¿Más tiempo para el Gobernador?

Casi con desprecio, Mendoza amenazó con debatir la posibilidad de reformar su Constitución. La intención: poner en discusión si realmente sirve que un gobernador esté en su silla sólo cuatro años, o si puede acceder a un nuevo mandato.

No lo hicimos a fondo. La iniciativa está allí, en donde debe estar, pero el liderazgo es un bien que escasea por estas pedregosas tierras. A veces, el paisaje nos confunde y nos vuelve tan inertes como esas toscas del desierto.

Mientras tanto, “patalarrastras”, nos quejamos de la falta de planificación, de la ausencia de proyectos a largo plazo, del factor sorpresa con el que se gobierna a ritmo de ocurrencias o lo que es peor: de emergencias.

Pero no está muerto quien pelea. ¿Nos resignaremos, sin más, a la condena de ser así de duros como esas piedras? ¿O vamos a decidirnos a pegar un nuevo salto fundacional para la Mendoza quieta, como pasó hace tiempo, cuando supieron horadar la roca y desarmar cascotes a baldazos para transformar el desierto en vergel.

Hay varios problemas que superar, pero el primero es la testarudez a reformar aquello que nos pone límites. Si así fuera, ¿por qué no aceptar que cuatro años de gestión para un equipo de gobierno son nada, cuando no se le permite la posibilidad de continuar?

En el período de gobierno establecido por la Constitución mendocina, quien llega no tiene tiempo de encaminar un proyecto serio. La historia nos demuestra que se empieza de cero o de “menos diez”, buscando y armando equipos, se da por tierra con lo hecho por el gobierno anterior sin dar explicaciones (y, por cierto, con pocos que las pidan por falta de cultura política) o se continúan tenuemente, por inercia, aquellas cosas indiscutibles. En ninguna de estas tres opciones aparece –¡porque no hay tiempo, no se puede realmente!- la posibilidad de un replanteo de qué debe producir Mendoza en el campo y en sus industrias, qué servicios necesita o tiene potencial para ofrecer y qué recursos humanos hay disponibles o hay que formar.

Así, se vive un eterno déjà vu . Volvemos a empezar y la historia del cambio de gobierno -30 años después de recuperada la democracia- se ha vuelto más una remake que un desafío.

¿Podemos pensar en otras opciones, siquiera? Cuándo hablamos de reelección del Gobernador: ¿puede la dirigencia política hablar de “los peligros de la corrupción que ello generaría” cuando son la materia prima del poder?

Empecemos de nuevo. Si aceptamos que la realidad nos aburre y que es la falta de horizontes lo que empuja a mucha gente a desinteresarse de la cosa pública y a muchos jóvenes a vivir el día a día como un sinsentido violento, ¿por qué no pensar en otras alternativas? Un mandato más largo, seis años, con posibilidad de revocar el mandato en caso de que la sociedad considere que se está incumpliendo con el mandato popular, es una de las alternativas.

Los conservadores saben que se anotan un único triunfo cada vez que compiten en este rubro: siempre consiguen que la Constitución se quede como está. Esa foto ajada de otros tiempos los subyuga, como la letanía de tiempos en los que todo, para ellos, era mejor.

Pero hoy, países tan disímiles en el ejercicio de la política como Colombia y Venezuela poseen alternativas que le permiten a sus sociedades participar más activamente y con mayor periodicidad. En el primero, los partidos deben presentar un programa de gobierno en los municipios y estados, según su Constitución de 1991. Si los responsables de llevarlo adelante no lo cumplen, pues bien, deberán abandonar el cargo. Venezuela posee la revocatoria de mandatos. También Bolivia, con su nueva Carta Magna y hasta la Ciudad de Buenos Aires.

 
Está el surtido de posibilidades y también, las instituciones que remedian las enfermedades que pueden alterar la salud de la democracia. La cuestión es no tenerle miedo a la posibilidad de crecer, de cambiar, de proyectarnos como provincia.
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19 de septiembre de 2017 | 21:52
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