Quiero que me recuerden...

Hace un año, en la capital provincial y muy lejos de las luces del Buenos Aires de origen, ingresaba al sitial de honor de los elegidos y se convertía en mito Roberto Sánchez, el "Gitano". Simplemente, Sandro

Sandro: a un año de su muerte
El 4 de enero de 2010, el Gitano nos abandonó para convertirse en mito; recordamos al ídolo de América en el aniversario de su partida

Foto: Archivo La NaciónLas razones del suceso detrás del hombre que soñó ser Elvis pero, ya sobre la marcha, cambió de rumbo y prefirió ser Engelbert Humperdinck o -mejor aun- Tom Jones, no hay que buscarlas sólo en lo musical. Su carrera nos dejó un puñado de canciones memorables (la mayoría de ellas pergeñadas junto a su socio creativo y manager, Oscar Anderle) que luego Divididos, Attaque 77, Bersuit, León Gieco y varios más se encargaron de distorsionar en aquel justo (y desparejo) tributo rockero del 99. Pero la génesis de su metamorfosis de gitano meloso a fenómeno social tiene menos que ver con sus cualidades vocales que con el descomunal carisma y el sex appeal de un tipo que jamás se fue de Valentín Alsina, ni siquiera mientras tomaba champagne en bata en plena calle Corrientes. Los hombres querían ser como él, y lo escuchaban sin pruritos porque, sí, era un seductor, pero a la vez era lo suficientemente reo como para no hacer entrar en conflicto el forzoso discurso de heterosexualidad de la época. Las mujeres, más que cogérselo violentamente, lo querían domar, acariciarle el pecho velludo que asomaba por la camisa abierta, sollozar de emoción mientras él les susurraba aquello de "mas hoy, que estoy tan solo y tan cansado de llorar, quiero saber si tú querrías regresar, junto a mi lado para amarnos otra vez". Era una tentación, pero no una amenaza: así, Roberto Sánchez se convirtió en Sandro de América. La idea del compañero en el poder, adaptada a la música.

A las 20:40 del 4 de enero llegó el shock séptico fatal, corolario de una agonía de años que lo había llevado a volver a batir su propio récord de presentaciones en el Gran Rex (¡21!) en 2004, con la asistencia de un tubo de oxígeno adosado al micrófono. La causa fue una de las costumbres rockeras que decidió no perder: la de la autodestrucción, encarnada en tres atados de puchos diarios quemados durante décadas, en busca del enfisema que finalmente llegó. Dio pelea, cómo no, bancándose un doble trasplante de corazón y pulmones. Un suicida de 22 años con trastorno esquizofrénico aportó los órganos que el Gitano, en principio, asimiló con éxito, para luego perecer por distintas infecciones intrahospitalarias, potenciadas por el precario estado de su cuerpo maltrecho. Y a partir de allí, la inmortalidad que se le reserva a ídolos como Carlos Gardel o la Negra Sosa (que había partido unos meses antes).

"Cuando hago los movimientos sensuales en el escenario siento que abajo, en la platea, deben de haber 450 mil ratones corriendo carreras. ¿Qué miran esas chicas? ¿Qué necesidades tienen? ¿Qué vacíos? Me intrigan", dijo alguna vez, eternamente cómplice en ese juego de considerar "nenas" a sus maduras fans que le disparaban ropa interior y que, cual peregrinación a La Meca, se reunían en surrealista aglomeración frente a la residencia de Banfield todos los 19 de agosto para desearle un feliz cumpleaños y escuchar sus discursos cada vez más escuetos. Entre las nenas y el Gitano, un alto murallón que simbolizaba el recelo con que el cantante siempre supo resguardar su privacidad: de Sandro sólo se sabía lo que Sandro quería mostrar, misterio que, por ser él, no generaba las especulaciones morbosas que suelen rodear a los reclusos faranduleros. Hábil como pocos para fogonear su relación con su público sin dejar en el camino jirones de su vida, fue recompensado a la hora de las exequias. A Roberto lo velaron en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación, a cajón abierto pero -consecuente a su reserva en vida- sin cámaras. Con fanáticos de todas partes, el barrio se fue poblando de gente que, en muchos casos, putearía si tuviese que ir al sepelio de su vecino. Casi trece cuadras tenía la víbora de deudos, unas 60 mil almas penando por un muerto al que nunca abrazaron, primero con un calor agobiante y luego bajo la lluvia torrencial que últimamente parece llegar con cada muerte trascendente. "Sandro es nuestro", repetía una señora por televisión. Así, durante 48 horas, y luego de esperar el 19 de agosto más gris de la historia, con el ídolo ausente y miles de nenas huérfanas dispuestas a honrar a los tumbos lo que el Gitano pidió alguna vez: "No quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad".

Por Diego Mancusi
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11 de diciembre de 2017 | 15:28
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