Cristina, entre los fantasmas y los búmeran

Mezcla de búmeran y fantasma. Hugo Moyano es sin duda el máximo exponente de esa explosiva alquimia que el kirchnerismo convirtió en marca registrada en los últimos años. Néstor Kirchner en su momento (y ahora la Presidenta) conocía bien el arte de entronizar y fortalecer dirigentes que luego se volvían verdaderos lastres. En los últimos días, Moyano se ratificó a sí mismo como uno de los personajes que con más fuerza amenazan al mismo gobierno que los ayudó a crecer

Mezcla de búmeran y fantasma. Hugo Moyano es sin duda el máximo exponente de esa explosiva alquimia que el kirchnerismo convirtió en marca registrada en los últimos años. Néstor Kirchner en su momento (y ahora la Presidenta) conocía bien el arte de entronizar y fortalecer dirigentes que luego se volvían verdaderos lastres. En los últimos días, Moyano se ratificó a sí mismo como uno de los personajes (armas de doble filo, más bien) que con más fuerza amenazan al mismo gobierno que los ayudó a crecer.

El imperio de Moyano es antiguo, pero experimentó su máxima expansión bajo el paraguas protector del kirchnerismo. El camionero hizo trizas el triunvirato con el que Kirchner había amagado democratizar la CGT y se quedó, solo y sin contrapeso, con la secretaría general de la central obrera en 2004.

Desde entonces, ensanchó sus dominios con una herramienta clave: la multiplicación de los afiliados a su gremio. Los conflictos por el encuadramiento de trabajadores se volvieron habituales. "Todo lo que vaya sobre ruedas es de Moyano", fue (y es) la premisa. El camionero fogoneó conflictos con todos los sindicatos que agrupan a conductores, desde recolectores de residuos y transportadores de combustible, hasta repartidores de diarios. A la par del padrón de afiliados vio agigantarse la caja de las obras sociales sindicales, que este año recibirán 1000 millones de pesos.

En la última semana, la esquizofrenia de la relación entre Moyano y la Casa Rosada quedó al descubierto con más crudeza que nunca. Mientras el puerto de Rosario seguía paralizado, la Presidenta retó desde el atril a los gremialistas que "tensan la cuerda". Como otras veces, pidió "responsabilidad" en el momento de sentarse a la mesa de la negociación salarial, pero en esta oportunidad quedó claro que también le hablaba a Moyano. Y no sólo porque el camionero apoyó abiertamente el bloqueo portuario, sino porque, con insistencia renovada, tanto él como sus laderos volvieron a advertir que calcularán la nueva pauta salarial según "la inflación del supermercado" y no con las inverosímiles cifras del Indec. El desafío está planteado. La ansiedad que impone el año electoral promete agigantarlo.

Moyano actúa a esta altura como un fantasma, una amenaza frente a la que conviene equiparse. Y no sólo para el Gobierno. Los empresarios pusieron el grito en el cielo, tanto ante la perspectiva de ir a paritarias sin termómetro, como frente a la designación de jueces de estrecho vínculo con el mandamás de la CGT en el estratégico fuero laboral.

Moyano ha demostrado ser un desafío hasta para los presidenciables. No hay un solo dirigente de los que aspiran a suceder a Cristina Kirchner que no haya hablado en público de cómo encararía "el tema Moyano". La estrategia para lidiar con el camionero se convirtió en una categoría sui generis en las plataformas, mediáticas al menos, de los candidatos.

Pero si de puja salarial se trata, corresponde posar la mirada también sobre Guillermo Moreno, otro ejemplar del "mundo búmeran" que echó raíces en la era kirchnerista. El secretario de Comercio Interior es la cara visible del fracaso de la política oficial contra la inflación. Porque si hay algo que alienta las expectativas inflacionarias (y con ellas la presión de los gremios y la remarcación de precios "por las dudas") es no tener estadísticas creíbles de las que partir para pactar salarios. La desaparición de cifras oficiales de inflación confiables es el legado más destructivo de Moreno. Es también el obstáculo mayor para mantener la discusión salarial en los "carriles de racionalidad" que pretende Cristina Kirchner.

Además, en la última semana, Moreno volvió a dar cuenta de su atracción por las contradicciones. Exigió a las consultoras privadas que miden la inflación (y que proliferaron justamente a partir de la debacle en el Indec) que revelen su metodología. Reclamó ni más ni menos que la misma información que él no quiere dar respecto del organismo oficial de estadística.

El nivel de detalle de los datos requeridos (las preguntas van desde la localización geográfica y cantidad de locales relevados hasta la fuente de información y el modo de selección de los lugares donde se toman los precios) llama la atención, aunque está basado en la ley de lealtad comercial. Si el Indec revelara los mismos datos estaría violando el secreto estadístico.


No fue la única "aventura" con la que Moreno descolló esta semana. La aplicación de la ley de abastecimiento para Shell y Techint, y la orden de revocar los aumentos para Cablevisión demuestran que su poder está intacto. Pese a la resistencia que genera en una parte del gabinete, Cristina Kirchner no tiene en mente reemplazarlo. El secretario es a esta altura el funcionario que más veces caminó por la cornisa. También el que demostró una capacidad de supervivencia que muchos envidian.

La entronización de criaturas a la vez útiles y peligrosas tiene una historia larga. Es antigua incluso para el oficialismo. En 2003, Kirchner convirtió a Luis D'Elía en la cara de la política oficial ante la protesta callejera. Aumentó su predicamento en el universo piquetero con dinero, cargos y estructura. Siete años más tarde, está claro que la no represión como única manera de contener el conflicto social no sólo es insuficiente, sino que también puede producir (produjo en realidad) resultados nefastos. D'Elía ya no pisa la Casa Rosada. Pero los principios de la política que lo tuvo como adalid y protagonista están bien en pie.

Tres actores centrales de la escena política de los últimos años. Tres productos de una manera de concebir y ejercer el poder que promete dejar huella.
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19 de agosto de 2017 | 08:31
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