El agotamiento del modelo de crecimiento se nota en las importaciones

En 2010 el volumen de importaciones marcó su máximo histórico en términos del PBI al alcanzar el 15,3%. Salvo para la soja, que mantiene los altos precios internacionales, la inflación acumulada ha llevado el tipo de cambio real a $1,14 por dólar, volviendo inviables a sectores industriales, ya que es más barato comprar fuera que producir y hasta vender en el país.

La crisis internacional está cambiando radicalmente a la economía mundial. Con Estados Unidos creciendo gracias a sus exportaciones y Europa reduciendo al extremo sus costos para volver a ser competitivos (España exporta vino a granel a valores commoditizados), está claro que el contexto económico mundial le está dejando de dar una mano a la Argentina. El país se las tiene que arreglar solo.

Salvo en el caso de la soja, que mantiene elevados precios en dólares como el resto de los commodities del mundo debido a la incertidumbre, los problemas que acarrean las economías desarrolladas y la demanda creciente de China e India, el crecimiento vertiginoso de las importaciones en la Argentina está marcando el agotamiento del modelo de crecimiento que nació tras la crisis del 2001/2 con la devaluación y se ha venido manteniendo hasta ahora con elevadas tasas de inflación, uso y agotamiento de stocks, fuertes inyecciones de gasto público sobre la demanda, fuga de capitales y déficit de inversiones.

En 2010 el volumen de importaciones alcanzó su máximo registro histórico en términos del PBI al llegar al 15,3%. Esto indica que la sostenida demanda interna por sobre la capacidad de la oferta nacional, en un contexto de apreciación del tipo de cambio real, está impulsando fuertemente las compras argentinas en el exterior, señala un informe de la consultora Ecolatina. En otras palabras, después de ocho años de fuerte crecimiento, por precio y calidad, es más barato importar que producir en el país.

La inflación no es inocua. Después de años con aumento de precios por encima de los dos dígitos, la economía argentina está casi tan cara como en la convertibilidad. El tipo de cambio real bilateral se ubica actualmente en $1,14 por cada dólar y avanza hacia el uno a uno en un contexto de estabilidad en el tipo de cambio.

Esto resta competitividad externa a las exportaciones y simultáneamente abarata los productos extranjeros. Y si a esto se le suma el déficit crónico de inversiones, que en todo este tiempo ha impedido reducir costos o elevar la oferta, hay sectores de la economía argentina que se están volviendo inviables.

Agotamiento y falta de ideas
Pero en vez de promoverse incentivos para fomentar la inversión, mejorando la competitividad de las empresas y los productos nacionales y su inserción internacional, esto es enfrentar el agotamiento del “modelo”, se vuelve a caer en la escasez de ideas y el despropósito.

Esto no es nuevo. Cuando el fantasma de la inflación comenzaba a agitarse y se temía el impacto que esto tendría sobre el tipo de cambio, corría el año 2007, en vez de tomar medidas (como hoy están tomando de forma leve Uruguay, Chile, Brasil, por sólo nombrar a nuestros vecinos) desde el Gobierno se optó por intervenir el Indec, manipular estadísticas, fijar acuerdos de precios que asfixiaron al sector productivo y negar el problema. “Aquí no pasa nada. No hay inflación, sólo reacomodamientos parciales de precios o una sensación”, se empezó a decir. Y hasta hoy se dice lo mismo.

Estamos en 2011. La inflación se comió las ventajas del tipo de cambio tras la devaluación. La imposición de acuerdos de precios enrareció el clima de negocios, desde el Estado no se promovió la inversión productiva sino que se fogoneó la demanda (congelamiento de precios y subsidios mediante) asegurándoles el negocio a unos pocos (los que tienen posiciones dominantes) sin que tengan que invertir ni producir más para ello (¿les suena la escasez de nafta?). Así la economía creció, pero con déficit crónicos de inversión y con cuellos de botella por el lado del uso de la capacidad instalada.

Y en vez de intervenir para descomprimir, se optó por más de lo mismo.

Debido al deterioro en la balanza comercial provocado por una aumento de las importaciones que duplica a las exportaciones (ver gráfico), se decidió desde el Estado desincentivar el ingreso de productos extranjeros. El uso de Licencias No Automáticas Previas de Importación (LNAPI) fue ampliado en febrero pasado de 400 a 600 productos. Así, según el informe de Ecolatina, si antes de la nueva disposición se controlaba el 6% de las importaciones del país, ahora se controla (de forma discrecional) el 18%. Esto indica que está sujeto a autorización oficial uno de cada cinco dólares destinado a la compra de productos extranjeros.

El uso oficial de LNAPI apuntó a los bienes intermedios (insumos industriales), de capital y sus partes (muchos ni se producen en el país), aunque de los 600 productos incluidos en las LNAPI los bienes de consumo siguen siendo los más controlados (43%), seguidos por los intermedios (32%) y los de capital y sus partes (25%).

Otra vez nada de esto es gratis. Menos en un contexto donde la gran mayoría de los países intenta salir de la crisis o teme caer en ella. Y las consecuencias ya se están viendo incluso en niveles que rozan el despropósito.

India reclamó por el freno en la aduana de 70 tractores originarios de ese país y advirtió que en represalia podría suspender la compra de aceite de soja argentino. En cifras, se amenazan exportaciones por cerca de U$S 1.200 millones (según los envíos de ese aceite a ese destino en 2010) por controlar importaciones estimadas en sólo U$S 4 millones.

Tampoco el despropósito de cerrar la economía va a solucionar la falta de competitividad de la industria. Se necesita mucho más que la matonería y los aprietes del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, para eso.

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20 de agosto de 2017 | 01:34
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