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Messi intenta gambetear la locura en Suiza

En Ginebra, mientras la Selección argentina espera el cotejo de mañana contra Portugal, su máxima estrella logró salir por algunas horas de la asfixia que a veces le genera tanta idolatría.

Quizás este viaje a Suiza le cayó como anillo al dedo a Lionel Messi. El crack de Barcelona estaba atravesando uno de los niveles de mayor exposición por culpa de sus goles, obviamente, y no de una personalidad que cultiva el perfil bajo. La gente por las calles de esta ciudad lo reconoce, es cierto, se arrima cada tanto para pedirle un autógrafo, pero nada que ver en comparación con la locura que genera en cada parte del mundo donde pone un pie en tierra. Ubicado en el quinto piso del hotel La Reserve, sobre la Route de Lausanne 301, se puede asomar por la ventana y ser uno más, como pretende. La vista le entrega un verde entusiasta en plantas y árboles, que le presentan batalla al frío y se resignan en caer, aunque son la excepción a la mayoría de lo que se observa por aquí. Los cinco grados bajo cero que empujan por la noche potencian el efecto refugio que Leo siente por estos lados, bien cerca de su DT preferido para este ciclo del seleccionado y rodeado con compañeros de buen pie.

La organización del amistoso con Portugal tomó todos los recaudos, desde poner a 12 guardias para protegerlo en la llegada al aeropuerto a estar constantemente pendiente de sus necesidades, pero él no pide grandes cosas. Disfruta con sólo ponerse la camiseta argentina, jugando un partido de PlayStation con sus compañeros, mirando por TV la victoria del seleccionado Sub 20 ante Brasil, sintiendo que en algún momento él fue parte de esa formación.

El día después de los tres goles a Atlético de Madrid, Batista decidió que Messi se quedara en el hotel, pero ayer sí fue a entrenarse con todo el plantel (también se sumaron Ferrnando Gago, Ever Banega y Ángel Di María). Y cuando llegó al predio de la UEFA, otra vez fue puesto en un foco de privilegio, ahora por Michel Platini, presidente de la Unión Europea, quien tuvo unas palabras elogiosas, lo felicitó por todos los logros obtenidos hasta aquí y también le regaló la pelota de la Champions League 2009, esa con la que Messi le convirtió un gol a Manchester United en la final disputada en Roma. Después, como si nada, Leo ingresó de regreso en el hotel con balón bajo un brazo y los botines en la otra mano.

¿Por qué se dijo que este viaje le llegó en el momento justo? Porque debió afrontarlo en medio de una gran explosión mediática, dueño de miles de premios y más récords quebrados de los que alguna vez se habría imaginado. Y en Ginebra, como puede ser Zurich, Basilea, o cualquier otra ciudad suiza o alemana, camina tranquilo, sin sobresaltos.

Alguna vez fue el propio Roger Federer quien sufrió el respeto en su propio país. No es indiferencia, es una forma de vida. Y ahora Messi está entre calles que transitan casi 200.000 habitantes, de los cuales la mayoría se centra en una altísima calidad de vida (según los últimos registros), que destinan el 20% de su presupuesto en cultura (bibliotecas, teatros), movimientos marcados por la puntualidad de sus relojes y que le dan tanta importancia a la salud como a los 20 museos que decoran su arquitectura. Pero para ellos la vida pasa por otro lado, más allá de querer disfrutar el miércoles de un partido de fútbol o del duelo europeo entre Leo y Cristiano.

Hace tiempo que juega con una carga de elogios y presiones, pero él parece adaptarse cada vez más a eso. La última polémica explotó antes de venir, cuando mientras Quique Sánchez Flores, DT de Atlético de Madrid que lo sufrió el sábado pasado, lo definía como el "Alfredo Di Stéfano del siglo XXI", Jorge Valdano, manager de Real Madrid, lo negaba y decía que ese calificativo le cae mejor a Cristiano Ronaldo, con quien compite (siempre compite por algo y eso también es meritorio) por ser el Pichichi de la Liga española. Como están cabeza a cabeza con 24 goles cada uno, Mourinho tiró otra chicana para nivelar la balanza: "A Ronaldo le pegan más. Contra otros (por Messi) los rivales se desvían, tienen miedo de meter el pie y nadie lo toca".

De vuelta viaja al extremo cuando Sergio Batista, tomando un café en el lobby del hotel La Reserve, insiste: "Messi no necesita ganar un Mundial para demostrar que es el mejor del mundo". Leo es el mismo que puede tener muchísimas ganas de quedarse como el más goleador de todos los tiempos del Barcelona, el que conquistó por segunda vez consecutiva el Balón de Oro, el que no necesita mandar mensajes con declaraciones explosivas, el que pretende relegar a Ronaldo y su individualismo a un segundo plano, como aquel que es multado con pagar 2000 euros por festejar un gol mostrando una leyenda "feliz cumple mami" debajo de la camiseta del Barca o el que invierte tiempo en solidaridad, visitando a Soufian, un chico de 10 años a quien debieron amputarle las piernas por padecer el síndrome de Laurin-Sandrow.

Teniendo en cuenta que hasta Maradona se rinde ante su calidad, sabiendo que a futuro puede llegar a superarlo, que hasta Grondona opina que es mejor que Pelé, Maradona, Cruyff y Di Stéfano, él pretende ser uno más, aunque no en todos los lugares pueda darse el gusto de gambetear la asfixiante idolatría. Sea como fuere, ayer Esteban Cambiasso, uno de los jóvenes más veteranos que tiene esta nueva selección, lo definió muy bien: "No sé si será difícil ser Messi. Lo único que sí está claro es que ser Messi Lionel lo lleva dentro y fuera de la cancha con una naturalidad admirable".

1000 entradas es el remanente que aún no se vendió para el partido de mañana y que se pondrá a la venta en el estadio de ginebra desde algunas horas antes del choque

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22 de noviembre de 2017 | 14:39
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