Canción de amor para el Valdo y el Gordo Pinto

Mendoza y el mundo acaban de perder dos músicos de enorme talento. La dolorosa, sorpresiva y al fin inexplicables muertes de Eduardo Pinto y Valdo Delgado, integrantes del trío "Miles de Años", deja a la provincia un hueco imposible de salvar.

Le estuve contando al Valdo el otro día que quería que se terminara el 2007, porque se había llevado a cuatro amigos míos a los inequívocos territorios de la muerte.

Le estuve contando que en particular uno de ellos, Gerardo, me había producido tanto dolor que no encontré mejor manera de atenuarlo que plantando un árbol en el patio de casa, un sauce llorón al que le puse su nombre: Gerardo.

Al Valdo le pareció bien, porque siempre le han parecido bien todas las intenciones que llevan a la prolongación de una vida en otra. El entendió rápidamente y me dijo: “Bueno, ahora lo tenés vivo en tu árbol”.

Entonces, quedamos en que el domingo pasado iba a ir a ver en árbol. Bah, en realidad quedamos en que íbamos a comernos un asado y ese domingo nos llamamos y al final no nos juntamos y ya ven.

Al Gordo Pinto lo vi por última vez en el último concierto que dio “Miles de Años”, en la Peatonal Sarmiento, en un ciclo que armó este diario. Ahí estaban él, el Valdo y el Quique Oësch, tan livianos los tres, tan extrañamente contentos.

Me tocó presentarlos y dije la verdad, aunque con otras palabras. Dije que son un trío que suena como la concha de su madre. Dije que tienen un enorme talento y que nos han regalado muchas noches de plenitud con sus sonidos.

Cuando terminé, al pasar por al lado del Gordo Pinto, que, por supuesto, estaba afinando su bajo, y sabiendo de su tremenda capacidad musical, le solté:

- Tocá bien, Pinto.
- Se hace lo que se puede, Naranjo…

Seguramente, de haber sabido que el Gordo también se iría, hubiese dicho algo más acorde con las circunstancias, no sé, un “hasta siempre”… o “che, antes de que se vayan, decile al Valdo que nos juguemos unos partidos de ping pong en su mesa”. O simplemente: “Gracias, Gordo”.

Con Pinto, y no habrá músico que no apoye esta sentencia, se va uno de los dos o tres jóvenes músicos populares más talentosos de Mendoza. El Gordo le hacía a todo: bajo, piano, guitarra, percusión, voz, producción y dirección musical. El podía ser su propia banda y esa banda podía tocar el estilo que se le antojase: folclore, étnico, rock, reggae, jazz…

En fin, el caso es que empezaron a tocar. Y la Peatonal fue, durante poco más de una hora, un sitio más bello. Los que allí estuvimos, jamás olvidaremos, por ejemplo, como sonaron exquisitas piezas como “Kan din sky”, “Llamador de ángeles”, “Sutra”, “Alfombras de Oriente”, “La Bolivianita” y ese temazo que por siempre será “Miles de Años”.

Valdo Delgado, mi hermano Valdo, era la belleza misma de las cosas. Dueño de un espíritu libre como pocos en Mendoza, dejó definitivamente asociado su nombre a la ejecución del charango. Hasta que Valdo llegó a Mendoza, el charango era otra cosa.

Antes de llegar a Mendoza, ya había tocado en cuanto país de Europa se le ocurrió. Usualmente, se iba seis meses a tocar, invitado a Inglaterra, Dinamarca, Suiza, Holanda, Italia, España… Sin embargo, a la hora de poner pies sobre la tierra, se compró un terreno en Uspallata, alejado de todo, incluso de la misma villa de Uspallata. Allí, soñaba entregarse a la música, descansar en el silencio.

Seguramente, muchos jamás escucharon a “Miles de Años”. A ellos, debo contarles que “Miles de Años” se formó en 2000 y que hicieron giras por Argentina, Chile, Uruguay, Suiza, Italia y España. Entre otros, tocaron con Raúl Carnota, Chango Farías Gómez, Facundo Guevara, Mono Inzarrualde, Pipi Piazolla, Fernando Kabusacki, Alejandro Franov y Fernando Barrientos. Los discos del trío: “Miles de Años” (2002), “Sutra” (2004) y “Plexo” (2007), los tres auténticas piezas de encuentro absoluto en la experiencia del arte.

El Valdo y el Gordo Pinto se fueron: iban en un auto, camino a Mercedes, donde los esperaba el Quique para tocar en el II Encuentro Internacional de Músicos-Jazz en la Calle. Y a uno ya no le alcanza con decir que “se fueron como vivieron: viajando al encuentro con la música”, porque uno ya no quiere que se vaya nadie más. Al menos nadie tan joven, tan talentoso, tan buena gente como estos dos que nos abandonaron.

Por suerte, dejaron obra, que es una forma de no irse. Por suerte para mí, los escuché hace poco, el otro día y encima el Valdo me regaló el concierto. Por suerte los abracé a cada uno al terminar el show. Por suerte tengo sus discos y nuestras anécdotas.

En fin, por suerte me dejaron todo. Sin embargo, si tanta suerte tengo no debiera haber lágrimas cuando se van dos amigos… Cuántos como yo han de estar llorándolos ahora mismo. Cuántos como sus familias o como el Quique Oësch, sin sus manos ahora, y en silencio, los recordaremos por siempre.

Habrá que plantar otros dos árboles.
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