Gaspar

¿Quiénes son los Reyes Magos? Un dilema que muchos niños en edad preadolescente han intentado dilucidar, revelado aquí por la pluma -mágica, claro- de Pablo Gómez.

El pibe estaba decidido a ver a los Reyes. Éste era su décimo cinco de enero a la noche, y se moría por ver aunque más no fuera unos segundos a Melchor, Gaspar y Baltasar. Tempranito puso la lechuga para los camellos, calentó agua y les dejó un termo y un mate para que los Reyes se tomaran unos amargos antes de seguir su dura jornada.

A eso de la medianoche se despidió de sus padres, y se fue a la cama.

Cerró los ojos, como haciéndose el dormido. No habían pasado ni quince minutos, cuando la mamá entró, se aseguró que no estuviera despierto, lo tapó y volvió a salir.

Sintió unos ruidos en el pasillo, y la puerta del dormitorio gimió de vuelta.

Esta vez entró el papá, cansado de un largo día de trabajo, pero con cara de felicidad. Bajo el brazo, con forma de juguete, la decepción avanzó hasta los lustrados zapatitos. El hombre depositó el regalo sobre el piso, y en silencio, volvió a salir. El pibe, que había visto todo, lloró. Un extraño nuevo dolor le cubrió el pecho. Lloró en silencio, con impotencia, con rabia, con ganas de salir de un profundo pozo en el que caía cada vez más.

Un nuevo ruido lo alertó. Esta vez venía de la ventana. Una luz tenue cubría el barrio, y con los ojos nublados de lágrimas vio a un señor, con túnica, barba blanca y corona, que luchaba por entrar al cuarto.

El niño  contuvo la respiración, y hasta que no reconoció a Gaspar, no atinó a nada.

El rey Mago lo saludó, y se puso a tirar de las riendas de su camello, que se resistía a entrar por una abertura tan pequeña.

- ¡Ay! - se quejó Gaspar - es más fácil meter un camello por un agujero chiquito que mandar un ricachón al cielo.

El pibe sonrió.

-¿Qué mirás? - le dijo el Rey mientras se cebaba un amargo - ¿no me estabas esperando? Aquí estoy.

- Yo pensé que no existías - confesó el niño arrepentido de haber pensado semejante pavada. Acabo de ver a mi viejo dejarme un regalo, y pensé que...

- Nooo, mihijito - lo interrumpió el Mago - ¿cómo vas a pensar que los Reyes son los padres?

Hay que ser muy gil para convencerse de semejante pavada, y vos todavía sos muy chico.
El pibe estaba medio mareado y preguntaba: pero si mi papá...

- Tu papá es grande - Sentenció Gaspar - el sí está convencido que los Reyes son los padres; y nosotros, que somos Reyes y magos, pero pobres, lo dejamos nomás que se la crea. Así nos ayuda con los regalos. Lo dejamos reemplazarnos una noche al año, y se queda contento.

También, después de laburar como loco de sol a sol, se merece una noche de Rey.

Gaspar se cebó otro amargo. El camello se terminó la lechuga, y el niño no salía de su asombro.

El Rey se paró, se alisó la túnica, saludó al pibe, y salió por la ventana tan tranquilamente como había entrado.

A la mañana siguiente, el niño, hijo al fin, le mintió a sus padres. Se levantó, jugó, se alegró, y desparramó alegría por toda la casa. En algún lejano lugar del cielo, Gaspar, cómplice, se cebó otro amargo.
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