De socio, el chupacabras

Walter Greulach es una sanrafaelino nacido en Jaime Prats, hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

A Valeriano Paredes la vida nunca le había resultado sencilla. Aparte del mal de Chagas, la mujer que lo engañaba y la manga de piedra que le tiró hasta la última fruta, debía agendarle ahora un encuentro con el chupa cabra.
 
Omar García, el policía de turno, ni escuchó al chacarero llegando a los tropezones por la puerta principal del destacamento de Jaime Prats. Estaba despatarrado sobre un sillón enfrente del televisor blanco y negro. No era que la película que emitía canal seis esa madrugada lo tuviese atrapado. Después de dos sándwiches de pan casero, chorizo y huevo frito, lubricados con dos vasotes de vino patero, estaba abrazado a Orfeo desde que el reloj traspasó la medianoche.
 
— ¡Buenas noches oficial! Perdone lo joda tan tarde, —vociferó nervioso Paredes mientras trataba de ocultar bajo el felpudo, una bosta de vaca desprendida de su alpargata izquierda. Dos broches rojos de plástico achicaban sus botamangas.
 
García por poco no se cayó del susto. Abrió los ojos desorientado, le tomó medio minuto ubicarse en tiempo y lugar. Enfocó con disgusto al traspirado inoportuno que, con cara de susto, se acomodaba bajo el marco de la entrada.
 
—¿Se puede saber que diablo te pasa? —preguntó al mismo momento que le bajaba el volumen a las voces de Steve Mc Queen y James Garner.
 
—Acabo de ver al chupa cabra rondando por mi finca, —exclamó excitadísimo y luego de respirar profundamente, tratando de poner cara de gente en su sano juicio, agregó: —Unos días antes amaneció un caballo muerto. Estaba seco el pobre Tito, le habían chupado todita la sangre. El pichón Ponce me ayudó a enterrarlo, no tenía ni idea que podía haber pasado. Hasta que have una hora, terminando mi turno de riego, vi al bicho asqueroso tomando agua de la hijuela.
 
—¿Y cómo era? —lo interrogó divertido el uniformado.
 
—Horrible, los ojos grandes, rojos y una boca llena de baba con dos dientazos puntiagudos. Tenía tres cuernos sobre la cabeza peluda y como dos alas en la espalda. Fácil debería medir como dos metros y medio, —terminó exagerando Valeriano.
 
A García no se le movió ni un pelo del mostacho. Observó con curiosidad al menor de los Paredes, no parecía estar borracho ni drogado. Lo invitó a sentarse en una silla de esterilla apoyada contra la pared y buscó en un cajón de su escritorio un gastado cuaderno espiral. Allí escribía los reportes, para luego pasarlos a máquina.
 
—¡A ver Valerio! Contame todo de nuevo, desde el principio, —dijo el flaco bigotudo con entusiasmo. Al fin de cuentas la noche había cobrado ritmo. La insólita historia del chupa cabra pintaba mucho más interesante que “El gran escape”.
 
 
—¿Qué lo tiene tan contento patroncito? —inquirió el pocho mirando con curiosidad al gordinflón cejudo que se bajaba de la Toyota 4x4 frotándose las manos.
—¿Te acordás que alguna vez te prometí una casita con veinte hectáreas… para vos y tu familia?
El peón bajo la vista buscando que su jefe no advirtiera la expresión de disgusto y decepción. Se trataba de una vieja promesa nunca cumplida.
—¡Aha! —contestó sin agregar nada más.
—Bueno pochito, te llegó la hora. Tengo un gran negocio y de tu ayuda depende que todo se haga realidad, —comentó mientras agarraba un diario Los Andes del asiento trasero, señalándole un pequeño artículo en la sección policial.
—El chupa cabra ataca en Jaime Prats, distrito del departamento de San Rafael, —exclamó en voz alta Federico Valdez, y luego le leyó a su empleado la curiosa información.
—¿Valerio, el de la Línea de los Palos, vio el chupa cabra? —preguntó inocentemente el joven.
—Está loco de remate y nos viene como anillo al dedo. ¿Te imaginas la oportunidad que se nos presenta? —dijo el gordo secándose la transpiración con un pañuelo mugriento.
—¿?
—¿Nunca captas nada vos? ¿Tenés hueca la cabeza, o qué? Escuchame atentamente ¡Por favor! ¿Recordás el proyecto aquel que te conté? Ese de plantar doscientas hectáreas de girasol, acá en la zona.
—Si patroncito. El precio del girasol iba a subir muchísimo porque lo estaban usando como remedio y combustible no sé adónde, —dijo el pocho, contento de tener la respuesta, evitando así otra humillación.
—Sí, y que el problema estaba en que ninguno de estos vecinos zarrapastrosos que tenemos querían venderme sus campitos.
—Es que usted les ofrece muy poco don Valdez, — acotó el muchacho arrepintiéndose al instante de sacar a luz la tacañería de su empleador.
—¡Que muy poco! ¿Sos tonto che? Si estos infelices no tienen ni cultivadas sus tierras. ¿Para que las quieren? Te juro que me las van a terminar regalando, —protestó el soberbio agricultor.
Alfonso Pons miró el diario y luego a su patrón. No entendía ni jota que tenía que ver los girasoles, con la casita prometida y el chupa como se llame ese. Se encogió de hombros y preguntó:
 —Y entonces qué?
Valdez aspiró hondo, juntando paciencia y prosiguió:
—Todas las noches, nuestro nuevo socio el chupa cabra, va a visitar una finca de las inmediaciones y tomará unos litritos de sangre de chancho, vaca o caballo. Van a estar tan asustados los pobres, que van a vender baratito, baratito.
El silencio del pocho fue como un insulto para el mofletudo. Miró con rabia al joven y con voz ronca y entrecortada gritó:
—¡Es que no entendés carajo! ¡Vos vas a ser el chupa cabra!
 
Las nubes sujetaban los escasos haces de luz que arrojaba el satélite natural en cuarto menguante. Descuidados parrales, resguardados por una hilera de membrillos, se movían acariciados por una brisa cálida y pegajosa. El hombre alumbró con la linterna el tronco del álamo quemado, a tiempo para ver desaparecer las cabezas de dos curiosas comadrejas. Lo natural hubiera sido correr al galpón, buscar kerosene y fósforos y quemar esas alimañas que se comían los huevos de gallina. El inconveniente estribaba en que se hallaba a dos kilómetros de su ranchito.
Oculto en el canal de riego, el pocho sacaba de una bolsa de arpillera marrón las cosas preparadas por su patrón. Una bomba succionadora, con una manguera que finalizaba en una gran aguja hipodérmica y una bolsa de plástico atrás. Dos suelas de goma con tres dedos gigantes pegados a un par de alpargatas. Una máscara peluda y aterradora, con dos ojos colorados que se prendían y apagaban, una cajita cuadrada con polvo de azufre y una mazorca de maíz. Minutos antes, después de dejar la bicicleta escondida a la orilla de la Línea de los Palos, se había puesto un mameluco forrado en pelo de conejo y un par de guantes negros con unas uñas de acrílico transparente pegadas en la punta
Mientras se calzaba, sentado en la orilla de la hijuela, repasó las instrucciones que le habían sido dadas: —Cuando llegues a lo de Anaya, metete en el canal y cámbiate, después andate bordeando la alameda hasta encontrar el chiquero. Elegí el chancho más grande y tirale la mazorca, encendé la bomba y cuando se acerque, le clavas en el cogote la aguja. Hacelo rápido y de un solo movimiento, de forma que el animal ni se entere. Cuando el puerquito este seco en el suelo, camina por los alrededores pisando fuerte para que queden marcas claras y en las huellas tira polvo de azufre. Entonces desaparecé rápido, llevándote todo lo que trajiste.
Al atarse los cordones le parecía oír la voz de su jefe recomendándole: — Andá siempre disfrazado, por si alguien te ve. Todo en silencio absoluto pocho, si te descubren estamos bien jodidos. Cárcel por mucho tiempo ¡Te lo aseguro!
Alfonso Pons se preguntó qué diablos hacia allí esa noche. Nunca traspasó los límites de la ley y quizás por eso, reflexionó el muchacho, aún era un pobre peón sin finca propia y con una mujer y tres niños sufriendo hambre todos los días. Quizás por eso, la oferta del gordo le resultaba tan tentadora.
—Si todo sale bien, veinte hectáreas con su casita son tuyas pocho. ¿Qué yo no cumplo lo prometido? Mira, si te falló, me denuncias y listo…¿Hacemos trato entonces? —le dijo Valdez para tratar de convencerlo.
Le llevó hora y media desangrarse al inmenso puerco blanco. Por suerte sus bufidos era apenas audibles y luego de los primeros minutos, se tendió y pareció dormirse, estremeciéndose de a ratos con movimientos espasmódicos. Culminó su faena como a las cuatro de la mañana. Volvió al canal y se sacó con fastidio el mameluco, estaba hecho sopa y encandilado por las malditas lucecitas de la máscara. Cuando acababa de llenar la bolsa, escuchó gruñidos a su espalda. Al girar la cabeza aterrorizado, se encontró con dos perros flacos y sarnosos, a punto de comenzar a ladrar,  que lo observaban con tanto o más miedo de lo que él sentía.
—Psss, psss, perritos lindos ¿Cómo les va? ¡Vengan, Vengan! —musitó el pocho fingiendo una voz suave y bondadosa.
Como a metro y medio, divisó una lata oxidada de dulce de batata. Se acercó con cautela y mientras los seguía endulzando con palabras, atiborró el recipiente con sangre de cochino. La precaución de los canes se evaporó al instante, el aroma del líquido era demasiado seductor. Se arrimaron a beber moviendo con fuerza sus peladas colas. El joven esperó un momento y la volvió a llenar, luego se retiró rumbo al camino cantando bajito un tango de Gardel.
Durante tres trasnochadas repitió el procedimiento. Una vaca a los López, un toro viejo a los Lesik y una yegua a los Campusano, aunque en esta última finca no llegó a completar la acción y la cosa casi acaba en tragedia.
El pelado Campusano, compañero de primaria de Alfonso en la Rio Bamba, tenía esa madrugada turno de riego en otra chacra suya, como a una legua de distancia. Retornaba al rancho cuando escuchó unos ruidos, apenas perceptibles, en las cercanías del corral. Buscó la escopeta y se acercó sigilosamente para descubrir una criatura horripilante. A metro y medio de su yegua, inclinado sobre lo que parecía ser una bolsa, algo peludo y hediondo, lo miraba con unos encendidos ojos rojos. Quedó galvanizado por unos segundos, el tiempo necesario para que el monstruo huyera para el lado del maizal, arrastrando aquella bolsa. Le descargó dos cartuchazos pero ya era demasiado tarde. Para el chacarero calvo esta se constituiría en la experiencia de su vida, sentía como si se hubiese topado con el rey de las tinieblas.
 
—¡No lo vuelvo a hacer nunca más! —protestó el joven ese mediodía al ver bajar a su patrón de la camioneta.— Anoche no me mataron por un pelito. Esto es una locura patroncito.
—Tranquilo pochito, todo está saliendo a la perfección. Si no me crees, mirá el diario. Nuestro socio el chupa cabra es noticia de primera plana, —dijo sonriendo mientras palmeaba cariñosamente el hombro del muchacho. — Ahora Jaime Prats es más famoso que el cerro Unitorco, —agregó el panzón mostrándole el periódico.
—Lo que sea, —contestó Alfonso todavía disgustado, no teniendo ni idea del cerro que le hablaba, — pero yo no me vuelvo a disfrazar.
—¡Calmate che, no seas histérico! Ya todo terminó, ahora dejaremos pasar un par de días y haremos una nueva oferta. Si sigue así la cosa pochito, a fin de mes tenés tu finca.
El empleado mostró una amplia sonrisa, ya tenía planeado lo que iría a cultivar hasta en el último pedacito de su tierra. Más relajado, agarró el periódico y lo apoyó sobre el capot de la 4x4. Leyó con dificultad la información a doble página. Allí estaba la fotografía del pelado Campusano, señalando las extrañas huellas alrededor del corral. El título del reportaje rezaba: “Fue como si Lucifer me hubiese mirado”. Alfonso soltó una carcajada y cambiando de tema dijo:
—¿Sabe que esta mañanita me encontré en el almacén del turco con Valerio Paredes?
—¿El chiflado que vio al chupa cabra por primera vez?
—Ese mismo, me comentó que después de lo pasado en estos días, ya nadie piensa que está trastornado. Como que le devolvimos el favor, ¿no?
—Así es la vida mi amigo, una mano lava la otra, —dijo el embaucador retornando a su vehículo.— Quemate todas las porquerías que usamos, que no quede ninguna pista. ¿Está claro? Yo te aviso cuando tenga novedades. Quedate quietito y no comentes nada a nadie.
 
A la semana siguiente, Valdez comenzó a adquirir las fincas, aun a menor precio que el ofrecido inicialmente. Se entusiasmó tanto, que terminó comprando cerca de trescientas cincuenta hectáreas.
Alfonso Pons se encontraba esa tardecita desyuyando unos ciruelos a la orilla de la Línea de los Palos. Como a las siete vio acercarse la nube de polvo con la chata azul en su interior. Salió corriendo hacia la tranquera y allí lo esperó con el corazón en la garganta. Por boca de sus vecinos ya estaba enterado del éxito de la empresa. Apenas el jefe bajó la ventanilla, el pocho se abalanzó y estrechó efusivamente su mano exclamando:
—¡Muy buenos días mi patroncito! Salió perfecta la cosa, ¿no? Pensar que al principio yo tenía mis dudas, pero usted es un genio Don Valdez. —No pudiendo aguantar más la pregunta atorada en el garguero, la largó: —¿Cuál es mi finca? ¿Cuándo podemos movernos para allá?
—Cuando quieras pocho, —dijo el gordo mirándolo con cara de resignación. — Acá tenés los papeles, firmalos y ya es tuya. Es la tierra de los Leyco, los que vendían miel, camino al pueblo pasando la gran curva. Son treinta hectáreas, te las ganaste en buena ley, —agregó sin percatarse de la ironía.
—¡Mil gracias señor! Un gustazo trabajar para usted, —dijo exultante el flamante dueño y luego preguntó curioso: —No se lo ve feliz jefecito ¿Sucedió algo malo?
—Me vuelvo a Buenos Aires mañana. Puse en venta el resto de las tierras, mi hermano Pepe se ocupará de eso. Una lástima pocho, la hicimos genial, ¿no? Era el negocio del siglo, —acotó y los ojos comenzaron a humedecérseles.
—¿Qué paso con lo del girasol y todo eso? No entiendo nada.
—Vos sabes que soy fanático del escabeche de liebre y la finquita que era de los Amaya está infectada de esos animales. Anteayer puse varias trampas y no tuve tiempo de inspeccionarlas. Anoche estaba desvelado y como a las dos me levanté y me vine a verlas, —dijo el entristecido hombre y paró un momento como buscando ánimo para proseguir.
—¿Y? —inquirió el pocho más intrigado que nunca.
—Había puesto algunos lazos al costado de la hijuela y al acercarme lo vi, —agregó bajando la vista hacia el suelo. Alfonso se percató que su patrón estaba traspirando a mares pese a que la tarde estaba fresca.
—¿A quién? —pregunto nervioso el muchacho, notando como la última palabra se le entrecortaba. Quizá porque ya intuía la increíble respuesta.
—Al chupa cabra pocho, al mismísimo chupa cabra, y no estoy delirando ni tampoco lo soñé. Se hallaba inclinado tomando agua de un charco y al lado yacían dos de mis liebres, o bien lo que quedaba de ellas. Se dio vuelta y me observó fijamente, yo estaba desarmado, había dejado la escopeta en la camioneta. Sus ojos titilaban y eran entre colorados y azules. La cabeza achatada y puntiaguda poseía tres cuernos. Era gigante y olía feísimo, olía a muerte. Me debía haber hipnotizado porque  no podía mover ni un músculo. Se levantó lentamente desplegando dos asquerosas alas negras  de unos tres metros por lo menos. Luego se acercó y arrimó su apestosa boca a mi cuello como para chuparme la sangre. No sé qué paso después, pues me desmayé del susto y cuando desperté esta mañana no había ni rastros de él. Estaba mareado y a duras penas pude subirme a la chata, — terminó acotando mientras sentía como un escalofrió le recorría la medula de punta a punta.
—¿Me está hablando en serio jefecito? Entonces el Valerio no estaba pirado, —dijo el joven tornándose pálido.
—Parece que no, yo no quiero cruzarme con ese bicho nunca más en mi vida. En dos días estaré a mil kilómetros de aquí. No puedo describirte el miedo que sentí. Vos have lo que quieras pochito querido, te voy a extrañar. Chau, cuídate mucho, —le dijo y le dio un abrazo sentido a través de la ventanilla.
 
La tierna alfalfa plantada por el chiqui Leyco lucia atestada de bichitos de luz, las chicharras entonaban bellas melodías. Arriba estrellas por doquier y una luna nueva apenas iluminaban al pocho y sus dos perros. Sentado al borde de la compuerta, disfrutaba del embriagador paisaje mientras acariciaba la cabeza del coqueluche. Su boca se movía rítmicamente triturando un puñado de hojas de menta. Esperaba, henchido de orgullo, la llegada del agua desde el canal matriz, en lo que sería su primer turno de riego como propietario. No tenía miedo, nunca había creído en esas estupideces sobre el chupa cabra. Estaba convencido que lo del patroncito había sido solo una traicionera pesadilla.
—Un bicho así no puede existir en ninguna parte, —dijo en voz alta y se sintió reconfortado.
Por las dudas llevaba fuertemente asida en su mano izquierda la escopeta doble caño cargada. No vaya a ser, pensó pochito, que los dos piquete que vio claramente en el cuello de Valdez aquel atardecer de la despedida, fuesen algo más que picaduras de mosquitos.
 
Un abrazo sanrafaelinos y gracias por acompañarme en el Quijote Verde todos los domingos. Algunas semanas con historias reales, otras con disparatadas historias, pero al fin con la sana idea de entretenerlos. En siete días compartiré con ustedes algo que pasó en Alvear a principios de los ochenta.
Gracias y nos hablamos prontito...
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