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Aguilar tomó un café con los barrabravas

El presidente de River admitió que mantuvo contactos con Alan Schenkler y Adrián Rousseau.

A José María Aguilar nadie lo mueve de su sillón. En una conferencia de prensa brindada ayer, el presidente de River aseguró que "nunca pensé en renunciar" por los problemas con los barrabravas. El crimen de Gonzalo Acro y la sospecha de que podría dar un paso al costado sobrevuelan. Pero rápido de reflejos, el presidente se planta. "Hay mucho miserable dando vueltas y tratando de promover la inestabilidad. Pero este club tiene 106 años, es el equipo más importante de la Argentina... Por eso no voy a renunciar. Y desmiento que antes lo haya hecho ante el ministro del Interior. El momento es más que auspicioso. River es un club único en Sudamérica", señaló a Olé el titular millonario.

El Salón de Honor del Monumental está lleno. Los hombres del riñón del presidente, los integrantes de la Mesa Directiva y un par de curiosos escuchan atentos. La cobertura periodística es importante, pero no masiva. Casualmente, en ese momento, Cristina Fernández lanza su candidatura... Mientras, Aguilar habla sobre el asesinato de Acro. "Yo no lo conocía a Gonzalo. Sé que era empleado del club y que era querido por sus jefes y por los socios", cuenta. Y aunque no desmiente que por su labor en la pileta recibiera cerca de 6.000 pesos mensuales, sí aclara que "River es un club que paga muchas horas extras, pero a lo largo de los cinco años que trabajó acá, Acro promedió un sueldo de alrededor de 1.800 pesos". No parece importar que la interna de la barra esté al rojo vivo. Si bien explica que se siente "responsable por todo lo que pasa en River", por sus palabras el tema parece serle ajeno. "Este es el momento de mi vida en el que menos barras conozco por haber dejado de ir a la tribuna hace tiempo", dice y argumenta. Pero sí reconoce que sabe quiénes son "Alan y Adrián". Y aunque suene contradictorio que reconozca al uno y dos (Schenkler y Rousseau) de Los Borrachos, pero no al tres (Acro), aclara que "con Alan y Adrián he tomado algún café en la confitería porque ellos, como yo, vienen desde hace muchos años a River".

Más templado y preparado para enfrentar a los micrófonos que a la mañana, cuando llegó al país desde Suiza, JM no pierde la línea. Ya no hay rastros del torbellino que tenía en la cabeza en Ezeiza. Ni siquiera manifiesta su enojo por la PlayStation que le robaron en el tumulto mañanero. Sí destaca sus habituales caballitos de batalla: el Instituto, el orden institucional, los siete ejercicios económicos con superávit... Para los oídos del hinchas común, hasta se permite mostrarles la mitad del vaso lleno: "Durante mi mandato, River ha ganado tres torneos locales, la misma cantidad que Boca". Y antes de cualquier réplica, levanta la alfombra y minimiza la comparación en el plano internacional. "Eso es algo histórico de River".

Las caras de los directivos ya son otras. Por lo bajo, varios afirman que "salió fortalecido". Se termina la charla. La rodilla de Israel dejó de moverse hace rato.
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