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Más brillo para la historia de Ginóbili

Manu se acomodó con su estilo de siempre en el partido de las estrellas y volvió a cosechar el respeto de todos. Entrá y lee esta nota de Canchallena.com

Después del partido de anteayer, bastante entrada la noche en esta ciudad, un chico de ocho o nueve años interceptó a Manu Ginóbili en uno de los pasillos del Staples Center y le pidió un autógrafo. Mientras Manu hacía un garabato con la mano izquierda, el chico le dijo: "Buen partido" . El argentino sonrió de una manera extraña: "Nah, no hice mucho" , respondió, y siguió abriéndose paso por las atiborradas entrañas del estadio.

La anécdota revela bastante bien el ánimo con el que Ginóbili parece haber vivido este fin de semana de estrellas en Los Ángeles. Hasta se animó a alguna broma durante la rueda de prensa: "Lo que quiere decir que tengo bastantes posibilidades de regresar en seis años, pero entonces lo que me saldrá caro será la entrada" . Orgulloso del reconocimiento que implica estar acá y moderadamente interesado en el show y el espectáculo, hasta incapaz de encontrar un papel en el que sentirse cómodo. ¿De qué otra manera explicar esa declaración de humildad o modestia frente a un chico de ocho años? Quizá porque Manu es un animal extraño dentro de la NBA, admirado hasta la reverencia por los expertos y tratado con algo de indiferencia por el público general estadounidense, que prefiere ídolos más espectaculares, como LeBron James, Kobe Bryant, Dwyane Wade o Kevin Durant (o, desde este año, Blake Griffin.)

Así como hay escritores que sólo les gustan a otros escritores, hay basquetbolistas que son especialmente respetados por el mundillo de la NBA, que saben leer su participación en el juego más allá de las estadísticas. Ginóbili es, en este momento, el jugador más desequilibrante y con más responsabilidad del equipo más en forma de la NBA, un serio candidato al título. Es muy posible que, dentro de dos meses, cuando San Antonio tenga que definir un partido o una serie de playoffs y queden cinco o seis segundos en el reloj, sea Ginóbili el encargado de lanzar ese último tiro. Y así y todo, él seguirá sintiéndose una estrella rara en el cielo de la NBA.

Algo de razón tenía el bahiense en su mini-diálogo con el rubiecito que lo interrumpió antenoche en el Staples Center: era cierto que había pasado por el All-Star Game de la NBA en puntitas de pie, anotando siete puntos en 20 minutos (un puntos menos y dos minutos menos que su participación anterior, en 2005) y pasando pelotas que en partidos normales habría tirado al aro o encarado con fiereza. Ginóbili apenas desafió el papel de actor de reparto que se puso a sí mismo antes del partido y al que Gregg Popovich, entrenador del equipo del Oeste y de San Antonio, lo obligó en los minutos finales, en los que no jugó. (Ambos entrenadores cuidaron a sus jugadores: Popovich, a Manu y Duncan; Rivers, en el Este, a sus cuatro jugadores de los Celtics, de los cuales ninguno estuvo más de 20 minutos en la cancha.)

El partido, en rigor, fue interesante durante los diez o doce minutos en los que el equipo del Este se puso a jugar más o menos en serio y en un momento estuvo a dos puntos de dar vuelta el resultado. LeBron James, que había empezado la noche bailando al ritmo de Lenny Kravitz, se olvidó del show y se dedicó a jugar, porque se dio cuenta de que tenía ganas de ganar: fue el primer jugador en conseguir un triple doble (29 puntos, 12 rebotes, 10 asistencias) desde Michael Jordan en 1997.

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19 de agosto de 2017 | 15:26
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