María Elena Walsh: "La vida es muy triste sin diccionarios"

La entrevista fue realizada en 2004 por la revista Ñ de Clarín. De un lado del grabador, Ezequiel Martínez; del otro, María Elena Walsh.

Rara, ¿como encendida? Hace rato que María Elena Walsh mantiene a fuego moderado la fogata con que avivó textos como Desventuras en el País-Jardín de Infantes (1979) o La pena de muerte (1991), que ya son un hito en la historia del periodismo argentino y que en su momento pusieron al derecho este reino del revés con el que convivimos los argentinos. ¿La procesión va por dentro? Algo de eso hay, sugerirá ella más tarde. Ahora, y desde que en 1997 publicó Manuelita ¿dónde vas? para volver a jugar con las palabras, a despertar la imaginación y a desperezar el disparate a través del género infantil —que Walsh revolucionó como pocos en la literatura argentina—, se dedica sólo a escribir para los chicos.

Rara, tal vez. Ya no quiere dar entrevistas, ni siquiera para promocionar su nuevo libro, ¡Cuánto Cuento!, que incluye una antología de narraciones infantiles más dos historias inéditas. A este volumen, la editorial Alfaguara sumará la reedición de su novela Novios de antaño, otra antología de Poemas y canciones para adultos, y el libro Viajes y homenajes, que reúne muchos de sus textos periodísticos incluidos en Desventuras en el País-Jardín de Infantes y Diario Brujo, pero que excluye todos aquellos que rozan hechos sociales o políticos.

Encendida, siempre, pero con ese fuego que regula a su antojo, arrojando chispas de su carácter irónico, rebelde, implacable, genuino, todo muy armoniosamente y en su justa medida. Terca, obstinada, risueña, juguetona: así recibió a Ñ en su departamento de Palermo, rodeada de bibliotecas, fotografías, recuerdos, libros y lapiceras, un universo que encaja sin desteñir con esta mujer de setenta y tantos que escribe para chicos pero supo despabilar la conciencia de los grandes, que ignora a Harry Potter y se saca el sombrero ante Piñón Fijo, que se desvive por las telenovelas mientras sigue de cerca la narrativa argentina de última generación. Que se entusiasma sólo con lo que se quiere entusiasmar, y al resto punto y aparte.

- ¿Le costó armar esta nueva antología de sus cuentos infantiles? Usted ha escrito muchísimo dentro de ese género.

- No, lo difícil en cualquier tipo de antología es lograr un buen conjunto que no desentone. Eso lo aprendí en el escenario haciendo algo que se llama rutina. Cuando yo cantaba —en esos lejanos tiempos en que cantaba mis canciones, ahora ya las cantan otros— tenía que estudiar muy bien el orden, porque sino una canción anulaba a la otra. Ahí el orden de los factores altera el producto, y lo mismo se da en una antología, así que con mi editora la armamos a medias: intercambiamos ideas, me bochaban algunas cosas porque eran muy largas, otras porque eran muy cortas... ¡Al final ni sé que quedó! Pero en algo les gané: hace años que les digo "Vamos a hacer una antología de cuentos", y no les entraba en la cabeza.

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