué se renuncia a la originalidad? ¿Cuál es la misteriosa causa por la cual nombrarse es lo mismo que recordar? ¿De dónde procede la acuciante necesidad de los insumisos de verse reflejados en el espejo de la historia? ¿Por qué forjan una identidad colectiva intergeneracional —y no simplemente generacional— en las ardorosas fraguas de la liberación? ¿Qué subyace a su obsesión perenne de transmutar a muertos lejanos y extraños en mártires cercanos y propios? ¿Cuál es el arcano de esta alquimia plebeya y subversiva? ¿Por qué, en definitiva, se conmemora cuando se lucha?

Varias son las razones que explican esta verdadera hiperactividad de la memoria colectiva subalterna. Ante todo, la búsqueda de legitimidad. Dado que el poder siempre se empeña a fondo en demonizar las luchas de los oprimidos para allanar el camino de la represión, éstos  se ven impelidos a contrarrestar dicha táctica echando mano a precedentes históricos.

Haciéndolo, intentan probar que su rebeldía, a despecho del sentido común imperante, no es algo extraño, raro, sino algo familiar; que el conflicto social, lejos de ser una loca anomalía de la historia, un extravío pasajero en el armonioso desenvolvimiento humano, ha sido un dato constante, con altibajos de magnitud e intensidad, con variaciones de forma y circunstancias, pero omnipresente. “Esto ya pasó otras veces”, “No es verdad que seamos los primeros”, “Nos precedieron en la lucha”… En suma, historiarse es legitimarse.

Y legitimarse, desde luego, es hacerse más fuertes; más fuertes hacia fuera —porque se despierta simpatía o respeto en otros—, pero también más fuertes hacia adentro —porque la filiación (como convicción y como sentimiento) genera autoestima, da seguridad, templa el ánimo, eleva la moral… Ésta búsqueda de fortaleza constituye la segunda razón por la cual toda lucha tiene una dimensión conmemorativa.

En tercer lugar, hacer memoria subalterna implica también des-hacer la memoria dominante, uno de los principales sostenes ideológicos del status quo. Porque también el territorio de la historia está bajo disputa en esta «guerra total» que libran, desde tiempos inmemoriales, las fuerzas hegemónicas y las fuerzas contrahegemónicas. Y ya se sabe: toda guerra es un juego de suma cero. Lo que uno gana, el otro lo pierde; y lo que uno pierde, el otro lo gana. La memoria subalterna y la memoria dominante tienen entre sí una relación de fuerza, que, como tal, es inversamente proporcional.

Los rebeldes también apelan al pasado porque necesitan «algo» que los cohesione entre sí a la vez que los diferencie del enemigo. Esta búsqueda de identidad (cuarta razón) que hace oídos sordos a los cantos de sirena que incitan a la «paz social» tiene en el antagonismo inmediato, en las contradicciones materiales del aquí y ahora, un poderoso estímulo. Pero no es suficiente. Se necesita además una identidad fuerte, y no hay identidad fuerte —individual o colectiva— si prevalece el olvido, si la amnesia se ha enseñoreado de la conciencia. Para ser, hay que pensar, y pensar es —no sólo, pero también (Platón no estaba tan errado en su concepto de anamnesis después de todo)— recordar. No hay, pues, identidad sin hondas raíces históricas, sin memoria.

Y si se quiere una identidad autónoma, se deberá bregar por una memoria igualmente autónoma. En el pasado —no el pasado momificado de los anticuarios sino el pasado actualizado en la lucha, por la lucha y para lucha— radica la clave de la redención.

La quinta razón por la cual los sujetos subalternos en rebeldía ejercitan la memoria es porque la historia contiene valiosas lecciones de lucha que es preciso aprender si se quiere de veras ganar la partida contra el poder. Aciertos y errores, virtudes y defectos, fortalezas y flaquezas, oportunidades y adversidades, atajos y desvíos, victorias y derrotas… Miríadas de experiencias pretéritas que, si son debidamente comprendidas e incorporadas, pueden disipar las sombras del presente y dejar al descubierto el camino de la emancipación. Recordar es aprender.

En sexto lugar, los rebeldes rememoran las gestas de sus antepasados porque piensan y sienten que ése es su deber. Un poderoso imperativo moral los moviliza a rescatar de las garras del olvido a todos los muertos que ellos mismos elevaron a la condición ejemplar de mártires. Es una autoexigencia ética muy simple: si se reivindica las luchas de los predecesores hasta el límite de la consustanciación; si con ellas se teje un lazo de sangre, un vínculo filial; si en ellas se busca la fuente de la legitimidad, la argamasa de la identidad y el crisol de la fortaleza; si de ellas se hace un arma o una herramienta, entonces la desmemoria es ingratitud y la memoria una acción de gracias, un tributo, un homenaje. Recordar es retribuir. Reciprocidad pura: si ustedes aun muertos nos inspiran, nosotros entonces los conmemoramos.

Pero hay otro imperativo moral en la rememoración de los mártires: la vindicación. Ésta sería la séptima razón. De momento en que las luchas del presente —cuyo final está abierto— también se hallan hermanadas con las luchas del pasado que se perdieron, la sola recordación deviene un acto de justicia, de reparación; y la sed de victoria una sed de revancha, de desquite. Si el triunfalismo de los vencedores de antaño supuso entre otras infamias el agravio del olvido o la difamación, la memoria subalterna constituye entonces  el primer paso hacia el desagravio —el otro, como dijimos, sería la victoria. Recordar es empezar a hacer justicia. A esto se refería Benjamin cuando en su ensayo Sobre el concepto de historia afirmó que
El pasado lleva consigo un índice oculto que lo remite a la redención. ¿No nos acaricia entonces a nosotros mismos una brisa del aire que envolvió a quienes nos precedieron? ¿Acaso en las voces a las que prestamos oído no resuena un eco de voces ahora acalladas? […] De ser así, existiría un acuerdo secreto entre las generaciones pasadas y la nuestra. Habríamos sido esperados en la Tierra. Nos habría sido dada —como a cada generación anterior a la nuestra— una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho. Satisfacer este derecho no es nada fácil. El materialista histórico lo sabe bien.

Y por último (octava razón), debemos decir que el ejercicio de la memoria subalterna es un modo de dar sentido a la historia; al pasado desde luego, pero también al presente, que es parte integrante de la historia; y, no lo olvidemos, al porvenir. Como ya hemos dicho en otra parte, la historia de los movimientos sociales es nuestro hilo de Ariadna. Sin él, estaríamos perdidos en el laberinto de la historia. Todo sería confusión y desorientación. Desmemoria es sinsentido, y el sinsentido es inacción.

He aquí ocho buenos motivos para bregar, como hacemos nosotros, por la recuperación de la memoria subalterna. Sin ella es imposible romper las cadenas de la opresión, sin ella es imposible arribar al promisorio puerto de la Utopía. ¿Cuál es su materia prima? La historia «a contrapelo» que proponía Benjamin, es decir, la historia de los movimientos sociales. “Sólo a la humanidad redimida —aseveró el pensador alemán— le concierne enteramente su pasado. Esto quiere decir: sólo la humanidad redimida será capaz de hacer comparecer al pasado en cada uno de sus momentos. Cada uno de sus instantes vividos se convierte en una citation à l’ordre du jour: ese día es precisamente el día del Juicio Final”.

(*) Federico Mare es un investigador de la historia latinoamericana e integra el colectivo mendocino La Hidra de mil cabezas.

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