Cuando sea grande quiero una corona

En la infancia a niñas y niños les contaron el mismo cuento: el de las princesas y los príncipes. La fantasía femenina de usar un bello vestido largo y una capita de terciopelo busca concretarse a través de los concursos de belleza. No importa sobre qué se reine porque todos saben que no se reina sobre nada.

Quizá todo empezó con el cuentito del príncipe azul. A todas las mujeres del mundo les queda muy claro desde la más inocente infancia que los príncipes –esos hombres perfectamente románticos, guapos y con la faltriquera llena de monedas de oro (también se aceptan dólares)- no arriesgan su vida por cualquiera ni andan rescatando de las garras de los villanos a chicas descuidadas o maltratadas por la naturaleza.

Por eso, si no se nació excepcionalmente linda ni en cunita de oro –mueble que siempre facilita las cosas- hay que trajinar mucho en la peluquería, el gimnasio y el consultorio del cirujano para “hacerse” bella, mantenerse atractiva o, en su defecto, acercarse un poco a la que una podría haber sido y no fue.

Y si se puede conseguir una corona que avale cierto reinado sobre cualquier cosa, mejor. Así, combinando la fantasía femenina de usar un vestido largo y una capita de terciopelo y la masculina de tener a alguien supuestamente frágil a quien proteger (a ellos también les contaron el mismo cuento pero al revés), se inventaron los concursos de belleza.

Desde el dudoso título de Reina del Curso en la escuela primaria al promocionado certamen de Miss Mundo todas las coronas sirven: Reina de la Vendimia, Reina del Carnaval, Reina de la Nieve, Reina del Aceite de Oliva, Reina del Agua Surgente, Reina del Bagre, Reina del Chivo, Reina de la Ganadería, Reina de la Semilla o Reina de la Pesca con Mosca. En nuestro país hay decenas concursos de belleza asociados a una fiesta local, provincial o nacional con nombres más o menos repulsivos, pero a las chicas las truchas, la yerba y la siembra directa no les hacen mella.

No importe sobre qué se reine porque todos saben, las elegidas y los electores, que no se reina sobre nada. El cetro no significa poder, habilidad o talento, sino que es sólo el resultado efímero de una casi siempre “arreglada” elección de la más linda entre las lindas.

Para las candidatas lo importante es el ejército de magos peluqueros y hadas maquilladoras que intervienen su cabeza y su rostro por fuera, la maratón de cursitos a cargo de edecanes para aprender a hablar en una semana y el torbellino de fotos para educar la sonrisa que avasallan su cabeza por dentro con desiguales resultados.

Lo realmente importante para las contendientes de un concurso de belleza es desfilar en un escenario, mostrarse histéricamente (más aún), competir entre feroces e hipócritas sonrisitas con otras aspirantes a Cenicientas modernas y terminar agitando un cetro con el que sueñan  alcanzar, cual varita mágica, al príncipe azul (también puede ser rojo, verde o celestito, no hay problema) el cual vendrá de inmediato en su rescate.

El problema es cuando la aguerrida soñadora que ha padecido dietas severas, prisión temporal y la punzada lacerante de los chismes de las otras “perras”, resulta elegida Miss Simpatía, Mejor Compañera, Miss Elegancia, Mejor Levantadora del Dedo Meñique o Miss Algo No Muy Importante.

La catástrofe está ahí, delante de sus ojos y de sus boquitas pintadas, pero no importa. Las reinas de verdad se la bancan, respiran hondo, parpadean mucho con sus pestañas tuneadas, sincronizan el brillo del strass de las coronas con el de su sonrisa y juran que nunca más volverán a llorar.

Patricia Rodón
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