Macri, entre chicanas y teorías conspirativas

Gabriela Michetti, diputada nacional, y Horacio Rodríguez Larreta, jefe de gabinete de la ciudad, en veredas enfrentadas. El agua y el aceite, como define uno de los protagonistas a puertas cerradas, se esfuerzan en maquillar una convivencia obligada que de buena tiene poco y nada. Y que recrudece, más aún, en las líneas de mandos medios donde se activan las estrategias para ganar terreno, tener la suficiente exposición mediática y, al fin de cuentas, sacarse ventaja.

Es el "ser o no ser" jefe de gobierno porteño lo que hoy desvela y distancia a dos políticos del Pro en plena disputa por la herencia de "candidato"que en contadas semanas definirá Mauricio Macri. Sostenida rivalidad nutrida de desencuentros, chicanas y teorías conspirativas que ubica a Gabriela Michetti, diputada nacional, y a Horacio Rodríguez Larreta, jefe de gabinete de la ciudad, en veredas enfrentadas. El agua y el aceite, como define uno de los protagonistas a puertas cerradas, se esfuerzan en maquillar una convivencia obligada que de buena tiene poco y nada. Y que recrudece, más aún, en las líneas de mandos medios donde se activan las estrategias para ganar terreno, tener la suficiente exposición mediática y, al fin de cuentas, sacarse ventaja.

Si de números se trata, argumento decisivo para la elección que hará Macri, Michetti siempre lideró las encuestas en cuanto la preferencia de la gente en una futura contienda electoral. Diferencia que en un principio fue muy clara, pero que en el último año se acortó a fuerza del trabajo silencioso que su oponente partidario ofreció para cumplir su máximo deseo: gobernar la ciudad. Hoy, Michetti y Larreta se miran de reojo. Comparten encuentros ocasionales, se entregan en público decoro y cordialidad, pero su desconfianza hacia el otro es mutua. No se reúnen a solas ni comparten convites familiares, como antes lo hacían. Sostienen, en definitiva, que ya no podrían trabajar juntos. Es cierto: si el proyecto del macrismo es lo único que los convoca, habrá que decir que sus ideales, sus intereses, sus equipos, sus metodologías y sus estilos, hoy los distancia.

Michetti, idealista y carismática, llega a la gente con un discurso cercano y coloquial. Tiene su plan y su proyecto de una ciudad integradora. Algo recluida y olvidada en una banca de diputados, volvió a resurgir en la escena mediática, tal vez, por el crecimiento de su rival. Desde hace tiempo Rodríguez Larreta -valorado internamente por su "eficiencia" y su dedicación full time, aunque con menor popularidad- elige cuanta inauguración crea conveniente para hacer sus apariciones públicas y así posicionarse. Mal no le fue: logró crecer en imagen positiva y apuesta a ganarse el título de candidato manteniendo la actual línea de gestión y al 75% de la gente que hoy rodea a Macri. Lo cuirioso: ambos precandidatos se convencieron de que serán los elegidos.

En tren de chicanas, los michetistas hilvanan una teoría conspirativa sobre Larreta: dicen que "boicotea" a su jefa política recortando presupuestos a funcionarios que están de su lado, como por ejemplo los ministros Diego Santilli y Guillermo Montenegro. Larreta lo desmiente. Y sus seguidores, por caso, contraatacan: sostienen que Michetti no está capacitada para gobernar porque no es una funcionaria "ejecutiva" a la que le guste ponerse al frente de un equipo de trabajo. Internas, que le dicen. Y disparidades hay de sobra. Otra: los números. Los larretistas muestran encuestas de una consultora importante en la que Michetti lleva una ventaja sólo de 5 puntos sobre el jefe de gabinete. Los michetistas, en cambio, hablan de que la diferencia es mayor: 12 puntos. Macri tiene la suya, según pudo saberse, y reza de una ventaja a favor de Michetti de dos dígitos.

Con el tiempo que apremia, y con Macri sin hacer mueca alguna que permita descomprimir esta contienda, la interna se potencia según pasan las horas. Si hasta obligó a los asesores del jefe de gobierno a marcar los límites de la prudencia para que la disputa no embarre y relegue la gestión. Esa sería, en definitiva, la peor secuela que pueda sufrir el vecino, ajeno a pujas políticas que en nada cada cambian su vida cotidiana. Muy por el contrario.
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19 de agosto de 2017 | 03:00
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