Queríamos tanto a Adolfo Castelo: aquí, el anticipo del libro escrito por sus hijas

Adolfo Castelo fue un adelantado del humor absurdo. Este fragmento de la biografía escrita por sus hijas Carla y Daniela, fallecida en febrero, cuenta el karma de la fama y el surgimiento de un programa revolucionario. Así lo recuerda Veintitrés.

Luego de la versión de Supershow infantil de los años ochenta papá y Becerra se quedan sin trabajo, y comienzan a pergeñar un proyecto que los haría famosos. Presentan la carpeta de Semanario insólito, un programa humorístico, en las oficinas de Canal 7. La primera versión es un ciclo de media hora que iría los domingos. En el panel, Adolfo Castelo, Raúl Becerra, Raúl Portal y Virginia Hanglin.

Un día papá conoce a Nicolás Repetto en un pasillo. Repetto era free lance de una revista. Papá descubre cierto encanto: un hombre atractivo, descontracturado y capaz de cualquier cosa para hacerse famoso. Era temerario y no le tenía miedo a la exposición. Repetto se convierte en el movilero de Semanario insólito y desarrolla un personaje que sale de la oficina y se dedica a deportes de alto riesgo.

En traje, con un simpático maletín, se enfrenta a hacer windsurf, caída al vacío, parapente. El humor de Semanario es ácido y no tiene concesiones. El ciclo es exitoso y a papá lo reconocen por la calle.

En el país comenzamos a vivir la guerra de Malvinas. El 30 de marzo del ’82 es la marcha de la multipartidaria. Daniela va. Papá no quería que ella fuera. Una marcha en contra del gobierno militar. Hay una represión feroz. Daniela nunca supo si papá estuvo o no en esa marcha. La preocupación de papá por su hija mayor se había encrudecido desde que ella tenía posiciones tomadas. A la izquierda, con una militancia trotskista, Daniela hace sus primeros pasos en la política. Papá tiene miedo por ella y conversa durante horas para detener el ánimo justiciero de Daniela.

El 2 de abril se cae el mundo abajo y declaran la guerra.

Semanario insólito se hace inmutable a los cambios. Tal vez porque tiene esa ironía que no entienden demasiado los militares. Tal vez por los contactos sólidos de Raúl Portal con el gobierno. El asunto es que hacen humor y desde ahí declaran su propia guerra absurda. La crítica es tan solapada que algunos pueden verla y otros no. Comienzan a imponer incluso, juguetes para chicos. Como una pasta horrible que se vendía como la pasta mágica.

Era entonces una ceremonia ver el programa los domingos.

A regañadientes me sentaba frente al televisor, mientras odiaba la creciente fama de papá. Porque la fama es una manera desmedida de tener que compartir.

Adolfo y Elena están desencontrados. Ella ya no tiene ganas de pelear y se sume en un profundo silencio. Soporta resignada. Adolfo encuentra a todas las mujeres. La fama tiene eso también. Las secretarias de Semanario insólito eran una verdadera tentación. Mamá sentía unos celos mudos que le partían el alma.

En las interminables grabaciones del ciclo papá conoce a una mujer. Alta, con el pelo moreno y una mirada inquietante. La mujer se convierte en su amante. Lo que comienza como una aventura, puede terminar en un calvario. Pero entonces papá no lo sabía.

El romance lo conoce todo el canal y aunque muchos le advierten que se cuide, Adolfo insiste. Hace algunos años que dejó de ver cuando el peligro se avecina. Es tanta la velocidad de la televisión, que él se siente embriagado. Como si nada pudiese detenerlo.

Luego de que termine el ciclo, en 1983, comienzan a percibirse los primeros síntomas de la locura. La mujer llama durante meses a mamá. Mamá escucha el silencio.

La familia es un caos y Elena está desesperada. Se realiza un lifting, en un manotazo por reconquistar a su hombre. Pero Adolfo está a una distancia sideral.

Semanario insólito es tan novedoso, tan desestructurante, tan irreverente, que hace temblar los cimientos de Castelo. Había llegado más lejos de lo que había imaginado. Le pedían autógrafos, las mujeres se ofrecían con facilidad, se había convertido en un transgresor popular. Era, en todos los lugares, bienvenido. El hombre de Don Bosco. El pibe de la pelota de trapo. El hijo de la portera.

Hacía años que peleaba por un lugar en el mundo. Se había lanzado y el éxito le acariciaba las mejillas. (…)

Adolfo Castelo tenía 47 años cuando se hizo famoso. Había recorrido un camino largo y trabajoso. Había superado los obstáculos con paciencia y voluntad. No era extraño que quedara perplejo ante la fascinación de la multitud por el programa televisivo. Todos hablaban de Semanario insólito y el ciclo era un boom para los sectores más progresistas. Castelo estaba embriagado y trabajaba dieciséis horas diarias con fascinación.

Seguí leyendo esta nota desde aquí, en revista Veintitrés.

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