Invasores de Marte

Ovnis y alienígenas, selenitas y marcianos, dioses y monstruos. La certidumbre de que hay vida en otros planetas no es nueva. La ciencia y la literatura han unido su curiosidad y su imaginación a lo largo de la historia para crear los más fabulosos seres. De Kepler a El Eternauta.

El cielo de la noche, con sus planetas, estrellas y soles agrandando los ojos, ha sido desde siempre una metáfora de la inmortalidad. Una pregunta constante y al mismo tiempo un persistente tentación por alcanzar, ya fuera con palabras, fórmulas matemáticas o naves espaciales, la mente de la divinidad y nuestra conexión con el cosmos.

Contra su telón negro se han contado, alrededor de una hoguera, a la vera de un templo o con un ojo pegado a un telescopio, todo tipo de historias. Se ha interrogado al cielo sobre la existencia de otras formas de vida, se lo ha explicado provisionalmente a través de la severa figura de dioses, ángeles y demonios, se ha conjeturado sobre la posibilidad de no estar solos en el universo.

Los astrónomos, astrofísicos y exobiólogos más respetados del mundo tienen la certidumbre, y poco a poco las diferentes sondas que se han enviado al espacio (desde la Cassini a la Galileo) están confirmando sus presunciones de que puede haber otras formas de vida en nuestro sistema solar y en otros más alejados.

El reconocido científico Carl Sagan, pionero en la exobiología, estaba tan convencido de la existencia de vida extraterrestre -no humana ni necesariamente inteligente, sino simplemente de otros seres vivos en otros planetas-, que no sólo fue el promotor del proyecto SETI (Search of ExtraTerrestreal Inteligence o Búsqueda de inteligencia extraterrestre), sino que también creó un mensaje grabado en un disco de oro que, enviado más allá del Sistema Solar, fuera interceptado y recibido por una civilización extraterrestre en el futuro. Este texto iconográfico y sonoro, a bordo de las sondas Pioneer y Voyager y a través de las ondas de radio del Mensaje de Arecibo, siguen viajando por el espacio.

La búsqueda de vida extraterrestre empezó con un dios y se prolonga y diversifica en la creencia de la existencia de distintas formas de vida, desde una bacteria marciana a seres inteligentes que tienen su propio medio de transporte: los ovnis.

Portadas de tres populares revistas de la década del ´30, dedicadas a la ciencia ficción.

Subí, que te llevo

Muchos creen que el misterio en torno del fenómeno ovni comenzó con el hallazgo en 1947 de una extraña máquina “no terrestre” en Roswell, Nuevo México, Estados Unidos.

El presunto encuentro de una nave alienígena con forma de “platillo volador” y el de un puñado de cadáveres de origen extraterrestre fue el comienzo de una áspera discusión que llega hasta hoy entre quienes consideran el hecho un completo fraude y entre los ufólogos, los cuales sostienen que éste es uno de los sucesos más importantes de la historia.

Miles de libros, documentales, películas y series vuelven una y otra vez sobre este hallazgo de 1947, insisten en una trama de maquiavélicas maniobras por parte del gobierno de Estados Unidos de ocultamiento del contacto con seres extraterrestres y de la creencia popular de que la célebre Área 51 es un centro de operaciones donde se trabaja con seres de otro planeta y se estudia y se experimenta con tecnología venida de afuera del Sistema Solar.

Pero la creencia de que existen otras formas de vida inteligente en el universo no es nueva. Y la literatura ha dado cuenta de ello con -maravillosas unas, bizarras otras-, obras que tienen como protagonistas a extraños personajes no terrestres que interactúan con los humanos con mejor o peor suerte.

Cthulhu, una de las creaciones de
Lovecraft.

Los mitos de Lovecraft y los brujos de Von Däniken

La idea de que la Tierra fue habitada en tiempos remotos por los Grandes Antiguos, una raza superior que creó al hombre lleva la marca de Howard Phillips Lovecraft. Inspirado en la teosofía de Madame Blavatsky, puso en circulación a través de libros como Los mitos de Cthulhu verdaderos panteones de seres extraterrestres.

Empeñados en una lucha constante, los Antiguos de Lovecraft no eran entidades sólidas ni orgánicas, pero sí estaban compuestas de materia. Parecían ser benévolos pero no se ocupaban de la Tierra, en tanto que el hombre había sido creado como diversión por uno de los últimos y más torpes seres de esta jerarquía. Vivían en la Antártida y en el fondo de los mares.

El escritor tomó esta idea de los viejos libros ocultistas en los cuales los continentes perdidos como la Atlántida, Lemuria y Mu eran tópicos comunes.

Otro tanto hizo Raymond Palmer. El editor de Amazing Stories, una de las revistas fundacionales de la ciencia ficción, fue quien inventó (entre 1938 y 1949) una epopeya inspirada en la lectura de la vasta obra de Lovecraft. En su mitología, Atlantes y Titanes habían poblado la Tierra antes que el hombre y regresaban desde el espacio con cierta periocidad. Las ruinas arqueológicas de la Mesopotamia y de las culturas mesoamericanas escondían para él secretos de tecnología extraterrestre.

En la década del ´70 el tema de las civilizaciones perdidas fue reciclado por Louis Pauwels y Jacques Bergier, autores de El retorno de los brujos y La rebelión de los brujos, y por Erich von Däniken con libros como Recuerdos del futuro y El mensaje de los dioses, entre otros, en los que afirmaban que la Tierra fue visitada en tiempos antiguos por extraterrestres dueños de un conocimiento científico extraordinariamente avanzado. Sus “dioses”, ruinas y carros de fuego se convirtieron en un sideral negocio que llega hasta hoy inspirando gran parte de la filosofía New Age.

Afiche de la primera película de "La guerra de los mundos", de 1953.


Ovnis de papel

El fenómeno ovni se entremezcla, confunde, yuxtapone, fuerza y sobreinterpreta desde los relatos bíblicos hasta las más antiguas y diversas leyendas de diferentes culturas. Pero el hombre común comienza a tomar contacto “real” con los seres extraterrestres a comienzos del siglo XX partir de la lectura regular de cuentos ilustrados en las primeras revistas de ciencia ficción.

En 1906 Jean de la Hire publicó La roue fulgurante ; en 1912 Bertram Atkey escribe sobre encuentros cercanos y abduccioness en El extraño caso de Alan Moraine; en 1934 Ege Tilms ya imagina un encuentro más que cercano en Hodomur, hombre del infinito y en 1932 Charles Fort postula la existencia real de los objetos voladores no identificados en El libro de los condenados.

En la génesis del ovni se detecta que la forma del plato volador surge al unir la forma lenticular (proveniente de la tradición de Jules Verne) con las máquinas antigravitatorias de la escuela de Herbert George Wells.

Los ovnis se hicieron “reales” una mañana de 1938 cuando Orson Welles teatralizó en una emisión de radio La guerra de los mundos de Wells. El pánico que generó en los oyentes esta invasión "literaria" es conocido. Y se explica porque el público estaba preparado, vía lectura de fanzines de ciencia ficción, para creer en ovnis y hostiles alienígenas.

En 1947 los ovnis volvieron a ser noticia a través del caso Roswell y de los famosos “aviones fantasma” de la Segunda Guerra Mundial; éstos también nacieron en las revistas de ciencia ficción de la afiebrada imaginación del Palmer, que dejó la revista Amazing para fundar la primera revista dedicada exclusivamente a los ovnis.

En los 90 se descubrió un video que mostraba la autopsia de uno de los extraterrestres de Roswell, pero en 2006 se descubrió que ésta había sido una puesta en escena, una humorada, pergeñada por el escritor de ciencia ficción Robert Spencer Carr, que confesó su fraude en un programa de televisión.

Según Pablo Capanna “los ovnis no sedujeron a los escritores de ciencia ficción: para ellos eran algo así como historia antigua. Figuras prestigiosas como Asimov fueron escépticos, y casi no escribieron historias de ovnis, con excepción de Visitantes milagrosos (1978), de Ian Watson”.

Pero un tema son los ovnis y otro, muy distinto, los extraterrestres.

Antiguo grabado de "De la Tierra a la
Luna", de Jules Verne.
Selenitas y marcianos

Nuestra Luna ha sido desde el comienzo de los tiempos el cuerpo celeste más invocado, escrutado, observado. Escritores y científicos muchas veces infundieron a su discurso, desde el papel al telescopio, el énfasis de verdaderos éxtasis matemáticos, amorosos y hasta religiosos. Todos ellos viajaron a la Luna y encontraron que era mucho más que una piedra de luz en un baile cósmico.

Así, Aristófanes crea su Nefelokokygia, una isla aérea que resulta ser un verdadero satélite artificial y Luciano de Samosata que en su Historia verdadera describe un viaje a la Luna en barco. Pero es el Renacimiento cuando los escritores empiezan a enviar hombres a nuestro satélite natural en gran escala.

Entre ellos están Tomás Moro y su Utopía (1516); Johannes Kepler, el padre de la astrofísica, y su Sommium astronomicum (1634) en el que Duracotus, su héroe, viaja a la Luna conducido por demonios y se encuentra con los pripolvani y los subvolvani, laboriosos selenitas constructores de cráteres.

El intrépido aventurero español Domingo González había llegado a la Luna en el año 1629 gracias a una máquina voladora tirada por gansos en El hombre en la Luna (1638) de Francis Godwin. John Wilkins diseña una máquina y en su Descubrimiento de un nuevo mundo en la Luna (1638) descubre, efectivamente, todo un mundo.

Poco afortunado en el amor, Cyrano de Bergerac en su Viaje a la Luna (1657) intenta convencer a los selenitas de que la Luna es apenas una luna, y Voltaire, en su Micromegas (1752), tiene un increíble encuentro con dos ET.

La cantidad de obras que tienen como tema el viaje a la Luna y el encuentro con seres inteligentes es enorme, y ya sea que la intención de los autores fuera filosófica, satírica, científica o sencillamente literaria, es obvio que estamos viajando y llegando a la Luna desde hace muchos siglos.

El viajero más conocido, y en sentido estricto el creador de la ciencia ficción moderna es Jules Verne, quien en su De la Tierra a la Luna (1865) describe hasta el último detalle de la ciencia balística de su tiempo en el lanzamiento de una nave a la Luna tripulada por humanos, aunque olvida que la aceleración los hubiera “frito”.

El otro viajero notable es H.G. Wells quien en Los primeros hombres en la Luna (1907) retoma el tema del mundo subterráneo de Kepler y concibe una Luna hueca. Describe con precisión a sus habitantes: “El selenita parecía un ser insignificante, una simple hormiga de un metro y medio de altura. Sus ropas estaban confeccionadas con un material parecido al cuero y le cubrían completamente impidiendo que ninguna parte de su cuerpo quedase expuesta a la luz. (…) Nuestra primera impresión fue que aquella era una criatura compacta y erizada, con muchas de las características de un complicado insecto: tentáculos en forma de látigos y un brazo que surgía de su reluciente y cilíndrico cuerpo. La forma de la cabeza quedaba oculta por un enorme yelmo provisto de innumerables puntas (más tarde descubrimos que utilizaban aquellas puntas para dominar a las reses indómitas. Un par de gafas de cristal oscuro daban una apariencia de pájaro al artefacto metálico que le cubría la cabeza”. Precioso.

Los marcianos que durante tres semanas arrasan la ciudad de Londres en la célebre La guerra de los mundos (1898) no son más atractivos; se trata de criaturas parecidas a pulpos gigantes que construyen enormes trípodes andantes de metal de treinta metros de altura de cuya cabeza cuelgan tentáculos. Los guerreros invasores están además provistos de una práctica cesta, también de metal, en la que depositan a los seres humanos que cazan.

El "Mano", de El Eternauta.
Los “Ellos” de Oesterheld

En la ciencia ficción argentina abundan los seres extraños, pero los extraterrestres invasores más detestados son los seres que Héctor Germán Oesterheld creó en El Eternauta, junto a Francisco Solano López. Este clásico de nuestra literatura comenzó a aparecer por entregas en la revista Hora Cero Semanal el 3 de septiembre de 1957.

Autor de varios cuentos de ciencia ficción, Oesterheld admiraba la obra del norteamericano Robert Heinlein, uno de los maestros del género. De él, el guionista argentino tomó conceptos que serán centrales en El Eternauta: una invasión extraterrestre en la que insectos gigantes ocupan Buenos Aires merced a la manipulación de un intruso que se introduce en la corteza cerebral de los humanos y los controla como títeres.

Una nevada masiva, fosforescente y tóxica sobre Buenos Aires es señal de una invasión extraterrestre. Juan Salvo y sus amigos descubren que los hostiles escarabajos gigantes, a quienes denominan Cascarudos, son la fuerza de choque del ejército invasor y que están controlados por teledirectores manipulados por un extraterrestre de aspecto humanoide, al que llaman Mano porque tiene muchísimos dedos en sus manos. Mano también controla a los hombres-robot, humanos sobrevivientes a quienes también se les ha implantado un teledirector. Pero en tanto que avanza la historia, Salvo descubre que Mano también está a merced de los Ellos, una casta que se sirve de razas pacifistas para invadir y conquistar planetas obligándolas a seguir sus órdenes a través de un dispositivo especial injertado en su cuerpo, “la glándula del terror” que entra en acción envenenando al portador si éste sintiera miedo.

Lo que ha convertido a El Eternauta en un clásico es que narra una tragedia colectiva, en la que Juan Salvo se convierte en protagonista involuntario y sólo como parte de un grupo de héroes: Favelli, Mosca, Franco, Sosa y Pablo.

Entre las diversas lecturas que admiten las tres versiones escritas por Oesterheld (la primera, de 1957 a 1959; la segunda, con Alberto Breccia, en 1969; la tercera, en 1976, nuevamente con Solano López), destaca la de que la invasión y sus métodos simboliza los golpes de Estado vividos en nuestro país justo en los años en que el guionista desplegaba su imaginación: los gobiernos de facto de Pedro E. Aramburu, Juan Carlos Onganía y la última dictadura militar. Oesterheld, militante montonero, fue víctima de la violencia del mal llmado "Proceso" y desapareció en 1977, junto a sus cuatro hijas, sus yernos y sus nietos. Los “Ellos” lo mataron.

Más allá

Durante el siglo XX la ciencia ficción creció y ganó en profundidad como género y como literatura. Obviamente, ya no hay límites en el espacio y siempre se trata de “explorar extraños, nuevos mundos, de llegar adonde nadie ha llegado antes”, como reza el mandato de la excepcional Enterprise de Viaje a las estrellas.

Por eso, más allá de toda literatura, más allá de la ciencia o de cualquier teología de las estrellas, podemos decir con Kepler: “No nos preguntemos qué propósito útil hay en el canto de los pájaros, cantar es su deseo desde que fueron creados para cantar. Del mismo modo, no debemos preguntarnos por qué la mente se preocupa por penetrar los secretos de los cielos. Los tesoros que encierran los cielos son tan ricos, precisamente, para que la mente del hombre nunca se encuentre carente de su alimento básico”.

Patricia Rodón

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Opiniones (3)
4 de Diciembre de 2016|13:34
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4 de Diciembre de 2016|13:34
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  1. Muy completa la nota con abundantes referencias en un amplio espectro sobre el tema
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  2. Excelente nota, info completísima, ilustraciones sorprendentes... Se nota el trabajo de investigación. Como siempre, con las notas de Rodón, uno aprende todo el tiempo. ¿Será posible un contacto del cuarto tipo con la periodista?
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  3. Muy interesante la nota... y amena. Amena hasta que leí lo que le pasó a Oesterheld y me quedé helada. Pensé que lo que estaba leyendo no podía ser real, seguramente era una metáfora. Pero investigué y no, es la tristísima realidad. Qué espanto su desaparición, la de sus cuatro hijas, sus yernos y sus nietos: ni en las peores novelas de terror. Más le hubiera valido encontrarse con sus escarabajos gigantes...
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