Todas las mujeres tienen precio

Muchas mujeres han vendido su piel por comida, por dinero, por ambición. Entre las hetairas griegas y las prostitutas vip de hoy sólo hay diferencias cosméticas. Durante siglos su vida y su vientre eran comprados en tanto que hembras reproductoras. Te contamos una historia de sexo, religión y muerte.

Trofeo y objeto, imán y alimento, escenario de todas las batallas de la pasión, el cuerpo de la mujer ha sido un territorio a tomar, a conquistar y a poseer de múltiples maneras por el hombre.

Muchas mujeres han vendido su piel desde el principio del mundo por comida, por dinero, por ambición, por miedo. Entre las hetairas griegas o las cortesanas romanas, por ejemplo, y las prostitutas vip de hoy no hay más diferencias que las cosméticas.

Ante el misterio y el temor que despierta el sexo femenino en los hombres, entre la atracción y la prohibición, el deseo y represión, el cuerpo de la mujer ha sido tabú por muchas y muy distintas razones a lo largo de los siglos.

Cuando los cristianos se convirtieron en árbitros de la moral occidental para ponerle orden al mundo pagano, las mujeres, en tanto su potencialidad de ser madres, pasaron a ser templos caminantes porque su única misión en la Tierra era la procreación y nada más, por las dudas.

Se la consideraba sólo en su condición de hembra, de vientre fertilizable, de recipiente reproductor, de objeto de placer más o menos santo, entre crucifijos, orgasmos y maratones de amén.

Por ello, agredir físicamente a una mujer era seriamente castigado en teoría. Pero la pena dependía no tanto de la naturaleza de la agresión sino de la edad de la fémina, de la identidad y condición social del agresor y de la agredida y de la situación en que se produjera el contacto de los cuerpos.

El tocar a una mujer implicaba un delito pagano, que actualizaba la desnudez en su significado sexual y genital y que comprometía la concepción cristiana del cuerpo que la naciente iglesia se empeñaba en forjar.

Hacia el año 500 un rey franco llamado Clodoveo I dictó las famosas leyes sálicas que, entre otras cosas, excluía del trono “a las hembras y a sus descendientes”.

Esta astuta ley llena de artimañas para manipular las dinastías, que se extendió a toda Europa y fue derogada recién en ¡1979! en Suecia, decía que si un hombre  tocaba la mano de una mujer sin su consentimiento tenía que pagar una multa de 15 sueldos; 30 si el rozamiento se producía en el brazo entre la zona de la muñeca y el codo, y si el toqueteo alcanzaba los senos, 45 sueldos. El agresor tenía que pagar la misma multa si en un arranque de ira, le cortaba el cabello el cual debía conservarse intacto, o sea, largo, porque era un símbolo de salud y juventud.

Lejos de cualquier práctica incipiente del ejercicio de derechos humanos, lo que esta ley escondía era favorecer los nacimientos, poblar pueblos y ciudades porque las tasas de mortalidad eran altísimas gracias a las guerras feudales, las tozudas Cruzadas y las epidemias. La misión de las mujeres era fabricar soldados que se incorporaran a los ejércitos y vaginas que hicieran más llevadero el peso de las espadas.

El cuerpo femenino era por tanto tabú y tocar a una mujer equivalía a atentar contra la vida. La mujer y el hombre no podían quedarse desnudos más que en el lecho, allí donde tenía lugar la procreación. De allí que la cama y que lo sucedía en ella fuera sagrado, lejos del éxtasis pero en busca del esquivo paraíso, claro.

La tarifa de la muerte

El hombre que matase a una mujer joven y libre en edad de procrear tenía que pagar 600 sueldos, mientras que si la mujer asesinada estaba ya en la etapa de la menopausia, sólo tenía que abonar 200.

Si se la hería estando embarazada y fallecía, el agresor era penado con 700 sueldos de multa, pero sólo con 100 si el bebé moría a consecuencia del aborto subsiguiente.

Como parece que era una práctica habitual matar a las chicas porque se resistían a tener sexo con un pariente maloliente,   porque al guisado le faltaba sal o porque miraban a otro hombre hacia el año 700 se promulgó un suplemento de la ley sálica que decía que en adelante habría que pagar 600 sueldos por el asesinato de una mujer encinta más otros 600 si el niño muerto iba a ser un varón.

Como vemos, el feminicidio era tan frecuente como hoy y el castigo real al asesino, si lograba comprobarse, solamente económico.

En el mercado medieval de la carne un niño de menos de 12 años costaba 600 sueldos; una niña de la misma edad, sólo 200. La jerarquía era muy clara: en la base, la niña y la mujer mayor incapaz de concebir; en el medio, el muchacho; y arriba, la mujer encinta. O sea, lo mejor era estar embarazada.

Como esta condición era envidiable y brujas ha habido siempre, la misma ley penaba con 62 sueldos a toda mujer que proporcionara a otra una poción mágica de hierbas abortivas.

Está claro que a la mujer no se la tomaba en cuenta como persona, sino que todo su valor estaba puesto en su capacidad reproductora. La hipócrita religiosidad cristiana en los hombres y el instinto de supervivencia en las mujeres convergían en un solo mandato: tener hijos, muchos hijos. La historia está llena de ejemplos de decenas de reinas que fueron repudiadas porque no daban a luz hijos varones.

Y era justamente esta condición de tabú “procreador” del que era objeto el cuerpo de la mujer, la que lejos de cualquier connotación de placer sexual, las condenaba y las salvaba al mismo tiempo. Era su precio.

Patricia Rodón
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Opiniones (8)
3 de Diciembre de 2016|06:34
9
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3 de Diciembre de 2016|06:34
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  1. Helen Fisher, una antropóloga norteamericana escribió "el Contrato Sexual" un libro en el que se muestra como existe un contrato no escrito entre la hembra y el macho. Contextualizado en la prehistoria y traido a nuestros días. es, por demás, interesante y muy vigente.
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  2. Da para seguir el tema.
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  3. creo que..
    el título es provocativo, pero en el texto se lee no que --tenemos-- precio, sino que nos han (im)puesto precio; por eso el recorrido histórico. Al historizar el problema vemos que en épocas en las cuales eramos consideradas cosas o un mueble más de la casa, éromos parte del ganado. La historia de la mujer libre es muy, pero muy reciente, desde allí algunas se ponen precio, otras siguen siendo vendidas como cosas (la trata de blancas y tanta mujer exclavizada por sus redes) y otras (que podemos autosustentarnos) no nos vendemos. Lo que yo no dudo es que si la vida de mi hijo estuviera en juego y necesitara dinero o poder vendería TODO. Eso si, trataría de sacarle el mejor provecho a la transacción. De un palo verde y con un cliente Robert Redford en un yate no bajo, ni me muestro flexible al regateo
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  4. Todos, hombres y mujeres tenemos un precio, y sino, fijemos nuestros ojos en nuestros políticos de hoy, ayer y siempre, que no han vendido a la madre porque ya no le sacaban tanto dinero pero que si vendieron su alma, su palabra y su dignidad a las mineras, a las petroleras, a las farmacéuticas, a las telefónicas, a las empresas constructoras, a los gremios sindicalistas, a la CIA, a la guerrilla, a los nazis refugiados en nuestro país, etc, etc, etc, etc... En definitiva es como dicen la película "Nueve reinas": No es que no haya p..tos, lo que no hay son financistas!
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  5. Son perligrosas las namis. La verdad que no son racionales. Sin un homrbre de 37 años con título universiario que gana 4000 al mes debe estar casado y ser codiciado. Pero no es así. Ellas rechazan al hombre de esta edad He visto que aman irraci0onalmente a jóvnes de 25 y son drogones uy los maniene la madre. Seran supreflusas las mujeres dehoy? Si son peligrosas. Su irracionalidad nos traerá furas generaciones menos aptas para vivir . No entindo por que rechazan al tipo de 37 años que tiene odo para ofrecerle y aceptan un tipito isignifizcante y debiol de 25. jajajaja
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  6. Como mujer me incomoda el título. No TODAS las mujeres tienen precio. En la nota se habla de MUCHAS, eso hace la diferencia. Yo como mujer NO TENGO PRECIO, por dos razones: 1) no me vendo 2) tengo mi autoestima tan alto que si tuviera precio sería invaluable, por lo tanto sin valor, por ende sin precio.
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  7. http://loshombressobran.webs.com
    2
  8. hemos recorrido un largo camino muchacha
    una larga guerra que no termina en la que sólo hemos tenido un arma y la hemos tenido que usar y usar
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