Un whisky, una novela de crímenes

Dicen que nada le hacía más feliz que tener entre manos un whisky y una novela de crímenes que aún no hubiera leído. Junto a su cama, donde se pasó buena parte de sus últimos años, las novelas del género se amontonaban por decenas. Buscaba las buenas, como cualquiera, pero no le importaba leer todas las demás. "La mayoría de las que ve ahí son malas, pésimas, pero me las he leído todas", le confesaba a alguien que acudió a entrevistarlo en su domicilio madrileño en la década de los 80.

Él las llamaba novelas policiales. Nunca policiacas, o negras, como se suele por estos pagos. Persistía en esa palabra que remitía a su Río de la Plata, donde se había hecho escritor y donde, de Montevideo a Buenos Aires y de Buenos Aires a Montevideo, pasó una buena parte de su existencia. No se excusaba por su vicio, como lo calificaba ("no escribo para comunicarme, sino porque tengo el vicio de escribir, como también es mi vicio leer"), aunque tampoco se privó de invocar argumentos de autoridad para justificarlo. Como el del Premio Nobel Pablo Neruda, cuya viuda declaró en cierta ocasión que antes de irse de viaje siempre le pedía que le llenara una maleta de novelas policiacas. O el de André Gide, que reivindicaba a Georges Simenon como uno de los mejores escritores en francés del siglo XX.

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