Para escribir hace falta tener cien años

Tienen en común una vida al revés: el éxito les ha llegado, en forma de best-sellers descomunales, justo al final de la vida.

El teléfono nunca había sonado tanto en las casas de Toyo Shibata, Aurora Venturini y Stéphane Hessel como ahora. Los tres son escritores, todos están en la lista de los mejor vendidos en sus respectivos países –Japón, Argentina y Francia– y a ninguno le apasiona particularmente levantar el auricular para dar entrevistas. Shibata ha vendido un millón y medio de copias de su poemario Kujikenaide, Venturini acaba de ganar el premio Otras Voces, Otros Ámbitos al mejor libro editado en España durante el 2009 por su novela Las primas, y Hessel es número uno en las librerías francesas con un panfleto de 32 páginas titulado ¡Indígnense! La primera cumplirá 100 años en junio, la segunda, 89, y el tercero, 94. Cualquier cálculo sobre su edad es sorprendente: cuando Kasio Ishiguro publicó Lo que queda del día en 1989, Shibata ya tenía nietos. En 1948, un año antes de El aleph, Jorge Luis Borges le entregó el premio Iniciación a Venturini por su libro El solitario. En una ocasión Hessel cenó con el general Charles De Gaulle.

¿Por qué reunirlos? ¿Acaso solo por su edad? Pues sí. En un mundo que exige que todos, escritores o no, sean Rimbauds precoces que a los 30 años ya estén listos para la jubilación, asombra que tres autores cercanos al centenario sean el centro de atención de la crítica y los lectores.

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9 de Diciembre de 2016|18:08
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