El cartero bromista

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

El desganado hilo de luz se coló por un resquicio entre las dos persianas y alumbró el almanaque de la tienda Galver. Era el único adorno de la pared ubicada al costado derecho de la cama. Alejandro Kutinsky entreabrió los ojos y la primera visión de aquella mañana fue la iluminada foto de enero. Una mamá cruzaba la avenida Libertador Norte. De fondo se observaba la rotonda del monumento dedicado a San Martín.
Al ruso se le estrujó el corazón. Inhaló aire con fuerza, reteniéndolo por un minuto en los pulmones. Buscaba aliviar el punzante dolor que se había apoderado de su pecho. Apartó la mirada del calendario y se secó una lágrima con la sábana. Se encontraba desganado y triste desde que su esposa lo abandonó en noviembre, llevándose sus dos tesoros. Sin duda había pasado las fiestas más míseras de su vida. Era demasiado grosso el error como para implorar perdón. El ganso de la florería le entregó un ramo de flores a doña Kutinski. El nimio detalle que evitó el agradecimiento de su esposa, fue que estaba dedicado a otra dama.
Arrimó la pava al fuego y abrochándose el botón inferior de la camisa salió al fondo a cortar unas hojitas de tilo. Quizás un té caliente lograse serenarlo un poco.
Al entrar sintonizó lv 23 radio Rio Atuel. El locutor emitía la primera edición de la cadena solidaria. El puestero Carmona debía buscar un par de chivas que le iban a dejar en no sé qué parte del camino a Punta del Agua. El colectivo dejaba a la prima de un tal Juan Rebechi en la horqueta. Una vaca en el estanque viejo estaba por parir y otros mensajes por el estilo.
La mente del grandote rubio estaba lejos de allí. El año pasado había sido bastante bueno. En junio lo invistieron como jefe del correo central de General Alvear y en septiembre le entregaron un lindo chalecito ubicado en el camino a Alvear Oeste. Ahora vegetaba en un departamento de un ambiente en el barrio policial y se encontraba a punto de perder el trabajo.
 
—Cuando le ponga las manos al carterito bromista ese, no le va a quedar un hueso sano —dijo observando con disgusto el puñado de cartas depositadas sobre la mesa del comedor.
 
En los últimos tres o cuatro meses se venían realizando varias denuncias que involucraban al correo central del departamento. Al menos una o dos cartas por semana eran abiertas para alterar su contenido. Cerradas cuidadosamente, se mandaban luego a sus destinatarios. El trabajo realizado con extrema meticulosidad era digno de un orfebre. Con admirable precisión imitaba la letra, escribiendo toda la misiva nuevamente y alterando solo algunos párrafos. Lo suficiente como para darle un contenido sumamente inesperado a la correspondencia.
Alejandro no tenía una idea exacta de a cuanto llegaba el número de adulteraciones. Algunas debían haber sido tomadas por ciertas por sus destinatarios. Otras, por lo descabelladas, terminaron su viaje en las manos del jefe de correos o lo que es peor del comisario. Historias de amores imposibles, muertos que aún vivían, herencias fabulosas, eran plasmadas sobre aburridas cartas dándole un atractivo inesperado. Un sentimiento de rabia y admiración se mezclaban al leer las páginas aquellas. “Semejante capacidad plagiaria debería ser utilizada para mejores fines”, pensó el embrollado hombre. De algo estaba convencido, el muy cretino estaba a punto de conseguir que lo despidiesen. Repasó una vez más la lista de carteros.
José, el más joven de todos: llevaba ocho meses trabajando con él. No se atrevería a hacer algo así. Esperó por años el puesto y no lo iba a perder por tamaña estupidez. Era el primer descartado.
El gordo Julio: quince temporadas en la repartición pública. Un eterno narrador de chistes malos, aunque incapaz de hilvanar frases tan elaboradas como la de las cartas falsas. Además a duras penas sabía escribir. Cuarto grado incompleto. Consiguió el trabajo gracias a su tío Joaquín, intendente de la ciudad a fines de los sesenta.
El pelado Valdez: tímido a más no poder, lector empedernido y poeta frustrado. Sus tortuosos versos eran una incitación al suicidio. De jodón no tenía nada. Mantenía cinco hijos, causa suficiente para descartarlo como sospechoso.
Era el cuarto y último empleado al que tenía en la mira. Con el japonés Toshura no se tragaban desde el primer día en que compartieron el mismo edificio. Los contrataron a los dos con una semana de diferencia. Soberbio y altanero, el inteligente oriental creyó siempre que sería el nuevo encargado del correo cuando el viejo Carmelo se jubilase. Vivió la designación del ruso como una iniquidad total. Era el más antiguo y con mayor puntaje. No le perdonó nunca a Rutinski que aceptara el cargo que supuestamente era suyo.
 
—El chino haría lo que sea para remplazarme, su codicia por el dinero no tiene límites —susurró nervioso.
 
Razones para preocuparse no le faltaban. La semana pasada el director provincial lo había telefoneado desde la capital, instándolo a resolver el bochornoso inconveniente lo antes posible.
 
—Su puesto está en juego señor —lo amenazó antes de colgar el tubo.
 
Al atardecer tendría una entrevista con el comisario García, le mostraría algunas esquelas y le desarrollaría un audaz plan para desenmascarar a su eterno rival.
 
—¡No te vas a salir con la tuya Toshura! —dijo mientras golpeaba con potencia el respaldo de la silla. Recordó las veces que el chino lo había jodido, financieramente hablando y una sensación de impotencia lo estremeció. Observó las cartas tan sutilmente trabajadas y ya no tuvo dudas de su autor. Se le escapó un sentido: —¡Que hijo de puta el muy cabrón!
 

En el segundo mismo que el ruso terminaba su te, el esmirriado japonés sacaba punta a un lápiz, observando con detenimiento la complicada caligrafía que se hallaba frente a sus ojos. Con un liviano pijama aun puesto, enfocó el ventilador hacia el lado izquierdo de su cuerpo. Una leve molestia en el oído derecho fue la causante de tal movimiento.
Andrés Toshura aspiró hasta el último gramo de nicotina y mantuvo aprisionado el humo del jockey todo el tiempo que pudo. La misiva que lo tenía entretenido esa alborada, lo hizo recapacitar sobre si no se estaba diluyendo el verdadero objetivo buscado. Lo que se inició como un ligero cambio de oraciones, devino, con el desfilar de los días, en una obsesión compulsiva. Al principio eran tres o cuatro trabajitos al mes, ahora no podía irse a dormir si, aunque sea, no había alterado una carta por día. “Se podría decir”, pensó el oriental, “que estoy deseando que no lo echen al ruso para seguir con esto”.
 

En algunos momentos se creía un demiurgo capaz de estimular sueños entre la desdichada gente de aquel pueblo. Un insignificante retoque podía elevar a un estado de felicidad o tristeza, casi absoluto, al desprevenido lector. En la correspondencia abierta sobre la mesita ratona del living, se encontraba un claro ejemplo. El novio que trabajaba en el lejano Tunuyán, le contaba que lo de ellos no podía continuar. La gran distancia y una morenita de ojos rasgados eran razón suficiente. La modificación esta vez sería importante. El muchacho retornaría a Alvear, en un par de días, para casarse con ella y llevársela al norte provincial. Le había regalado a la pobre infeliz cuarenta y ocho horas de plena dicha.
El estado de ánimo de Andrés influía en las características de la reforma. Si estaba mal, podía ser la madre de los malditos. Como aquella vez en que un telegrama anunciaba a los hijos del fallecimiento de los padres en un trágico accidente. El original era una simple invitación a la celebración de los cincuenta años de casados.
Durante varios minutos imitó con deleite las líneas de las letras, hasta lograr un trazo firme. En cierta forma se encontraba orgulloso de su trabajo. Lástima que todo iba a terminar en unos pocos días. Aunque la imagen del rubio mandón, humillado y saliendo por la puerta de atrás, le devolvía el buen humor, más lo alegraba el aumento de casi el cincuenta por ciento que conllevaría su nueva posición.
 
—¡Ay el sucio dinero, como nos envilece! Pero qué lindo es poder disfrutarlo —suspiró el japonés emocionado.
 

El edificio de la seccional estaba ubicado sobre la avenida principal. Recubierto de ladrillos a la vista, pintados de un marrón opaco, tenía una imponente puerta doble de roble barnizada. El escudo de la policía argentina se hallaba colgado encima. Serían las 19,30 hs de aquel húmedo lunes, cuando el fornido ruso ascendió de a dos las escaleras de la dependencia pública.
 
—Pase a la oficina, el jefe lo está esperando —dijo la pecosa empleada que, con resignación, tecleaba una vieja Remington.
 
—¡Adelante don Alejandro, tome asiento! ¿Cómo le va? A ver si resolvemos ese problema del chistocito que abre la correspondencia ajena —acotó el pequeño García.
 
Con el antebrazo apoyado sobre el armario situado en la esquina, parecía aun más alto.
El encargado del destacamento se arrimó al escritorio y le estrecho la mano con una delicadeza impropia de semejante energúmeno. Repaso con el dedo pulgar su cómico bigote y mientras se sentaba preguntó: —Cuénteme cual es ese plan que va a terminar con nuestras penurias.
 
—No quiero apresurarme, ni injuriar en vano señor, pero estoy convencido que el chino Toshura tiene algo que ver con todo esto. Esta rabioso porque no consiguió el puesto que ahora tengo yo. Es el único que saldría beneficiado por mi despido.
 
—Mire comisario, la idea es, si usted me apoya, tenderle una trampa al delincuente ese.
 
—Le ruego que no mencione nombres, no tenemos prueba alguna de que sea él. Hay que actuar con cautela. A mí no me parece tan mala persona —dijo García, tratando de no dejarse arrastrar por el ímpetu irracional del ruso.
 
—¡Ahhh, usted no lo conoce! Por un peso vendería a su propia madre, eso si estuviese viva la pobre.
 
—Bueno, volvamos al plan por favor —lo instó el uniformado.
Rutinski se explayó sobre la estrategia a seguir. El gigante lo escuchaba atento, asombrado del rencor del ruso.
 
—Por lo que me he percatado, el tipo agarra las cartas que va a reformar, momentos antes de cerrar. Al orto día la vuelve a poner en su lugar como si nada. Mire que le he puesto atención, si hasta con llave las guardo, pero de alguna forma el hijo de puta se las apaña para sacarlas. Siempre fue muy astuto el petiso.
 
—¿Entonces? —inquirió el policía bastante ansioso.
 
—Usted sabe que Toshura está perdido por el juego. Lotería, Prode, Quiniela, no le hace asco a nada. Vive solo, su salario no es malo y sin embargo está hasta el cogote de deudas. El anzuelo vendrá por ese lado.
 
—No entiendo —dijo García frunciendo el seño.
 
—El sábado, la carta de arriba tendrá un sellito de urgente. El vicioso la escogerá sin dudas. En su interior un amigo le escribe a otro contándole sobre un sueño que tuvo y que como la vez pasada está convencido de que se hará realidad. La premonición habla de la tarjeta ganadora del prode para este domingo. La lógica nos indica que el chino jugará sin demoras el cartón señalado. Es cuestión de hablar con el turco Ahmed para que nos avise cuando un empleado postal marque los números escogidos.
 
—¡Brillante! —Exclamó el comisario excitado—. Ese cretino caerá en nuestras manos, sea chino o no. Unos cuantos meses se va a chupar a la sombra. Tiene todo mi respaldo Butinski, prepare todo y estaremos atentos.
 

Una semana después, el ruso miraba satisfecho como se llevaban esposado a su gran rival. Lo sacaron del negocio del turco entre dos policías, casi arrastrándolo.
 
—¡Esta vez no te saliste con la tuya, estafador de mierda! —insultó a los gritos Rutinski, no pudiendo contener tanta rabia acumulada.
 
El japonés ni siquiera se dignó a mirarlo, la vista extraviada en el horizonte, el rostro sin mueca alguna. Solo mostró un leve rictus de fastidio, cuando el oficial le bajó la cabeza para que entrara al patrullero.
El comisario cruzó la avenida y saludó al jefe de correo con exagerada alegría.
 
—Tenía razón, era el desgraciado de Toshura. Cayó solito en el lazo. ¿Por qué no se dedica a detective —bromeó García.
 
—Por suerte todo acabó —dijo el rubio, pensando que había derrotado al chino para siempre.
 
—¿Qué hacemos con el cartón del prode? —gritó el turco desde la puerta del negocio.
 
—Si ya esta pago, jugáselo, que más da. A mi dame solo una fotocopia, total el tipo ya reconoció todo.
 
—¡Muchísimas gracias jefe! —dijo Alejandro Rutinski y se fue caminando sin prisa de regreso al barrio. Estaba tan contento que ni se acordaba del problema con su mujer.
El lunes temprano, apenas llegado al correo, el pelado Valdez le dio la dolorosa noticia.
 
—¿Te enteraste Ruso lo que le pasó al chino Toshura?
 
—Como no, si yo lo vi todo. Se lo llevaron como un perro al maldito.
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—No, aparte de eso. ¿Sabías que le pegó los trece aciertos al prode el muy culón? Única boleta, unos cuantos millones me supongo.
 
La máxima autoridad de correos de la ciudad, levantó la vista al cielo como exigiendo una explicación y de su garganta brotó un compungido: —¡Qué hijo de puta el muy cabrón!
 
Espero hayan disfrutado de este singular relato, para el domingo que viene les prometo una divertida anécdota titulaba “Bolsa de gatos”. Un abrazo San Rafael, gracias por seguir al quijote verde. Amanecerá y veremos…
Opiniones (1)
17 de agosto de 2017 | 21:32
2
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17 de agosto de 2017 | 21:32
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  1. HE CONOCIDO A LOS PADRES DE WALTER, LA MAMA ERA HILDA QUIROZ DE GREULACH , FALLECIDA, SUPO SER PROFESORA EN LA ESCUELA DE COMERCIO DE GENERAL ALVEAR.... LINDA LA HISTORIA QUE CONTASTE WALTER....SALUDOS DESDE EL SUR DE MENDOZA...
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