Las pirámides no tienen quien las mire

De la carta al libro, las revoluciones se gestaron primero en un texto. La demanda popular en Egipto provocó que el gobierno bloqueara el acceso a Internet y a las redes sociales, es decir, censuró el hipertexto, una de las grandes fuerzas de nuestra historia social, política y cultural del siglo XXI.

Primero fue Túnez, hoy Egipto. A ellos se les suman las protestas que están teniendo lugar en varios países del Medio Oriente.

Como siempre en todas las revoluciones, las primeras voces airadas contra sus gobernantes fueron texto; inicialmente bajo el formato de cartas, panfletos incendiarios o explícitos graffitis, luego pasaron a tomar la forma de un libro provocador o de una canción de protesta. Esta rabia rumiada entre tinta y grito más tarde se transformarían en noticias y notas de opinión o de análisis en los diarios.

Ahora las airadas voces fueron hipertexto: en todos los casos que tienen al mundo en vilo, mientras las grandes potencias especulan cuidando sus intereses, las redes sociales fueron el escenario emocional primero y político después para ejercer la libertad de expresión, para gritar el hartazgo ante las dictaduras, para reconocerse, convocarse, aunar voluntades y salir a la calle a manifestar el descontento generalizado.

Tras 23 años en el poder el ex presidente tunecino Ben Ali abandonó el poder a causa de las revueltas populares autoconvocadas a través de Facebook y Twitter. Ayer, un millón de personas colmó las calles de El Cairo para pedir la renuncia del presidente Hosni Mubarak quien desde hace tres décadas se mantiene en el poder.

La demanda popular no sólo no lo intimidó sino que fue por más: bloqueó el acceso a Internet y a las redes sociales como Twitter y Facebook que los manifestantes habían utilizado para organizar sus reuniones. Es decir, bloqueó los textos.

Siempre se trata de impedir la circulación de ideas, generalmente, de buenas y nuevas ideas. La Iglesia Católica a través de la Inquisición instauró su famoso Index de libros prohibidos; la Revolución Francesa no hubiera tenido lugar sin los textos de Descartes; las revoluciones que condujeron a las independencias latinoamericanas empezaron a forjase en hojas sueltas y reuniones y los intentos de acallarlas costaron múltiples vidas, por citar apenas un puñado de hechos.

Todas las dictaduras, más o menos disfrazadas, recurren a la censura previa, al control de los medios de comunicación tradicionales -ya sea la prensa escrita, la radio, la televisión-, para silenciar las críticas, desactivar a los opositores, minimizar el disenso y omitir la discusión.

Pero en el caso de Internet, este lugar donde lo que se impone es la pluralidad, donde todos podemos escribir –decir- en blogs, correos electrónicos o videos lo que pensamos sin ningún tipo de filtro, donde las redes sociales se han convertido en verdaderos canales de comunicación y de encuentro, el apagar el “botón” de la red tendrá consecuencias que nadie puede prever, porque la palabra escrita, el texto, o en este caso, el hipertexto, es una de las grandes fuerzas de la historia social, política y cultural del mundo tal como lo conocemos.

Mientras se desarrolla esta crisis, los miles de bellos textos jeroglíficos egipcios no tienen quién los admire ya que se ha cerrado el acceso a las milenarias pirámides de la meseta de Giza y la Esfinge observa enojada cómo hasta la primordial arena del desierto se retuerce ante la estupidez de quienes gobiernan en la somnolencia desoyendo la voz de las personas y subestimando su capacidad de acción.

Patricia Rodón

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10 de Diciembre de 2016|23:26
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