Las viejas prácticas clientelístas siguen vigentes en Salta

En el sureste de la ciudad de Salta hay una serie de barrios de clase baja con nombres que tienen una connotación especial: Primera Junta, Solidaridad, Fraternidad, Libertad, Convivencia, Democracia y La Paz. Allí viven obreros, trabajadores rurales, empleadas domésticas y microcuentapropistas. Y allí, según aseguran algunos vecinos, las viejas prácticas de clientelismo político siguen a la orden del día. Bolsones con mercadería, una carga de celular y dinero por ir a votar, son las más usadas.

En el sureste de la ciudad de Salta hay una serie de barrios de clase baja con nombres que tienen una connotación especial: Primera Junta, Solidaridad, Fraternidad, Libertad, Convivencia, Democracia y La Paz. Allí viven obreros, trabajadores rurales, empleadas domésticas y microcuentapropistas. Y allí, según aseguran algunos vecinos, las viejas prácticas de clientelismo político siguen a la orden del día.

“En todas las elecciones traen bolsones con leche, aceite, harina, fideos, arroz y sémola. Vienen a golpearte la puerta. También te ofrecen materiales, chapas y ladrillos, a cambio de un voto”, dice Maggie, que vive en el barrio Solidaridad con sus cuatro hijos. “En estos días bajaron colchones”, cuenta, a pocas cuadras, Alejandra, mamá de seis. Las dos llegaron hace una década, cuando la zona era un asentamiento muy precario sin agua potable, iluminación, hospital ni escuela y empezaba a poblarse con hijos que dejaban a sus padres en otros asentamientos en los que ya no había lugar.

Según dirigentes de la zona, hoy viven allí unas 12.000 familias; teniendo en cuenta que la mayoría son familias numerosas, no menos de 50 mil personas. Nina (dos hijos) es de las que llegó cuando había poco y nada. Y, como sus vecinas, es de las que reconoce que en los últimos años hubo progresos que mejoraron el lugar: primero la luz pública, luego la escuela y la pavimentación de la avenida y, ahora, el hospital. Pero también es de las que cuentan como trabajan los punteros en cada elección. “Esta vez -dice- estuvieron trayendo bolsones, cuchetas y mercadería”.

Un poco más cerca del centro de la ciudad hay asentamientos con menos suerte: mientras que en los barrios de nombres que invitan a la democracia y la paz la mayoría de las tierras se escrituraron con cuotas que, según cuándo hayan empezado a pagar, van de los 11 a los 70 pesos, en el 6 de septiembre recuerdan a los herederos de unos terrenos que les donaron las tierras en las que se habían asentado hace ya dos largas décadas; pero dicen que solo tienen un cartón y que nunca les dan las escrituras. Es una zona baja que se inunda con las lluvias del verano, donde la recolección de basura no es frecuente y que está separada por apenas un arroyo de la parte trasera de una enorme fábrica de cerámicos que inauguró hace poco la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

“Para las elecciones, vienen los punteros con bolsones de comida y de útiles y prometen también otras cosas. Que dejen de hacer punterío y que inviertan la plata en mejorar el lugar donde vivimos, porque no llegan (hasta el barrio) ni siquiera para desagotar los baños”, reclama Ana, madre de tres y dirigente barrial de Libres del Sur. “Con las inundaciones (de este verano) no había bolsones porque los habían repartido antes con las internas del PJ”, se queja.

Aunque parece ser lo que prima, las prácticas clientelares no se reducirían a la entrega de alimentos y materiales. Alejandra y Maggie aseguran, por separado, que hay punteros que “te pagan para que vayas a votar y te llevan y te traen en remís”; según dicen, a esos remiseros les pagan hasta 350 pesos por su trabajo del domingo. Y Nina cuenta que “están dándoles plata a las casas electorales” (que los partidos usan para que la gente pueda consultar dónde votar pero también para dar comida y tener un punto en el que congregar votantes para llevar a las escuelas) y que “una vieja conocida” que trabaja en uno de los principales partidos de la provincia le ofreció trabajo en la campaña: “Pagaban 700 pesos por estos poquitos días, pero dije que no”.

Las acusaciones apuntan mayormente a supuestos punteros del oficialismo de la ciudad -donde, como en la provincia, gobierna el PJ-, pero también, con menor intensidad, a los otros candidatos con estructura. En el barrio 6 de septiembre, por ejemplo, un hombre asegura que esta semana había colas que esperaban el reparto de bolsones por parte de punteros del Frente Wayar Gobernador. Y un chico de 17 años jura que le ofrecieron cargarle crédito en su celular si iba al acto de cierre del Frente Olmedo Gobernador.

Algunos dicen que no. Otros que sí y se justifican: “Y... la necesidad”. Pero, por lo menos los vecinos que hablaron, dicen ser totalmente conscientes de que no tienen por qué votar al que les pagó, les dio un bolsón o los acarreó en remís a la escuela. “Así como ellos se hacen los pícaros con una, una también es pícara con ellos y vota al que quiere, no al que paga. Hay algunos (vecinos) que no son conscientes de que pueden hacerlo, pero muchos se avivaron”, asegura Alejandra y cierra: “Porque después, de acá a dos años, ¿quién te da?”.

(fuente: www.clarin.com)
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21 de agosto de 2017 | 12:51
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