Guerras, pintores y mujeres con hambre

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial no sólo había millones de muertos: también había millones de flacos. La economía del planeta se había visto seriamente afectada por el conflicto y en Europa, que había visto correr la sangre por las calles, comer era un privilegio.

Nunca pudiste entender qué era lo que tenía de hermosa la famosa Venus de Milo. Más de una vez te has muerto de envidia mirando a las gorditas sexys que posaban con gran revuelo de pestañas y sonrisas para Leonardo, Tiziano y Miguel Angel, agitándole las plumas del sombrero y el pulso a los caballeros y curas de antaño.

Mucho menos te convence el argumento de los “lomazos insuperables” que las glamorosas estrellas de cine de mediados del XX, como Sofía Loren, Marilyn Monroe y Liz Taylor, entre muchas otras, mostraban sin pudor con gran derroche de carne y rouge.

Sí, eran hermosas, pero tenían más rollitos, arañitas y celulitis que las chicas que aparecen hoy en los avisos de televisión vendiendo cosas de todo tipo, precio y calidad –desde aparatos rarísimos para “mantenerse en forma” hasta mágicos aros adelgazantes, pasando por pastillas de todos los colores hasta zapatillas de dieta- para convencerte, previo zoom a una foto mentirosa de “antes” y “después” de que estar flaca es lo mejor que te puede pasar en la vida.

Haciendo un sacrificado zapping entre Cosmo, Fashion TV y el Gourmet, mirando desfiles, ropa que nunca te podrás poner y recetas deliciosas, entre la desolación, la bronca y la esperanza, con una triste alita de pollo en una mano y una botella de agua mineral en la otra, te has preguntado muchas veces cuándo empezó la locura de las mujeres por la gimnasia modeladora, la pasión dramática por las dietas y la devoción por el quirófano.

Porque una cosa era el corset en el cual se metían voluntariamente las chicas del 1800 (un pequeño sacrificio lo hace cualquiera) para simular una cintura que no existía y otra muy distinta es dejar de comer. Porque ninguna de las grandes bellezas que ha pasado a la historia dejó de alimentarse.

Este cambio tiene su origen no tanto en un capricho estético sino en las guerras, porque las guerras siempre tienen que ver con el hambre.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial no sólo había millones de muertos: también había millones de flacos. La economía del planeta se había visto seriamente afectada por el conflicto y en Europa, que había visto correr la sangre por las calles, comer era un privilegio.

Decenas de libros, de películas y de crónicas mostraron cómo una hogaza de pan duro, una barra de chocolate y un par de medias de seda bien valían para una mujer, una noche de favores sexuales fugaces con un soldado yanqui masticachicle.

Cuando los aliados volvieron a sus lejanas casas y las granjas y plantaciones volvieron a ver crecer el trigo y a criar animales, la gente empezó a recuperar peso. Pero parece que hubo excesos alimentarios y aberraciones nutricionales y en 1955 la castigada Europa estaba más bien gordita.

Todo se olvida menos el orgullo nacional y la elegantísima Francia no iba a dejar que sus mannequins de exportación pasearan sus pancitas y carnes sueltas por las pasarelas internacionales de la moda. Y puso a dieta a todo el mundo.

Diez años después de terminada la guerra, las entonces nuevas revistas Marie-Claire y Elle declararon otra guerra, terrible e incruenta, a los azúcares, las grasas y las proteínas; a los rollitos, la celulitis y las estrías.

La delgadez pasó a ser sinónimo de belleza y salud y la gordura de fealdad y enfermedad. Con el tiempo, estas batallas contra los alimentos, primero, y el natural paso del tiempo después, se convirtieron en uno de los grandes males para las mujeres de fines del siglo XX: los devastadores trastornos alimentario de la bulimia y la anorexia y las deformantes y no pocas veces mortales cirugías estéticas.

Hay signos de que este mal también pasará a partir de que las mujeres, lentamente, están comprendiendo que la belleza es una idea personal que no tiene tanto que ver con la mirada del otro sino con la propia; y de que aceptar el cuerpo único y singular que tenemos y saber usarlo es mucho más seductor que la estandarización estereotipada e irreal que propone el mercado de la belleza y propalan sin  criterio los medios.

Además, Miguel Angel, Klimt o Lucien Freud jamás hubieran tenido a las delgadísimas Valeria Mazza, Kate Moss, Isabelle Caro o Victoria Beckham, entre muchas muchas otras, como modelos.

Patricia Rodón

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Opiniones (2)
3 de Diciembre de 2016|21:10
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3 de Diciembre de 2016|21:10
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  1. otra carcel
    Susan Faludi, en un libro llamado Reacción... (que obtuvo el Premio Pulitzer) comenta que losintentos por subordinar a la mujer no cesan, la presión por la "belleza"es otra modalidad -esta vez posmoderna y del consumo- para sujetarla. No hay peor cárcel que la que no se ve.
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  2. El ideal de belleza no es el mismo en todas las épocas, aunque no hay discusión acerca de que lo proporcionado, lo armónico o lo equilibrado es bello como una idea clásica del concepto.Considero que no existe lo bello sin lo feo, como un complemento del todo.Pero que las mujeres se obsesionen por el físico no tiene que ver con un ideal de belleza, tiene que ver con la vanalidad y la estupidez.
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