Directo al paraíso: el vino y las religiones

Las necesidades simbólicas de las religiones tuvieron una importancia capital en la difusión de la viticultura en el mundo antiguo. Muerte, resurrección, fertilidad, alegría y enajenación son los significados más complejos y profundos de esta amable y sabia bebida.

“Come pan, fuente de todo sustento; bebe vino, es la costumbre de la tierra” le dice una ramera del templo del amor a Enkidu, el hombre salvaje que luego se convertiría en el compañero inseparable de Gilgamesh.

En el célebre poema sumerio que data de los primeros siglos del segundo milenio a.C. y nombra al vino como bebida de conocimiento, Enkidu se convierte en hombre al comer pan y beber vino, símbolos del nacimiento de la agricultura y de sus prácticas y que pondría al ser humano por encima de la naturaleza al domeñarla.

Son numerosas las pruebas de que la Vitis silvestris crecía en muchas zonas de Europa y de Asia Menor hacia el año 8000 a.C., época en que según los estudiosos tuvo lugar la selección gradual de las vides que daban frutos pequeños y jugosos.

Las necesidades simbólicas de las religiones tuvieron una importancia capital en la difusión de la vitivinicultura en todo el mundo antiguo.

De hecho, sus orígenes pueden interpretarse como parte del desarrollo de una determinada conciencia religiosa e ideológica que se difundió desde las actuales fronteras de Iraq, Siria, Irán y Turquía.

El posterior desplazamiento de determinados aspectos de esa experiencia religiosa hacia las regiones occidentales del Mediterráneo sentó las bases de la difusión de la viticultura y de la producción comercial del vino a zonas del mundo donde aún se desconocía su significación simbólica.

En Egipto y en la Mesopotamia, el vino estaba asociado a divinidades específicas.

Hablando con los dioses

Si la domesticación del ganado estuvo estrechamente ligada al desarrollo de una serie de ideas místicas, en la evolución de la agricultura subyacía una suerte de revolución religiosa que sustituyó el culto generalizado a una diosa madre por una nueva serie de creencias relacionadas con la idea de la muerte y del renacimiento de una deidad primigenia.

El desarrollo de los mitos de fertilidad, que debían representarse una y otra vez para asegurar la productividad agrícola, condujo a la aparición de rituales simbólicos asociados a las estaciones y a las cosechas.

De ahí que la vid y el vino hayan desempeñado importantes papeles en la evolución de esta experiencia religiosa, reflejo de las relaciones metafóricas entre el símbolo y lo simbolizado.

Uno de estos roles es que la vid misma, al perder sus hojas tras una aparente “muerte” invernal para renacer en primavera, se convirtió en un símbolo apropiado de la muerte y el renacimiento del dios, así como de todo el ciclo agrícola.

El segundo de estos roles lo tenían los productos de la vid que, al encerrar el secreto del renacimiento, adquirieron una significación simbólica y ritual ya que podían sobrevivir a la “muerte” de la cepa madre convirtiéndose en fruta seca o en vino.

Por ende, el vino, bebida que embriaga y favorece la enajenación, se convirtió en el vehículo más indicado para que la gente al beberlo se pusiera en contacto directo con los dioses.

Finalmente, el mismo ciclo se vinculaba nuevamente a la fertilidad humana a través de la capacidad del vino para abolir la razón y las costumbres sociales rígidas de los bebedores y convertirse en un catalizador de las relaciones humanas. Es decir, el vino invitaba al sexo.

El desarrollo de los mitos de fertilidad aseguraban la productividad agrícola.

Borracheras divinas

En este punto no hay que olvidar –algunas cosas nunca cambian-, que las clases dirigentes se valieron de estos símbolos para conquistar y conservar el poder político y económico. De ahí que tanto la propiedad de las vides como el conocimiento de los métodos de vinificación fueron inicialmente secretos muy bien guardados por la élite religiosa y política que ansiaba consolidar el control que ejercía sobre sus súbditos.

Entre las fuentes arqueológicas y documentales que suscriben estas ideas destacan las obras literarias que tratan sobre el vino y la viticultura. Éstas se remontan hasta el año 500 a.C. y son poemas épicos, historias y geografías, tratados agrícolas y textos religiosos.

Los grandes poemas épicos, como el sumerio Poema de Gilgamesh y el griego la Odisea de Homero, relatan historias acerca de héroes y revelan mucho acerca de la significación religiosa del vino al tiempo que proporcionan información sobre numerosos detalles adicionales sobre el uso del vino en las actividades diarias de las personas.

Las Historias de Herodoto (siglo V a.C). y la Geografía de Estrabón (siglo I d.C.) también proporcionan material relacionado con la producción, el consumo y la distribución del vino. Entre las escrituras religiosas destaca la Biblia, obra fundamental para la comprensión del simbolismo judeocristiano de vino y la vid.

La uva encerraba el secreto del renacimiento ya que podía sobrevivir a la “muerte” de la cepa madre convirtiéndose en fruta seca o en vino.

El elixir sagrado

“El vino no era la bebida alcohólica más habitual en ninguna de las dos grandes cunas de la civilización, los valles del Nilo y del Tigris-Eufrates. No obstante, antes de que finalizara el siglo IV a.C. ya se empleaba de forma generalizada en libaciones y sacrificios y las clases dirigentes lo consideraban la bebida idónea para acompañar sus comidas”, afirma el investigador Tim Unwin en su libro El vino y la viña.

Tanto en Egipto como en la Mesopotamia, el vino y la vid ya estaban asociados a divinidades específicas, pero en ninguna de ellas asumiría el papel que tendría Dionisos / Baco en los siglos posteriores.

La madre tierra fue una de las primeras divinidades del Mediterráneo oriental y del sudoeste de Asia, representada en la mitología griega por Gea y en la Mesopotamia por Ga-Tum-Dug.

Más tarde aparecieron divinidades terrenas, como la diosa asiriobabilonia de la vid Gesthin y el dios de la vid Pa-Gesthin-Dug. Gesthin pronto dejó de ser la “cepa madre” para convertirse en Nina, diosa de las aguas.

Hemos dicho que el vino sagrado estaba íntimamente conectado a los conceptos religiosos de muerte y renacimiento, así como a la fertilidad. El agua proporcionaba tanto la lluvia necesaria para el renacimiento de los cultivos como la bebida esencial para el mantenimiento de la vida humana.

La mayoría de estos símbolos que representaban este elixir se unieron en el simbolismo posterior de la vid y el vino; por ello más tarde, las deidades de la vid y el vino pasaron gradualmente a ocupar un lugar prominente en la conciencia religiosa.

Ni en la Mesopotamia ni en Egipto estas deidades tuvieron un rol protagónico ya que el agua era el elemento fundamental para la supervivencia de sus sociedades, pero sí en el Asia Menor.

Las imágenes del dios Baco en vasos
y copones son innumerables.
El vino en el Antiguo Testamento

El ritual judío refleja varios temas simbólicos estrechamente conectados con la vid y el vino. “De las numerosas referencias del Antiguo Testamento se desprende que vino fue una parte proverbial de la riqueza de la Tierra Prometida, aunque existen pruebas de que los rituales populares de bendición y consumo de vino no se introdujeron en el judaísmo sino hasta el período grecorromano”, afirma Unwin.

Sin embargo, la vid y la viña son dos de los símbolos más frecuentes en el imaginario de la nación de Israel, ya sea que se presente como representación de liderazgo, obediencia, ofrenda o alegría; ya sea que signifique una prohibición asociada a quienes han hecho un voto especial al servicio de Dios o una “mala compañía” cuando se lo vincula a los “malvados de corazón”.

El vino, que embriaga y favorece la enajenación, se convirtió en el vehículo  para que la gente al beberlo se pusiera en contacto directo con los dioses.

Viaje al Olimpo

En el sigo XV a.C. la viticultura ya se había establecido en la Grecia continental y las pruebas arqueológicas que lo confirman son innumerables. Tanto la Ilíada como la Odisea dan fe del uso generalizado del vino en libaciones y festines, con frecuentes alusiones a Dionisos.

La obra de Eurípides Las bacantes y las imágenes del dios en vasos y copones indican que la religión dionisíaca y sus rituales se introdujeron en Grecia hacia el siglo VI a.C. cuando se representaba al dios del vino como un humilde joven descalzo con un sarmiento en la mano.

De ahí que el imaginario dionisíaco, símbolo alegre de los placeres del vino, sea una creación muy posterior. De simple dios del vino, Dionisos llegó al Olimpo acompañado de decenas de mitos y leyendas asociados a los poderes esenciales de la naturaleza.

Luego, bajo la influencia del misticismo órfico, pasó a estar vinculado a la otra vida, lo cual resignificaba el simbolismo de la muerte, la resurrección, la fertilidad y el desborde místico en una clara liberación de los instintos en busca del dios personal e interior.

Fuentes: El vino y la viña. Geografía histórica de la vitivinicultura y el comercio del vino, de Tim Unwin; Historia de la vida privada. Imperio romano y antigüedad tardía, dirigida por Philippe Ariès y Georges Duby.

Patricia Rodón

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