Más allá de las pirámides Egipto se muestra como un destino fascinante

Egipto es uno de esos destinos que uno no debe perderse por nada del mundo. Sus maravillosa arquitectura, paisajes, gente y otras variables, hacen que este país sea parte de las siete maravillas del mundo. Entrá a la nota y conoce la mágia de el país africano.

Antes de aterrizar quedarás estupefacto al ver que la lujuriosa vegetación en una cinta en torno al Nilo se interrumpe abruptamente para convertirse en desierto el más grande que hayas imaginado.

Y cuando aterrices en El Cairo te sorprenderá una ciudad polvorienta. O las autoridades municipales son haraganas o renunciaron con buenas razones a sacar incesantemente el polvo que viene del desierto.

El tránsito es ruidoso y caótico, te abrumarán sus 15 millones de habitantes y los edificios mal cuidados. Pero eso es todo lo malo que se puede decir de El Cairo, el resto es subyugante. Los egipcios son extremadamente amables en la medida que respetes sus costumbres y su religión.

Las pirámides

Dos mil 600 años antes de Cristo andaba por aquí Imhotep que no era un faraón sino el primer arquitecto conocido como tal en el mundo, además de médico y astrónomo. Un fenómeno el Imho, se mandó la pirámide de Saqqara en piedra, no de ladrillos como las primeras "mastabas".

Tan bien le quedó que los egipcios lo transformaron en dios, pero no de la arquitectura sino de la medicina. Saqqara fue la primera de la serie de pirámides de piedra que convocan acá a millones de turistas.

Seguramente no es tu intención hacer un viaje piramidal, pero si no vas a Giza te prohíbo seguir leyendo. La de Keops es la que sale en las fotografías, a veces acompañada por las de Kefrén y Micerino, aunque por ahí hay pirámides por todos lados.

Están ahí desafiando al tiempo hace 4 mil 500 años, siglo más siglo menos, y no las construyeron esclavos sino expertos a sueldo y hasta con media jornada los sábados. La explotación del hombre por el hombre vino después.

Eso sí, todo ese esfuerzo se hizo para satisfacer la vanidad y el terror a la muerte del faraón de turno, cuya momia y tesoros estaban dentro. Un saqueador no podría imaginar un regalo tan espléndido como este.

Así que pasado el tiempo, las momias tuvieron que buscarse otro escondite, pero de eso hablaremos cuando lleguemos a Luxor.

Antes, algunas palabras sobre la Esfinge, que es de la misma época y fue tallada sobre una formación rocosa. Muchas veces tapada por la arena del desierto, otras atacada por impíos y depredadores que siempre los hubo, inspiró la mitología griega y continúa preguntando cosas a quienes la enfrentan.

Naturalmente, cosas sin respuesta. Acá te atacarán niños que en cualquier idioma terminarán vendiéndote algo, desde un fez a una antigüedad legítima, legítimamente de Taiwán o de algún tallercito, pero lindísimas.

El Museo del Cairo

Desde Napoleón hasta ahora le arrebatan tesoros arqueológicos a esta tierra más antigua que la propia historia. Sin embargo este museo preserva todavía 120 mil objetos para deleite de los 2.5 millones de turistas que lo visitan.

Otros 60 mil los tienen guardados porque no caben. De hecho, desde Alejandría en el Mediterráneo hasta Abu Simbel y mucho más allá, todo el suelo egipcio está sembrado de objetos milenarios que te guardarás muy bien de levantar porque está prohibido. Ya que estás en el Museo, infórmate un poco sobre los faraones negros, pudorosamente ignorados por los historiadores racistas.

Cuando el Egipto semítico se transformó en un caos, desde la negrísima Etiopía (así nombraba Homero a Egipto), llegaron conquistadores que restablecieron el orden y volvieron a sus pagos. Luego vino Alejandro Magno, dejó su huella y una nueva dinastía.

Y etcétera, pues esta reseña es para viajeros, no para historiadores, aunque bien se lo merece este increíble país. De paso no se si sabrás que en general, tanto hoteles como excursiones te salen más baratos contratándolos en una agencia de viajes que arriesgándote a la inseguridad de Internet.

Jan el Jalili

Acá no hay nada faraónico, es la máxima expresión de la cultura árabe, comerciantes y artesanos de los mejores, regateadores como nadie. Tomate tu tiempo; lleva horas recorrer las callejuelas aunque no tengas pensado comprar nada (¿crees que podrás cumplir esa promesa?).

De hecho una persona podría vivir toda su existencia sin salir de Jan el Jalili: podría nacer, casarse, morir y tener su ceremonia fúnebre en estas endiabladas callejuelas de emocionante colorido. En un taller de planchado, un hombre con túnica tiene una plancha que aplica con el pie. Al lado, otro fabrica cajitas taraceadas en nácar o hace alhajas de plata; un poco más allá otro vende cámaras digitales y netbooks.

Cuando estés cansado tanto trajín, deberías descansar en el café de Fishawi, que seguro que está abierto, pues hace más de 200 años que atiende día y noche a sus parroquianos.

Algunos barrios. Deberías tomarte un taxi, de esos compartidos con otra gente, e irte a Midan Tahrir que es el centro. Ahí hay tiendas, pero lo más interesante es el paisaje humano, algunos con túnicas, otros con vestimenta europea, algunos con un callo en la frente de tanto rezar y algunas mujeres con cicatrices de lo que ellas consideran belleza cosmética.

El barrio Copto también se merece una pasada y una reflexión. Para salir de compras a una tienda determinada tienes que saber la religión del dueño. Los musulmanes cierran los viernes, los coptos los domingos y los judíos los sábados. ¡Qué lío! De paso, y esto sirve en todo Egipto: si el vendedor te lo ofrece a 100, tu ofrece 20 y negocia hasta llegar al 40% de la cifra original, esa es la rutina del regateo.

Los judíos están en Egipto desde la época de Abraham y no todos se tomaron el éxodo. Algunos siguieron judíos y otros abrazaron al cristianismo en el siglo IV y se agruparon en este barrio, la zona más antigua de la ciudad. Son cristianos y católicos romanos, cosa curiosa dada la proximidad de la rama bizantina. Ahí hay iglesias coptas y sinagogas ¡que continuaron su culto aún durante la Guerra de los Seis Días!; Egipto tiene mucha diferencia con el resto del mundo islámico.

Egipto musulmán

Los egipcios se molestan un poco de tanto turista fanático de los faraones y del poco interés por su cultura propia. Tienen razón, el aporte musulmán a esa tierra es monumental. Tienes que ir a la ciudadela de Salah al-Din al menos. Cientos de musulmanes acuden ahí a rezar a la hora de la oración, cada uno tiende su alfombrita y se orienta hacia La Meca. Los que no tienen tiempo, se inclinan en cualquier lugar donde los sorprenda el llamado a oración y hasta sin él, de puro fieles que son.

La Ciudadela fue construida en los siglos XII y XIII y en su interior hay museos, colegios y varios templos, entre ellos el más impactante es la mezquita de Mohammed Alí. Lo levantaron en una colina que domina la mayor parte de la ciudad.

Deberías ir por la tarde para tener tiempo a desayunar a bordo de las embarcaciones con vela latina, falúas le dicen algunos, que navegan el Nilo desde tiempo inmemorial y continúan haciéndolo con varios propósitos. Uno de ellos es el de trasladar turistas que aguardan en la ribera, en la zona hotelera. Es una de las mejores maneras de apreciar la parte más moderna de El Cairo y la isla de Rodas. Eso sí, si ves pasar un tronquito por el agua no intentes tomarlo, no es frecuente pero podría ser un cocodrilo.

Luxor y Karnak

No te puedes ir de Egipto sin llegar, al menos, a Luxor donde también está el templo de Karnak y su sala hipóstila, gloria irrepetible del género humano. Puedes ir en avión o en tren, pero remontar el Nilo en barco dicen todos que deja un recuerdo imborrable, aunque el viaje dura cinco días.

Luxor y Karnak formaban parte de la antigua Tebas, capital del Egipto faraónico durante unos mil años, pues la de esta región no es una historia que se mide en siglos. Tiempo, capital y voluntad tuvieron para construir obras monumentales y no perdieron el tiempo. Te serán necesarias dos o tres noches de hotel para salir apenas con las ganas aunque tus conocimientos históricos se limiten a creer que los egipcios faraónicos eran unos tipos medios raritos que andaban con minifalda y de costado.

Los centros arqueológicos de Karnak y Luxor se recorren en un día, pero tienes que guardar fuerzas para la noche, cuando los templos se iluminan y asistir a un espectáculo que te pondrá los pelos de punta. El espectáculo de luz y sonido está presente en todos los grandes monumentos, incluidas las pirámides de Giza.

Por un precio bastante razonable puedes conseguirte un guía, quien al día siguiente te llevará al Valle de los Reyes y al Valle de las Reinas. No compres antigüedades en Luxor, cuando te lleven del otro lado del Nilo pide una parada en los talleres donde, con los mismos materiales y las mismas técnicas de 3 o 4 mil años atrás, modelan los objetos que se ponían en las tumbas.

De tumbas y vanidades. Ciertamente y como decíamos a propósito de las pirámides, para salvarse de los saqueadores, los faraones empezaron a poner sus tumbas en pirámides invertidas, es decir, enterradas bajo tierra. Pero ni eso los salvó del saqueo, salvo casos notables como el de Tutankamón, a quien saquearon recién miles de años después, con maldición y todo.

No tengo derecho a aburrir más a quienes detestan la historia, pero para ellos tengo un detalle que les divertirá. En el templo de Luxor, en la última sala, hay una serie de frisos horizontales que cuentan la vida de algunos faraones. Una de ellas es la de Ramsés II, que siempre figura con la pollerita levantada como si algo quisiera salirse de ella. Recorre el final del friso y encontrarás que, efectivamente, lo que se quería salir, salió y la figura está desgastada porque dicen que tocarla mejora la virilidad. Este faraón fue famoso por sus conquistas, por el enriquecimiento y urbanización de Tebas, pero de lo que estaba orgulloso era de su sexualidad.

Debajo del friso de Ramsés II verás otro que te llamará la atención. Este faraón tiene nítidos rasgos griegos (y no presumía de virilidad, sino todo lo contrario). Era griego nada más, tan griego o macedónico como Alejandro Magno y tan vanidoso como cualquier faraón, que también lo fue y reclamó friso para él y sus méritos.

Abu Simbel, playas, canales. Puede que hayas tenido bastante de Egipto y puede que quieras más. Al sur de Luxor, mucho más al sur de Luxor, tienes entre muchas otras cosas la represa de Asuán y el Templo de Abu Simbel, una doble maravilla si se incluye su traslado desde la zona inundada por la represa. Claro que si estás rematadamente loco, querrás ir hasta las cataratas y hasta llegar a las nacientes del Nilo. Pero como estamos entre gente cuerda, te recomendamos Alejandría y los balnearios sobre el Mediterráneo, una aventurera expedición a un oasis, un viaje en globo, incursiones submarinas en busca del Faro de Alejandría, Port Said y las maravillas del Canal de Suez.

Fuente: El Universal

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5 de Diciembre de 2016|11:35
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