Deliciosa entrevista a un Tuareg

Moussa Ag Assarid es un Tuareg, que nació alrededor de 1975 en un campamento nómada entre Tombuctú y Gao, Malí. Enterate en esta nota cómo el Rally París Dakar le cambió la vida

Moussa Ag Assarid es Tuareg, que nació alrededor de 1975 en un campamento nómada entre Tombuctú y Gao, Malí, norte, es el mayor de una familia de trece hijos. Alrededor de la edad de 13 años, se topó con “El principito” de Saint Exupéry, que le da el deseo de ir a la escuela para aprender a leer. Después de la escolarización en Ansongo dejó sus estudios en Bamako, la capital. Participa en eventos y los estudiantes de secundaria en 1996. Llegó a Francia, en Angers, en 1999 (debido al hermanamiento de la ciudad de Bamako). Estudió administración en la Universidad de Angers, y la Universidad de Montpellier 1 y, finalmente, a Ircom Ponts-de-Cé.

Este es un fragmento de una entrevista que le hicieron a Moussa Ag Assarid realizada por  Victor M. Amela

- No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...!
Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao,
al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos
y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad
Montpellier.

Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg.
Soy musulmán, sin fanatismo

- ¡Qué turbante tan hermoso...!

- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto
cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando
a su través.

- Es de un azul bellísimo...

- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto:
la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...

- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros
pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color
del mundo.

- ¿Por qué?

- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

- ¿Quiénes son los tuareg?

- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

- ¿Cuántos son?

- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas.
Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

- ¿A qué se dedican?

- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...

- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio
corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor
nitidez?


- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas
nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y
hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo.
¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz
en él!

- ¿Sí? No parece muy estimulante. ..

- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento,
para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire,
escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas...
Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde
hay agua.

- Saber eso es valioso, sin duda...

- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad.
Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple
hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a
ser, ¡porque cada uno ya es!

- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

- Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se
corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...

- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...

- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas:
¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté...
Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr
el agua... y sentí ganas de llorar.

- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua!
Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo
dentro un dolor tan inmenso...

- ¿Tanto como eso?

- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los
animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi
madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias
y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

- ¿Qué pasó con su familia?

- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela.
Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el
maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba
de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba
ayudándome...

- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

- De que un par de años antes había pasado por el campamento
el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la
mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel
 libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de
 leerlo...

- Y lo logró.

- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

- ¡Un Tuareg en la universidad. ..!

-  Sí...

- ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se
pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco,
y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay
atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a
nadie!

- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor,
y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente
 al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul,
 rojo, amarillo, verde...

- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego
de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas:
allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra,
como es distinta cada cabra. Aquí, por la noche, miráis la tele.

- Fascinante, desde luego...

- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda
y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor...

- La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se
acompasan al pot-pot del hervor...

- Aquí tenéis reloj,…allí tenemos tiempo. 

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