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Aquí las enseñanzas que deja el tercer Dakar en Argentina

Después de 9.500 kilómetros recorridos de rutas, caminos de piedras, vados, dunas y desierto, este tercer rally Dakar Argentina-Chile deja algunas enseñanzas que vale la pena repasar.

Después de 9.500 kilómetros recorridos de rutas, caminos de piedras, vados, dunas y desierto, este tercer rally Dakar Argentina-Chile deja algunas enseñanzas que vale la pena repasar.

Primera: el Dakar no es un rally como el de los de campeonatos mundiales que se corre hace años en Argentina, en especial en Córdoba. Es un "rally de raid", con mayores dificultades, jornadas más largas y tramos especiales que no duran unas decenas, sino cientos de kilómetros.

No es un latiguillo eso de "la prueba más exigente del mundo". Ni eso de que sea peligrosa, si se cuentan los incidentes que varios pilotos han tenido, el más grave el protagonizado por el argentino Eduardo Amor, quien tras terminar la especial en Fiambalá durante la madrugada, chocó en el enlace a un automovilista que murió poco después.

Segunda: el "espíritu Dakar" tampoco es pura leyenda ni una consigna de marketing. Muchos competidores de primer nivel, sobre todo los de moto, rechazan privilegios durmiendo en carpas propias y cerca de sus máquinas al igual que el aficionado con menos recursos, y muchos ayudándose entre ellos, es algo habitual.

Un ejemplo fuerte: en la cuarta etapa el español Marc Coma (KTM), en plena lucha por el título, detuvo su marcha junto a otros pilotos para ayudar al francés Oliver Pain, que se había caído de la moto y estaba con el brazo roto.

Tercera: la resistencia de las máquinas, que sufren vuelcos, calentamientos, roturas de piezas y mangueras, golpes en los trenes delanteros y pinchazos es importante para avanzar, pero lo mismo puede decirse de la resistencia física para afrontar cientos y cientos de kilómetros en el medio del polvo, de los ríos o del desierto.

Los saltos dentro del auto se sienten como latigazos y los cambios de temperatura son abismales. Van desde los tres grados bajo cero hasta los cuarenta, como ocurrió en la décima etapa en la que los pilotos cruzaron la Cordillera por el Paso de San Francisco con temperaturas bajo cero y llegaron a Fiambalá con un calor abrasador.

La disciplina de descanso que se imponen los pilotos en cada noche de campamento habla también de eso, lo mismo que sus rostros cada vez más marcados.

Cuarta: a diferencia de otras competencias automovilísticas, incluso si contamos las apasionadas de Turismo Carretera que todavía disfrutamos en Argentina en circuitos cerrados, en el Dakar el público "juega" más directamente año tras año.

El clima que pusieron aficionados y fanáticos desde Buenos Aires, con muy pocos desbordes, volvió a darle un tremendo impulso al ánimo de los pilotos, aficionados o profesionales con gran experiencia. Y en algunos casos un litro de aceite o de combustible, o una indicación a tiempo en un camino desconocido.

Aunque el que se llevó los aplausos fue el dueño de aquel 147 naranja furioso que terminó con Robby Gordon al volante tratando de sacar a su Hummer, del mismo color, de un barranco.

Quinta: en el Dakar no hay que dar nada por hecho. Puede que un piloto que haya sumado varias etapas y sea el puntero, o esté encima de su principal adversario.

Sin embargo, en esta competencia, donde las especiales son largas en muchos casos, y extremadamente complicadas desde todo punto de vista, un pequeño inconveniente puede dejar a un competidor con las manos vacías, como hoy le ocurre a Carlos Sainz, o convertirlo en ganador inesperado, como pasó con el sudafricano Giniel De Villiers en 2009. Por eso en este rally no valen demasiado los pronósticos y nunca mejor dicho el refrán No está muerto quien pelea.

Sexta: acostumbrados al exitismo y a competencias como las de Fórmula 1 o categorías nacionales, cualquiera se puede tentar con valorar sólo a los que van punteros.

Sin embargo, el Dakar y sus terribles exigencias enseñan, como en el ciclismo, que el sólo hecho de completar una etapa es toda una conquista para equipos y pilotos.

Claros ejemplos de eso fue la entereza y perseverancia de Emiliano Spataro y Juan Manuel Silva, que con un buggie, en solitario y que no levanta más allá de los 120 kilómetros por hora, soportaron todo tipo de penurias en el desierto, incluso el chaqueño pasó la noche entera y perdido para luego regresar al vivac y volver a largar.

Por eso, aquellos que lleguen a Buenos Aires mañana habrán sacado chapa de "gladiadores", sin importar cómo quedaron en las posiciones finales.
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8 de Diciembre de 2016|16:02
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