"Amada mía": cartas de amor de grandes personajes de la historia

Hombres y mujeres célebres abrieron su corazón en cartas confesando amores a primera vista, pasiones no correspondidas, ansias secretas y deseos imposibles. Muchas fueron contestadas pero otras no siempre llegaron al amado. Leé un puñado de esos ardientes textos privados.

"Mujer leyendo", de Pieter Janssens.

Sólo el amor puede despertar emociones tan extremas como la pasión y el odio. Enrique VIII enloqueció por Ana Bolena antes de ordenar su muerte, Napoleón sufrió por el desdén de Josefina, Perón tuvo en Evita su “tesoro adorado”.

Simón Bolívar le escribía a su amante Manuela Sáez mientras entre batalla y batalla, Sigmund Freud le envió más de 900 cartas a Martha Bernays, Gabriela Mistral puso por escrito su pasión por el poeta Manuel Magallanes Moure en sus misivas, Pablo Neruda le envió centenares de arrebatadas epístolas a Matilde mezclando besos con encargos de comida y tabaco.

"Más que los besos, son las cartas las que unen las almas", escribió John Donne en el siglo XVI. En diferentes épocas y escenarios, los protagonistas de la historia han volcado por igual sus sentimientos, no siempre correspondidos, a través de cartas que demuestran que sólo el amor es capaz de desnudar el alma de hombres y mujeres, cualquiera sea su origen, edad o condición social.

"El poeta favorito", de Sir Lawrence Alma-Tadema (1888).

Manual para escribir cartas de amor

Verona, la ciudad de Romeo y Julieta, alberga el libro más antiguo sobre cartas de amor, un códice del siglo XII escrito por un clérigo llamado Guido. El texto, llamado Modi dictaminum, está en escrito en latín y sobre pergamino, y contiene consejos para todo tipo de cartas, entre ellas las de amor, que ocupan todo el cuarto capítulo.

Dichas recomendaciones van desde alabar la belleza de la amada comparándola con piedras preciosas hasta hacer referencia a versiones mitológicas de la pareja de enamorados, como Paris y Helena de Troya. Se enseña de esta forma tanto la manera en que la mujer debe escribir al marido como el modo en que deben hacerlo los amantes, cómo presentarse a la amada y cómo despedirse.

El autor aconseja también figuras retóricas que indiquen la incapacidad para expresar lo que se siente, como: "Cuán profundamente te amo no podría expresarlo con palabras, ni aunque todos los miembros de mi cuerpo pudieran hablar".

Despedirse con "tantos saludos como peces hay en el mar" o "como flores trae el verano", referirse a la amada diciendo que "vuestra belleza sabe", "vuestra dulzura conoce" y "ya es conocido a vuestra nobleza" o hablar de los momentos felices con expresiones como "el ánimo no soporta tanta felicidad" son otros de los consejos del manual.

Pero no todo en él es puramente platónico, sino que se alude también al amor físico: besos, abrazos y deseo. Para ilustrar sus enseñanzas, el clérigo utiliza ejemplos, entre ellos los de una epístola que podría ser, según los estudiosos, la primera carta medieval de amor de que se tiene constancia. En ella, un noble de quien sólo se conoce que su nombre empezaba por "G" escribe a su mujer, Imilde, desde la ciudad de Pisa.

En la misiva G. se dirige así a su esposa: "Tu afecto, amiga mía dulcísima, sabe que por el perfume de tu amor no me negaría a escalar montes o a atravesar a nado mares, e incluso afrontar peligros de muerte".

"Hombre leyendo una carta", de Gerard
Ter Borch (1680).
Los campeones del verso

Seleccionamos fragmentos de algunas cartas de amor cautivantes que se han escrito a través de la historia; cartas que hablan de amores a primera vista, amores no correspondidos, amores secretos, amores imposibles; cartas sin terminar y cartas que, incluso, no siempre llegaron.

"Mi corazón y mi persona se rinden ante ti suplicándote que sigas favoreciéndome con tu amor", escribió Enrique VIII a Ana Bolena en 1528, ocho años antes de que ordenara encerrar a su esposa en la Torre de Londres y decapitarla.

Entre batalla y batalla, Napoleón Bonaparte volcó su vena romántica en sus cartas a Josefina. “Mi dulce Josefina, ámame, que estés bien y pienses muy a menudo en mí”, escribió el emperador en agosto 1796. Más tarde le escribe: "Es imposible estar más débil y degradado. Vuestros pensamientos envenenan mi vida, desgarran mi alma". Un tono muy distinto al utilizado apenas un par de meses después: “No te amo, en absoluto; por el contrario, te detesto, eres una Cenicienta malvada, torpe y tonta. Nunca me escribes, no amas a tu marido”, se lamentaba. Quizá el desdén de Josefina le arrojó en brazos de María Walewska, a quien en una breve y arrebatada carta Napoleón confiesa: “No he visto más que a usted, no he admirado más que a usted, no deseo más que a usted”.

Algo similar sugiere la misiva que un domingo de 1868 escribió el poderoso zar Alejandro II de Rusia a Katia, su amante y futura esposa. "Hola mi ángel, te quiero más que a la vida y tu adorable carta de anoche, que vengo de recibir y de leer con pasión y con felicidad, me volvió loco", expresó Alejandro II.

"El hombre que escribe una carta", de
Gerard Ter Borch (1659).

La carta que  Juliette Drovet dirigió a Victor Hugo es directa y simple, en ella puede leerse: "Te quiero, ante todo y después de todo, te quiero, te quiero, te quiero". En cambio, el autor de Los miserables escribió un texto más elaborado para otra amante, Léonie d´Aunet, el 9 de julio de 1843.  "¡Oh! ¡Piensa en mí! ¡Quiéreme! Sueña con el último minuto cuando nos vimos y el primer minuto cuando volveremos a vernos", expresó Victor Hugo. Y agregó: "¡Oh Dios mío! ¡Que es largo, y necesito verte! Ángel dulce, fija tus ojos adorables sobre mí. De aquí los sentiré. Esto me recalentará el alma. Te quiero. ¡Eres mi vida! Hasta el jueves, ¡oh qué largo es!".

No menos arrebatado parece Lord Byron en su relación con Caroline Lamb, una dama de la alta sociedad pero casada con otro: “Prometo y juro que ninguna otra, de palabra y obra, ocupará jamás el lugar en mi afecto, que es y será el más sagrado para ti, hasta que yo sea nada”. Las promesas de Lord Byron se desvanecieron rápidamente a juzgar por su correspondencia con la joven Teresa Guiccioli, a quien confiesa un “amor apasionado” y en cuyas manos pone su destino con la promesa de que “nunca dejaré de amarte”.

Pero si de pasión se trata, Oscar Wilde superó a Byron: “Niño mío”, comienza una de sus cartas a lord Alfred Douglas, “es una maravilla que esos labios de pétalo de rosa rojos tuyos sirvan igual para la música del canto que para la locura del besar”.

Se enamoró a los 25 años de Martha Bernays, una amiga de su hermana y llevó un romance victoriano. Él era muy tímido y no tenía experiencias sexuales. Freud la vio seis veces en cuatro años, pero le escribió más de novecientas cartas de amor, donde la llamaba "princesita".

"Mujer leyendo", de Henri Emile Benoit
Matisse (1894).

Te quiero y te amo y te necesito

Las cartas que Antoine de Saint-Exupéry dirigió a su último gran amor son desgarradoras. La mujer, una joven de 23 años, casada y embarazada, cuyo nombre fue mantenido en reserva, nunca correspondió la pasión de Saint-Exupéry, quien desesperado por los desaires le envió un sombrío último texto en mayo de 1944.

"No hay más Principito, hoy día ni jamás. El Principito está muerto o se volvió totalmente escéptico. Un Principito escéptico no es más un Principito. Estoy resentido con usted por estropearlo", escribió.  "No habrá más cartas, teléfono ni señal. No fui prudente ni pensé que arriesgara pena, pero me lastimé en el rosal cogiendo una rosa. El rosal preguntará: ¿Qué importancia tenía para usted? Ninguna, rosal, ninguna. Nada importa en la vida. No más vida. Adiós rosal", agrega. 

Dos meses después de escribir esto, Saint-Exupéry desapareció misteriosamente para siempre cuando pilotaba un avión sobre Francia, en una misión de reconocimiento durante la Segunda Guerra Mundial.

"Te amo únicamente a ti, no tengo nada; ni capacidad, ni inteligencia, nada, nada, tengo el amor. Es terrible. Y es por eso que si te perdiera me perdería a mí misma y ya no sería entonces Gala, sería una pobre mujer como hay miles y miles.Tienes que comprender que no tengo nada mío, tú me posees enteramente. Y si me amas cuidarás preciosamente tu vida, porque sin ti sería como un sobre vacío", le escribió Gala a Paul Eluard, su esposo, casi las mismas palabras que luego le dirá a Dalí.

James Joyce le aseguraba a Nora Barnacle: "No volveré a separarme de ti nunca. No sólo deseo tu cuerpo (como sabes) también deseo tu compañía. Sálvame y ampárame. Soy tu niño y debes ser severa conmigo, madrecita mía. Castígame cuando gustes, me gustaría que me dieras una bofetada, que me azotases incluso".

"Katia Lisant", de Balthasar Klossowski de Rola (Balthus).

Besos de tinta

En un estilo más directo y simple,  también se puede declarar el amor, como lo hace en un telegrama  Nathalie Paley al poeta y dramaturgo Jean Cocteau, que apenas dice: "Yo también, mi amor, en todas partes y siempre".

"Te adoro, Manuel. Todo mi vivir se concentra en este pensamiento y en este deseo: el beso que puedo darte y recibir de ti", le escribe Gabriela Mistral al poeta chileno Manuel Magallanes Moure destinatario de sus ardientes cartas donde la Nobel desnuda su corazón y su alma.

"Mujer leyendo", de Pablo Ruiz Picasso
(1935).

De todos los amores de Pablo Neruda, el de Matilde Urrutia fue quizá el más intenso y prolongado. Una pasión encendida y secreta al principio, cotidiana y doméstica al final. El tumultuoso poeta no se priva de nada al escribirle a su “Chascona”, a su “cochina Patoja”.

Y mientras en una carta de octubre de 1951 le dice: “Yo pienso en ti día y noche, noche y día, amor mío, dulce mía, y no sé si te quiero pero te quiero. Eres mía y te beso”, en diciembre de ese mismo año la increpa: “Yo confío en tí, y aunque no tenga sino tu silencio qué me importa, (…) sé que eres mía y que soy tuyo y las cartas y las noticias sobran, nuestro amor llena todo, y cada cosa te hablará de mí a toda hora, y todo me trae noticias tuyas.  Te quiero mi amor, no seas perra, espérame. Tu Tuyo”. 

En otra misiva grita amorosamente: “No eran celos, amor, sino exigencia de tu plenitud, de tu totalidad. Ahora ya te he arado entera, te he sembrado entera, te he abierto y cerrado, ahora eres mía. ¡Para siempre!”.

Más comedido, Truman Capote comparte con Newton Arvin sus emociones durante una estancia en Grecia, en 1958, pero no quiere presionarle: “No te molestes en contestar mis cartas, querido Sige. Sólo quiero que sepas que pienso constantemente en ti, y que aquí estoy para cualquier cosa que necesites. Como siempre, y por siempre jamás”. Poco después, sin embargo, Capote recrimina a su amante su falta de interés y sustituye el “por siempre jamás” por un simple “con todo mi afecto, recibe un abrazo”.

Las  cartas que intercambió la cantante Edith Piaf con su amante, el boxeador Marcel Cerdan, son emocionantes. En 1949, cuando Cerdan preparaba una pelea en Nueva York contra Jake La Motta, Piaf le envió una carta de amor desde París, sin firmar para evitar que su manager la confiscara.  "Es raro. No tengo reflejos, ni ideas, nada. Me parezco a alguien que espera un acontecimiento. En el lugar de mi corazón existe una angustia, una pena. ¡Mi amorcito, mi amorcito cómo te quiero, es una locura e inquietante!", escribió.

"Habitación de hotel", de Edward
Hopper (1931).

Más allá de la política

Aunque no sólo reyes, emperadores y escritores han llorado por amor. También los políticos han dejado testimonio de sus cuitas con muy distintos estilos, pero siempre desde el apasionamiento.

Las ingenuas cartas de María Guadalupe de la Cuenca a su esposo Mariano Moreno tuvieron la dolorosa particularidad de que él nunca las leyó porque el revolucionario murió en alta mar mientras ella las escribía: “Ay Moreno de mi corazón: No tengo vida sin vos, se fue mi alma, y este cuerpo sin alma no puede vivir y si quieres que viva venite pronto, o mandame llevar. No me consuela otra cosa más que cuando me acuerdo las promesas que me hiciste los últimos días antes de la salida, de no olvidarte de mí, de tratar de volver pronto, de quererme siempre, de serme fiel, porque a la hora que empieces a querer alguna inglesa adiós Mariquita”.

En su abundante correspondencia amorosa con Manuela Sáez, Simón Bolívar es capaz de olvidarse de la política. “Sí, te idolatro hoy más que nunca jamás. Al arrancarme de tu amor y de tu posesión se me ha multiplicado el sentimiento de todos los encantos de tu alma y de tu corazón divino, de ese corazón sin modelo”, le escribe en 1825.

Muy diferentes son las cartas de Perón a Eva Duarte, su “tesoro adorado” y su “chinita querida”. Un sentimiento plenamente correspondido por Evita, que promete a su “Juancito” amor eterno y adoración desde el cielo porque “yo vivo en ti, siento por ti y pienso por ti”.

Franz Kafka le escribe a Milena una bellísima frase que bien sirve para cerrar esta nota: "Las cartas de amor son una relación con fantasmas: los besos escritos no llegan a destino, son bebidos por los fantasmas por el camino".

Fuentes: 108 cartas de amor, de Valeria Cipolla; Cartas de amor, de Pablo Neruda; Cartas de amor y desamor, de Gabriela Mistral; Breve tratado de la pasión, de Alberto Manguel; Antología del amor apasionado, de Varios Autores; 99 cartas de amor, de Varios Autores.

Patricia Rodón

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11 de Diciembre de 2016|03:33
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